martes, 13 de abril de 2010

Por Isabel Orellana

" Las cosas importantes "


ROSTROS DEL AMOR

El amor, todos lo sabemos, en términos genéricos tiene infinidad de matices. Más aún cuando este amor se materializa en nombre de Cristo. Dentro de esta inmensa gama, hay uno que estos días llama la atención. Tiene que ver con la responsabilidad que se asume por las acciones de otras personas. Lo entenderemos si tenemos en cuenta que, humanamente hablando, los padres mientras que sus hijos son menores de edad, asumen los riesgos de los actos que realizan. No solamente la ley sino disciplinas como la pedagogía, sicología o sociología las señalan como “culpables” de gestos reprobables. A veces son punibles. Y aunque no lo sean, se quiere reconocer en ellos los signos de una mala educación, del abandono o falta de atención de los progenitores.

Digo “se quiere reconocer” a propósito, porque muchos casos de hijos díscolos han brotado en el seno de padres preocupados y atentos, de personas generosas que han sufrido un calvario al ver que no lograban entrar en vereda, como suele decirse, a quienes más amaban.

Pero si entendemos esta circunstancia que se produce en el seno de muchos hogares, deberíamos también comprender el dolor que se experimenta cuando se asume, en nombre de Cristo, la responsabilidad de otros. Es el caso del Papa Benedicto XVI, como lo ha sido antes de otros Pontífices. El Siervo de Dios Juan Pablo II pidió perdón en nombre de la Iglesia y no en una ocasión sino en muchas por distintos hechos ideológicos y humanos. Tuvo ese gesto de valentía como signo preclaro de su amor a la verdad. Desempolvó, podríamos decir, páginas de la historia por la que habían pasado ya siglos, como la condena de Galileo para poner en su lugar, como corresponde a los hombres de bien, que conocen y respetan la ciencia, que subrayan la importancia de esta disciplina y de la fe -tal era su caso- , aunque eso supusiera estar en el punto de mira de las críticas de quienes no saben ver el valor de esta virtud del perdón. Juan Pablo II no huyó de las murmuraciones ni se enredó en ellas. Y quienes contemplaron estos gestos a la luz de la objetividad de la verdad, aunque no fueran creyentes, los alabaron.

En estos tiempos el Papa Benedicto XVI, en esa cruz que conlleva su altísima misión como Vicario de Cristo, también ha afrontado la verdad de gravísimos hechos acaecidos en la Iglesia. Desde que lo ha hecho, han llovido sobre él y sobre la Iglesia un sinfín de reproches, de acusaciones y de críticas. Como el amor que profesa en Cristo no tiene acepción de personas, sufre inmensamente por las víctimas y por quienes las han cometido, aunque a muchos esto último les parezca increíble y sorprendente, además de injusto. El calvario particular del Papa es como el de esos padres que asumen la responsabilidad de otros por lo que él no ha realizado. Es así de simple y, a la par, así de trágico desde el punto de vista humano. Es muy fácil criticar cuando no se tienen ciertas responsabilidades y se deja a un lado el amor. Y es que el amor de Cristo, que es universal, redime, restaura, acoge, perdona… Eso sí, no justifica el mal. Tampoco desde aquí se justifica lo injustificable. Simplemente se llama la atención sobre ese rostro del amor que brota del Vicario de Cristo en la tierra, que encarna con dignidad el sufrimiento por sus hermanos, víctimas y verdugos, además de a toda criatura sencillamente porque es hija de Dios.

La justicia, lo que haya que hacer, el cómo y el cuándo en estos luctuosos casos es un tema distinto. Pero no podemos olvidar que la mirada de Cristo se dirige especialmente a los pecadores, a los enfermos, los que precisan cura… y que ese gesto de perdón lo asumió Él mismo de forma sublime e incomparable desde su cruz al exclamar: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…”. Sólo recordar que los tronos de esta Semana Santa malagueña que han vuelto a llevar a la calle la Pasión del Señor y el dolor de María Santísima de lo que nos han hablado, una vez más, es del perdón, de la compasión y de la misericordia.

jueves, 4 de marzo de 2010

Por Isabel Orellana

"Las cosas importantes"

¡QUE NADIE SE MOLESTE!


A una gran mayoría de ciudadanos el sentido común nos dicta cuando es preciso mostrar la disconformidad ante hechos que rebasan lo que estaríamos dispuestos a tolerar. Ser inconformista dentro de un orden es necesario. Conviene a nuestra salud humana y no digamos espiritual. Si aceptamos lo que se engloba en lo que ha venido en denominarse “políticamente correcto”, o justificamos nuestra desidia para mudar hábitos que nos perjudican a todos los niveles, mal andaríamos. Honestidad y claridad, coherencia y valentía son virtudes que nos impiden acomodarnos en la rutina.

Este asunto está relacionado con la responsabilidad y la libertad y, por supuesto, el respeto. No soy libre, aunque me lo crea, cuando invado la intimidad de otro. En ella se engloban sus creencias y sus increencias, y todo lo demás. Esto lo sabemos de sobra. Sin embargo, parece que es una lección que todavía tenemos que aprender. Y la verdad es que no me imagino a una persona aceptando estoicamente y sin inmutarse juicios negativos sobre algún familiar directo suyo. No creo que actuase de forma pasiva al escuchar antes o a continuación: “espero que no te moleste”, u otra expresión parecida. Negarse a aceptar excusas de tal naturaleza no es de intolerantes, mal educados, o poco caritativos. Muchas veces, y aunque nos duela, en la vida hay que llamar a las cosas por su nombre. Por eso, hay que aplaudir a quienes han tenido el acierto de protestar enérgicamente ante una exposición que tenía lugar en Granada hace unos días, atentatoria contra la fe católica. Han demostrado ese coraje que debería caracterizar a todo hijo de Dios. Es lo que enseña Cristo en el Evangelio: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con que se la salará? Mt 5,13-16».

Comprendo que el autor de esta pretendida y pretenciosa “obra de arte” se sorprenda, con una expresión aparentemente angelical, de que existan personas que han podido sentirse ofendidas. Naturalmente. Es que no era para menos. Habría que ver qué sucedería con otros credos si se hubiesen traspasado las fronteras, no sólo de la estética, sino también del pudor, llevando las ideas creadoras a unos ámbitos como este. Pero, en fin, este asunto de la exposición es un hecho puntual que me ha servido para recordar que siempre hay alguien que cuando invade la libertad de otros, se deja llevar por la tentación de aconsejarles que no se ofendan. Si somos timoratos, lo único que conseguiremos es que el juicio particular campee a sus anchas y esta égida de hedonismo y relativismo nos cubra de barro aún más.

Cuando algo me molesta en el sentido expuesto, y lo manifiesto abiertamente, con educación y respeto, actúo en caridad. Si la omisión es una falta de caridad, ¿no lo es también tolerar lo intolerable?

lunes, 18 de enero de 2010

Por Isabel Orellana

" Las cosas importantes"

¿Dónde estaba Dios?


La pregunta que encabeza esta reflexión gravita en el ánimo de incontables personas cuando se presenta súbitamente una tragedia como la que en estos días estremece al mundo tras esta nueva catástrofe acontecida en Haití. Es una interrogación que brota de atónitos corazones que se sienten incapaces de asimilar el sufrimiento. Es la clásica y eterna pregunta que subyace a la experiencia del dolor humano. He dado respuesta a la misma en numerosas ocasiones y de diversos modos. La traigo a colación ahora, porque, una vez más, vengo escuchando protestas ante el amor inefable e infinito de un Padre eterno que, sin embargo, –alegan– no impide el dolor de sus hijos. Es un tema antiguo, que filosóficamente se encierra en el denominado “problema del mal”, cuya discusión en este espacio es imposible. Por otro lado, es innecesario. Así que, vayamos por partes y afrontemos el asunto de la forma más escueta y sencilla posible que es lo único que podemos hacer en este breve comentario, en el que intentaré subrayar lo que a mi modo es esencial en este tema al que he dedicado varios de mis trabajos y que conozco bien por propia experiencia.

Primeramente, conviene recordar que el dolor es un hecho universal, al que todos, tarde o temprano hemos de enfrentarnos. Además, todo lo que nace, crece y se desarrolla tiene que morir. Es una ley universal; un hecho inscrito en la naturaleza. Aquí no nos vamos a quedar nadie. La forma y el cómo depende de muchas variables, entre las que se halla no sólo la calidad de un organismo frente a otro más débil, sino también la responsabilidad personal. Y entramos ya en la segunda cuestión. El ser humano no puede eludir la responsabilidad que tiene ante el dolor poniendo en riesgo su salud y la de otros, como tantas veces se hace, incluso vulnerando las indicaciones médicas y normas cívicas y sociales. Así, hechos como fumar, ingerir alcohol en grandes cantidades, conducir ebrio, etc., desencadenan muchas tragedias. En el caso de Haití lo que ha sucedido, que no era nuevo, estaba anunciado. Muchas catástrofes, como esta, se podrían haber evitado si no se construyera en lugares donde abundan fallas tectónicas (caso de Haití), en zonas que siempre fueron cauces naturales de los ríos, con materiales inadecuados, etc.

Tercer aspecto. Nada tiene que ver el hecho moral, del que también se habla coloquialmente haciendo notar que el dolor, un accidente o enfermedad grave, debería recaer en personas, que al juicio humano, son más dignas de ello, en tanto que otras en las que vemos bondad no se lo merecen. Repito, y no es una tesis personal sino un hecho empírico: todos (los que hemos considerado buenos y los que no nos parecieron tanto), tarde o temprano, iremos dejando este mundo bien por edad o por las lesiones que surjan en nuestro organismo, por irresponsabilidades personales o ajenas, contingencias de la vida, o lo que sea.

Y, aunque van a quedar muchas cosas que decir, podemos entrar ya en el núcleo de la pregunta que encabeza el artículo. No es difícil entender que un ser humano anhele comprender por la vía de la razón lo que sus sentidos le muestran: una multitud de desdichas que le sobrepasan y para cuya asunción, si así puede decirse, necesita hallar explicación. El problema es que, como en tantas otras cosas de la vida –los seres humanos somos así– en este tema universal del dolor humano, dentro de la explicación se incluye la necesidad de hallar un culpable. Podríamos decir que, desde esta perspectiva expuesta, explicación y culpabilidad van unidas. Y quien todo lo puede, es decir, que tiene el atributo de la omnipotencia, que es Dios, es el que tendría que dar cuentas. Máxime si se predica de Él un amor de proporciones inimaginables. Es lo que muchos piensan. Como se ha dicho muy sucintamente, es obvio que Dios no tiene por qué barajarse en asuntos que competen a la propia naturaleza, o que se derivan de la irresponsabilidad personal.

Esta grave acusación sin fundamento que apunta a Dios como un ser sin escrúpulos, podríamos decir, se debe indudablemente, a que no existe una experiencia vivencial de Dios. Y la forma más clara de explicarlo es acudiendo a un simil: los padres biológicos, entendido por estos, los que son padres normales, claro está; no los desnaturalizados.

Alguien que haya tenido o tenga la fortuna de contar con un padre y una madre que le ama jamás concebiría que sus progenitores, pudiendo evitarlo, le dejaran sufrir. Una madre siempre está presta a dar la vida por su hijo; un padre también. Ambos se pondrían en el lugar de su hijo mil veces antes que verle sufrir y morir. Entonces, ¿por qué pensamos que Dios Padre consiente el mal, que no lo evita, y que es culpable de lo que nos sucede?

No preguntemos ¿dónde estaba Dios? Él siempre está ahí, acompañándonos; es quien nos da la fortaleza, es el motivo de nuestra esperanza, y el que nos proporciona el consuelo que jamás podrá darnos nadie en este mundo. Ciertamente, el dolor es un misterio, pero no puede convertirse en arma arrojadiza contra Dios. Tan solidario ha sido con el género humano ese Padre Celeste que entregó a su propio Hijo para que muriese por todos nosotros. Volvamos entonces los ojos a Él y pidámosle por esas criaturas que lo han perdido todo. Como Padre que es, habrá abierto sus brazos de par en par para siempre a los miles de seres humanos que han abandonado este mundo de forma tan cruel, sencillamente porque la geografía geológica de su país les ha clavado una despiadada y sangrienta dentellada.

lunes, 4 de enero de 2010

Por Jose Luis Arranaz

CARTA ABIERTA A LOS REYES MAGOS

Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar: Siempre me hizo una gran ilusión escribiros mi carta por estas fechas. Y aunque ya peino canas, no he dejado ningún año de dirigirme a vosotros en demanda de algún deseo que, dicho sea en honor a la verdad, unas veces me habeis podido otorgar y otras no, aunque nunca me he sentido defraudado por vuestros obsequios.
A lo largo de mi ya dilatada existencia, me disteis, con la ayuda de Dios, muchas cosas buenas con cuyo recuerdo aún me recreo y que sería imposible enumerar aquí. En realidad, toda mi vida fue un continuo regalo de Reyes.
¿Qué más se puede pedir?
Y, sin embargo, permitidme que insista una vez más, como todos los años, en algo que nunca me cansaré de pediros en mi carta: PAZ.
En el pregón que se lee en las iglesias en la Misa del Gallo hay un verso que textualmente dice: ...Y estando el mundo en paz...
¿Es posible, queridos Magos, que sólo en aquel venturoso día del nacimiento de Cristo hubiese paz en todo el mundo? ¿No nos hemos ganado a base de sufrimientos, de dolor, de lágrimas, de esperanza, de desesperación o de tristezas, la posibilidad de al menos un solo día más de paz en el mundo? ¿O de un año entero de paz? ¿Tan malos hemos sido los humanos que sólo nos merecemos continuamente el carbón de la tragedia y la desdicha?
Permitidme pues, Majestades, que insista un año más en mi petición; dadnos:
PAZ en nuestros corazones, para que de ella irradie esa paz al resto del mundo.
PAZ en el mundo para que sintiéndonos iguales todos los seres humanos, podamos trabajar en defensa del bien común sin distinción de credos ni de razas.
PAZ en los países empobrecidos por las guerras fratricidas, para que sus dirigentes y sus habitantes se den cuenta de que es mejor para todos vivir en armonía y en amor, la única manera real de prosperar.
PAZ en los ojos de los niños, para que no se vean obligados a contemplar tanta podredumbre como les rodea y de la que desgraciadamente aprenden cuanto no deberían aprender.
PAZ en las conductas de los padres, para que entiendan de una vez por todas que son ellos con su ejemplo y su forma de vida los que tienen que mostrar el buen camino a sus hijos, alejando de ellos la incomprensión, el odio, la venganza, el pasotismo y otros males.
PAZ en las mentes de los maltratadores para que vuelvan su corazón al amor compartido.
PAZ en la vida de los drogadictos, para que comprendan que el camino elegido solo les lleva a la perdición física y a la muerte.
PAZ en los corazones de los gobernantes del mundo, para que se den cuenta de que no es haciendo la guerra y marcando el camino del odio como tienen que escribir su paso por las páginas de la historia.
PAZ en los corazones de los terroristas, para que entiendan que el mejor camino para sus fines no es el atentar indiscriminadamente contra vidas ajenas, que ninguna culpa tienen de su particular y triste visión de la vida.
PAZ de manos abiertas y extendidas hacia los demás.
PAZ de amor, del amor que nos enseña a querer a Dios sobre todas las cosas, a confiar plenamente en El, Alfa y Omega de nuestra existencia, y de querer a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Queridos Reyes Magos: no veáis en esta carta una exigencia demasiado dura de cumplir. La inmensa mayoría del mundo quiere toda esa paz; son los menos los que buscan la confrontación que nos toca sufrir a los demás. ¿No podeis, por favor, tocar siquiera un poquito en sus corazones? Intentadlo al menos, una vez más.
Gracias y un abrazo.

Por Isabel Orellana

"Las cosas importantes"

ILUSIÓN Y FE

En estas fechas del calendario de este 2010 recién estrenado, estamos a punto de rozar el umbral más alto de la ilusión. Cientos de miles de niños y niñas se preparan para recibir la noche más mágica del año: el día de los Reyes Magos. Es una hermosísima tradición, profundamente arraigada en España, que seguramente no conseguirá ser suplantada por la llegada del nórdico “Papá Noel”. Hoy por hoy, podemos decir que la hegemonía social que va teniendo, responde, fundamentalmente, a intereses comerciales.

Hace años, en uno de mis cuentos inéditos, traté de mostrar que el resultado de la comparación entre estos “artífices” de la ilusión, los Reyes y el Papá Noel, no ofrece dudas. Aunque sólo sea por la riqueza que se halla en la colegialidad de tres Magos, frente a la individualidad de Santa Claus, y el buen gusto ornamental de los primeros, que nada tiene que ver con el saco que porta el orondo Papá Noel, habría que quedarse con la tradición evangélica. No se olvide que la elegancia no está reñida con la humildad. Y la elegancia forma parte del buen gusto que, aunque muchos no lo sepan, es también una virtud. Digo esto para que nadie se extrañe de que exalte la deslumbrante estética que rodea a los Magos frente al humilde saco y vestidura del Papá Noel. Más allá del ornato no hay que olvidar la religiosa delicadeza encerrada en la sabia elección de los presentes que los Reyes iban a llevar al Niño: oro, incienso y mirra, cuya simbología es bien conocida. Pero esto no es todo. Hay otro elemento esencial en esta festividad que va unida a la ilusión, y es la fe. Porque la tradición genuina de los Reyes Magos, encarnada en el Evangelio, no puede reducirse a mera ilusión y fantasía. Menos aún, simplificarla diciendo que es otro día de gastos. No es tampoco una fiesta dedicada exclusivamente a los niños.

En efecto. Cuando la fe está arraigada, nunca se pierde la certeza de que se obtendrán los dones que precisamos para nuestra vida, de los cuales el obsequio material, que no tiene por qué ser costoso, simplemente es testimonial. No importa la edad que se tenga. El hecho cierto es que los Reyes vienen a nuestra vida y nos acompañan todos los días del año. Que nos ayudan a cumplir los sueños que hemos tenido, los que hemos expresado en nuestras cartas, y, cómo no, los que llevamos escritos en nuestro corazón. La belleza de esta fiesta reside en la simbiosis de varios elementos y virtudes que están presentes en la infancia. La inocencia, la alegría, la expectación, la generosidad, la añoranza por lo noble y hermoso de la vida, la sorpresa, la esperanza sin medida…, todo lo que a lo largo de los años se puede ir recubriendo, por desgracia, con la pátina de la desconfianza, de la razón, de cierta tristeza…, sale de nuevo a nuestro encuentro. La persona creyente aúna en su interior, la expectativa ante un nuevo año que viene cargado de esperanzas y determinación a perseguir las cotas más altas de lo que se haya propuesto, y la ilusión ante lo desconocido, que tantas veces se materializa en un inesperado regalo. Une también su gozo al de esos niños y niñas que contemplan con ojos siempre nuevos esa noche inolvidable de Reyes.

Los tres Magos de Oriente encarnan maravillosamente con sus vidas las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Pues bien, realmente en la vivencia de esta tríada está el secreto de la felicidad. Así que llevemos a los niños por este camino, y nuestra ilusión no sólo no morirá, sino que crecerá unida a la de ellos. Viviremos un año diferente.

martes, 15 de diciembre de 2009

Por Jose Luis Arranz

NUNCA SERÁ NAVIDAD


Estamos ya muy próximos a la gran fiesta anual de la Navidad. Se palpa en el ambiente, en las calles, en los saludos y en el gasto inusual, pese a la crisis, que en estos días hacemos, incluso a costa de endeudarnos para presentar a propios y extraños una mesa exageradamente repleta de ricos manjares, muchos de los cuales irán al día siguiente a parar al cubo de la basura por la imposibilidad material de gastarlos todos y por su carácter de alimento muy perecedero. Y todo esto, repito, a pesar de la tremenda crisis que ensombrece nuestro día a día.
A partir de ahora repartiremos también a diestro y siniestro felicidades: a los amigos, a los menos amigos, a los simplemente conocidos, a los vecinos con los que el resto del año no tenemos el más mínimo contacto...en estos días sacamos nuestra mejor y más fría sonrisa-dentífrico y la repartimos por igual, dejándola caer donde primero nos pilla. Pero queda bonito eso de desearnos felicidades en estas fechas que se avecinan, sintamos o no en el interior de nuestro corazón la necesidad de que ese deseo de felicidad se convierta en realidad, que ese es otro cantar.
Sabemos que la palabra Navidad es una contracción de Natividad, que significa Nacimiento. Es decir, que estamos esperando la siempre agradable y buena noticia del nacimiento de un niño, y en este caso, del Niño Dios.
Y alrededor de ese nacimiento –que no olvidemos que se produjo en una cueva, sin más calor que el que producían los cuerpos del buey y de la mula y sin más alimentos que los pocos que llevaron los pastores, que no sería demasiado porque generalmente las alforjas de un pastor no tiene alimentos sobrados ni mucho menos, y menos aún para tener que compartir-- es donde hemos formado toda esa parafernalia de fiestas, música, consumismo, gastos, luces y felicitaciones por doquier.
Desde ya, las ONG’s, las cadenas de televisión, los grupos de cristianos más o menos comprometidos y otros colectivos, están recogiendo alimentos para que la noche de Navidad no se quede nadie sin su cena de ¿fiesta?. Y eso se hace en memoria del nacimiento del Niño.
Es decir, que los demás días del año, como no nace el Niño, las familias más necesitadas no tienen derecho a alimentarse igual que los demás. Sólo un día al año, y eso por ser Navidad. Y eso porque ese día nos nace el Niño Dios, ese Hijo de Dios que pasando el tiempo se verá obligado a señalarnos al ver nuestra falta de buena voluntad que: “Siempre que lo hacéis por uno de mis hermanos más pequeños, por Mi lo haceis”, porque los creyentes hemos olvidado en gran medida que Cristo vino para todos y, sobre todo, para los más necesitados, esos mismos necesitados que en estos días miran –-en muchos casos sin entender—nuestras manos repletas de alimentos para nuestras familias, mientras que para ellos solo queda, si acaso, un “Felicidades, hermano; que Dios le ampare”.
Y no hablo solo de los alimentos del cuerpo, que en muchas ocasiones no les son tan necesarios porque de alguna forma cuentan con ellos. En muchos casos, ese alimento que esperan es, simplemente, una muestra de cariño, una sonrisa dada desde el corazón, una cercanía sin interés, unas palabras de aliento, el calor de una brazo sobre los hombros, un acompañarles hasta la próxima esquina, un compartir con ellos siquiera unos minutos de nuestro “precioso” pero mal gastado tiempo... y tantas otras cosas como podemos ofrecer a Cristo a través de nuestros hermanos. Y nosotros, al mismo Cristo que se acerca a nosotros, le decimos simple y llanamente “felicidades hermano; que Dios el ampare”.
Y eso por muchas veces que nos repita desde nuestra conciencia, que es como decir desde nuestro propio interior: "Tuve hambre y me disteis de comer; sed y me disteis de beber; frío y me abrigasteis...” Y nosotros, conociéndonos como nos conocemos y sabiendo como somos y como nos comportamos, aún tendremos el valor suficiente para preguntarle “¿Cuándo hicimos por ti todo eso...?” Yo me imagino que la mirada que Cristo nos lance en esos momentos debe ser todo un diccionario de tristeza y de soledad, y que podría decirnos: “Nunca, hijo, hermano; nunca, a pesar de que te lo repetía todos los días”.
¿Seremos capaces de mirarle a la cara y decirle, como le dijo Pedro “Tu lo sabes todo, tu sabes que te quiero”? ¿Cómo le demostramos ese cariño del que presumimos?
Algo falla aquí. O, como dice el refrán castellano, “una cosa es predicar, y otra dar trigo”.
¿O será que falla el mismo Dios?
Pero no; Dios no nos falla. Aquí lo que falla es que los cristianos deberíamos celebrar la Navidad todos los días del año. Mientras en nuestro corazón no nazca el Niño cada segundo de nuestra existencia; mientras miremos con recelo a los demás y andemos más guiados por la envidia que por la caridad; mientras no veamos a los demás como hermanos; mientras en nuestro corazón no atesoremos solo la verdad de Cristo, nunca será Navidad.
Y todo esto sin despreciar los bienes que el mismo Dios nos ha dado. No se trata de hacernos nosotros iguales a ellos sino de hacer a ellos iguales a nosotros, que parece lo mismo pero hay un abismo imposible de cruzar entre ambas frases, aunque parezcan simplemente un juego de palabras.
Si Dios nos ha dado unos bienes más o menos cuantiosos, son para que los disfrutemos, para que vivamos según nuestras posibilidades, para que gocemos y para que al final de nuestra vida, cuando nos pida cuentas, podamos decirle: “Diez talentos me diste, y yo he ganado para ti otros diez”.
Y esos talentos, sin duda, se ganan dando amor en el sentido más amplio y más genérico de la palabra.
O como dice San Pablo en una de sus cartas a los corintios: “Si no tengo amor, nada soy”.
¿Tenemos amor? ¿Somos capaces de administrarlo, según nuestra capacidad, entre los más necesitados? Entonces es Navidad todos los días del año.
Pero si no es así, siento decirlo pero nunca, nunca, NUNCA será Navidad.