miércoles, 29 de julio de 2009

Por D. Jose Ignacio Munilla

Cuando el sentimiento anula la razón


A los pocos días de la muerte de Rayan, el niño fallecido por el trágico error de una enfermera en el Hospital Gregorio Marañón, Borja Montoro publicaba en el diario La Razón una viñeta gráfica, de esas que cuestionan nuestros presupuestos y ponen al descubierto nuestras hipocresías. El texto era el siguiente: “Si en lugar de haber muerto esta semana a causa de un dramático error, hubiese muerto hace un par de meses como consecuencia de un aborto, hoy nadie hablaría de esta pobre criatura”.
Ciertamente, ha sido llamativo comprobar cómo la opinión pública nacional llegó a estar conmocionada por aquel suceso fortuito, al mismo tiempo que continuaba sin mayores resistencias la tramitación política de una legislación que considera el acceso libre al aborto como un “derecho”.
Me permito también aducir como ejemplo otro suceso más lejano: En octubre de 1991 una niña de doce años, llamada Irene Villa, sufría junto a su madre un cruel y despiadado atentado de ETA, en el que perdió las dos piernas y tres dedos de una mano. El telediario del mediodía ofreció unas impactantes imágenes en las que Irene se intentaba levantar del suelo sin ser consciente todavía de que le faltaban las piernas. Aquellas imágenes conmocionaron la opinión pública, hasta el punto de que a las pocas horas, en lugares de notable connivencia con el terrorismo, se organizaron por primera vez, manifestaciones espontáneas contra la banda armada.
El influjo de aquellas imágenes había resultado más convincente que todos los discursos de condena de la actividad terrorista o, incluso, que los argumentos en favor de la dignidad de la vida humana… ¿Es que acaso, en los anteriores atentados terroristas, no se había derramado sangre o no se habían generado viudas y huérfanos? ¿Tendremos que reconocer, tal vez, que los argumentos racionales son incapaces de iluminar y cuestionar nuestras conciencias? ¿Tan inmaduros podemos llegar a ser, como para dejarnos dominar por nuestra emotividad -“ojos que no ven, corazón que no siente”-?
De la misma manera que el impacto de unas imágenes y su efecto emotivo pueden llevar a la opinión pública a posicionarse en defensa de unos valores éticos, también puede ocurrir -y de hecho ocurre- exactamente lo contrario. Nuestra cultura actual, calificada por muchos como de “pensamiento débil”, es fácilmente manipulable. ¡Es lo que ocurre cuando el sentimiento anula la razón!
Ciertamente, la cultura de hoy se caracteriza por una notable sobreexplotación del sentimentalismo, en detrimento del uso recto de la razón. Es más, no son pocas las personas que confunden los sentimientos generosos o altruistas con la pura emotividad, como si el hecho de conmoverse o emocionarse fuese sinónimo de tener una alta sensibilidad moral.
Es verdad que solemos calificar nuestra cultura como “racionalista”. Sin embargo, no queremos decir con ello que nuestra cultura utilice en exceso la razón… ¡ni mucho menos! El racionalismo de nuestros días considera verdadero sólo aquello que es experimentable y palpable, rechazando la apertura a la fe. En realidad, para que los términos no llamen a la confusión, quizás debiéramos designar a la cultura actual como “materialista” o “tecnologicista”, en lugar de racionalista.
La Iglesia compagina su discurso de fe, con el recurso continuo al discernimiento racional. Como reiteradamente está remarcando en su pontificado Benedicto XVI, una de las grandes tareas de la Iglesia es reclamar la razón. Más aún, algunos han designado la pastoral de Benedicto XVI como una “pastoral de la inteligencia”. En su última encíclica, “Caritas in Veritate”, el Papa hace afirmaciones como las siguientes: “Sin la verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo”, “La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal” (nº 3).
Ciertamente, a pesar de lo dicho hasta aquí, queda en pie la expresión de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón desconoce”. Pero en nuestros días es necesario remarcar que no debemos confundir la emotividad con el afecto. El verdadero amor ha de ser afectuoso, pero no siempre emotivo. Y es que… ¡hay emociones que no construyen, y emociones que afianzan la afectividad en el amor! Solamente la razón será capaz de discernir entre ambas.
D. Jose Ignacio Munilla
Obispo de Palencia

lunes, 20 de julio de 2009

Por Isabel Orellana

" Las cosas importantes "

MORIR AMANDO


En este pequeño paréntesis que media desde mi última colaboración en el blog con esta nueva contribución, como muchos de ustedes saben, he estado en Roma celebrando los cincuenta años de la fundación del Instituto de misioneras y misioneros identes al que pertenezco, junto a varios miles de misioneros identes y miembros de otras fundaciones puestas en marcha por nuestro Fundador, Fernando Rielo, procedentes de distintos continentes, colaboradores, familiares, amigos y miembros de otras instituciones religiosas. Todos hemos vivido con júbilo y emoción las palabras que nos ha dirigido el Papa Benedicto XVI, y las muestras de adhesión y cariño de cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes que nos han acompañado. Quiero agradeceros también a todos los feligreses de la Parroquia de Coín, comenzando por vuestro párroco, Gonzalo, las oraciones que habéis elevado por nosotros. Que Dios os lo pague.

Durante estos días hemos vuelto a constatar que la cruz y el gozo van inseparablemente unidos. Nuestro Fundador decía que «la cruz tiene por fuera un aspecto amargo, pero, por dentro, su savia es caña de azúcar, dulcísima». El mismo día que Su Santidad nos dirigió las primeras palabras y después de darnos su bendición, uno de nuestros jóvenes hermanos, sacerdote, murió repentinamente, al regresar a casa, en medio del evento que nos congregaba a todos. Desde el punto de vista humano, cualquier pérdida es irreparable y conmovedora, pero este es un lugar de paso, de peregrinaje: «una mala noche en una mala posada», según Santa Teresa de Jesús. Y este hermano, con una dilatada trayectoria como misionero en distintos lugares del mundo, ha culminado su misión amando. Al llegar el Esposo tenía las lámparas encendidas. Hoy se le recuerda en la Universidad de la que era rector, y cientos de alumnos, feligreses, miembros de otras entidades universitarias, amigos y conocidos, se han unido a la acción de gracias que todos los misioneros elevamos al Padre Celestial por su vida.

Desde la vivencia de la fe, la muerte es gloria, rúbrica de todo el bien que aquí se ha hecho, epílogo glorioso de un camino jalonado por una silenciosa y continua ofrenda. A Julio Marrero se le recuerda y se le recordará siempre por sus virtudes, por haber hecho corona de su vida con las vidas de tantos hermanos y hermanas que convivieron con él, con las personas a las que ayudó, confortó y a las que dedicó lo mejor de su existencia. ¡Qué triste es pasar por este mundo dejando una estela de sufrimiento, de despropósitos, de temores…, como le sucede a muchas personas! Eso, pese a que la muerte lo magnifica todo, y se tiende a vislumbrar y ensalzar lo más noble que ha tenido en vida el finado, es lo que realmente debería causar dolor. Por eso, y por lo frágil que es la existencia, que tan fácil e inesperadamente se trunca, porque todos somos hijos de un Padre que nos ha concebido para ser santos desde toda la eternidad, hagamos de nuestra convivencia una hermosa filigrana compuesta de comprensión, ternura, ayuda, generosidad, servicialidad, unidad y tantas otras virtudes. De este modo, en cualquier momento, cuando nos sorprenda ese postrer abrazo, estaremos amando. Y cuando otros nos precedan en el fin de este peregrinar, no experimentaremos pesar por haber perdido la oportunidad de aprender y de compartir con ellos lo mejor que poseíamos.

Por lo demás, viene a mi memoria la respuesta que dio San Alonso Rodríguez, cuando le preguntaron qué haría si alguien le anunciase que iba a morir: “Seguiría barriendo”, fue su respuesta. Era una labor cotidiana, un acto sencillo que habría sobrenaturalizado. Ese es el amor. No hay que buscar espectacularidad en este camino que nos conduce al Padre. Cualquier acción, realizada con amor, es santa.

jueves, 2 de julio de 2009

Por D. Jose Ignacio Munilla

De “reyes” y “mendigos”


Recién acontecida la muerte del cantante Michael Jackson, y cuando los medios de comunicación se prodigaban en difundir la noticia con todo tipo de detalles y especulaciones, me encontraba con un grupo de adolescentes que recibían el sacramento de la Confirmación. Parecía lógico que aquella noticia tuviese cabida en nuestra conversación, habida cuenta del eco que estaba alcanzando.
No creo que haga falta convencer a nadie del influjo tan notable que pueden llegar a tener las estrellas musicales en nuestro horizonte cultural, moral y espiritual, y especialmente en el caso de los jóvenes. El hecho de que un icono tan destacado de la música moderna, considerado como el “rey del pop”, haya llevado una existencia tan contradictoria y concluya sus días de una manera tan dolorosa, nos invitaba a una serena reflexión sobre la fragilidad de los valores de la cultura occidental:
- ¿Sabéis? ¡También yo tenía aproximadamente vuestra misma edad cuando murió Elvis Presley, el “rey del rock”! ¿No os parece mucha casualidad que estas dos “estrellas” hayan muerto de una forma tan similar?
- ¡De casualidad nada! –me respondió uno de aquellos jóvenes-. ¡El mismo Michael Jackson había manifestado que tenía el temor de “terminar como Elvis”!
No está de más añadir que nuestros jóvenes son bastante más lúcidos de pensamiento de lo que muchas veces solemos suponer.

Divorcio entre el gusto estético y el bien moral

El hecho de que la cultura dominante esté tan profundamente marcada por el subjetivismo y el relativismo, contribuye más, si cabe, a que el gusto estético sea entendido como algo puramente arbitrario (¡sobre gustos no hay nada escrito!). Son muchos quienes piensan que sus gustos e inclinaciones musicales nada tienen que ver con los valores de su vida, máxime cuando en muchos casos nos cuesta entender la letra de las canciones.
Lo cierto es que algunos mitos o “iconos” musicales han ejemplificado con sus vidas el inexorable callejón sin salida al que conduce la disociación entre la estética y el bien moral del ser humano. ¿Cómo se compagina el que un artista alcance el cénit de su carrera profesional, al mismo tiempo que crece su grado de desesperanza? ¿Cómo es posible que la opinión pública dirija su admiración hacia unos “reyes” que, en el fondo, no son sino “mendigos” de una felicidad, la cual son incapaces de alcanzar?

La humildad de saberse instrumento

¡Qué difícil es mantenerse en la cumbre de la fama sin corromperse! ¡Qué fácil es caer en la tentación de un endiosamiento que termina por ensombrecer el valor de la obra artística! Posiblemente, una de las tentaciones más frecuentes en el mundo del espectáculo consista en desviar la atención de lo objetivo a lo subjetivo: de la obra musical, al cantante ídolo; del deporte, a la estrella galáctica… terminando por fomentar un culto a la imagen, que anula la conciencia de sabernos “instrumentos” de un misterio de verdad y de bondad que nos precede y nos supera.
La vida y la muerte de Michael Jackson esconden la tragedia de toda una generación incapaz de alcanzar una libertad por la que suspira. ¿Hasta qué punto estamos marcados y condicionados por las heridas generadas por la desestructuración familiar? ¿En qué consiste la libertad: en hacer lo que queramos, o en querer lo que nos corresponde hacer? En última instancia, ¿la felicidad consiste en inventar una realidad a nuestro capricho, o más bien en querer conformar nuestro deseo con la voluntad divina?
Michael Jackson ha sido una “parábola” –y al mismo tiempo una “víctima”- de nuestra época, un “paradigma” del occidente carente de cimientos sólidos, capaz de lo mejor y lo peor, generoso y caprichoso, materialista e idealista… un genio tan contradictorio como nuestra cultura misma.
No sería justo que metiésemos en el mismo saco todas las experiencias de la música moderna. Existen intentos serios de plasmar un mensaje de esperanza en expresiones musicales innovadoras, como es el caso del conjunto irlandés U2, que actúa estos días en Barcelona. En una reciente entrevista, el solista del grupo, Bono, declaraba que se había inspirado en la arquitectura del maestro Gaudí para crear el escenario de su gira: “Gaudí hacía un lugar donde la gente podía rezar. Y para nosotros la música es una plegaria. A veces es a Dios, a veces es a tu amor, pero siempre una plegaria”. En efecto, la clave de un producto musical de calidad no puede estar exclusivamente en el genio del artista, sino también en su propuesta de sentido, además de en la coherencia moral de su vida.

D. Jose Ignacio Munilla
Obispo de Palencia

martes, 30 de junio de 2009

Fin de Año Paulino

De la mano de San Pablo

Coincidiendo con la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, hace un año se inauguraba el Jubileo del Año Paulino, convocado por Benedicto XVI con motivo del dos mil aniversario del nacimiento del “Apóstol de los gentiles”. Llegado el momento de su clausura, damos gracias a Dios porque, pasados estos doce meses, nos hemos familiarizado más con la vida y el legado espiritual de San Pablo, cuyas Cartas escuchamos con tanta asiduidad en las Eucaristías dominicales.
A lo largo de este año, se ha realizado un notable esfuerzo a distintos niveles, para dar a conocer su figura y su doctrina: homilías dominicales, publicación de biografías, conferencias divulgativas, congresos académicos, cursillos formativos sobre sus diversas Cartas, peregrinaciones tras las huellas de San Pablo por la llamada Ruta Paulina, películas, etc. De una forma especial, cabe destacar las veinte catequesis impartidas por el Papa, en los habituales encuentros que mantiene los miércoles con los peregrinos que acuden a Roma. La editorial de la Conferencia Episcopal Española (Edice), ha publicado estas bellísimas y profundas catequesis en un libro titulado Aprender de San Pablo, que bien pudiera servirnos para dejar grabado en nosotros el legado de este Año Paulino que ahora finaliza. Mención aparte merece la incorporación de las iglesias ortodoxas a este Jubileo convocado por el Papa, tal y como anunció el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I.
Sólo los enamorados enamoran
La fuerza de San Pablo nace de su profunda experiencia interior: "Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Fundado en la conciencia de saberse amado incondicionalmente por Cristo, Pablo vive con radicalidad los consejos evangélicos: “Por mi parte, muy gustosamente me daré y me desgastaré totalmente por vosotros” (2 Co 12, 15). La consecuencia lógica de todo esto es que la figura de Pablo “arrastró” en su tiempo –y lo sigue haciendo en el presente- a muchísimas personas, al seguimiento de Cristo: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11, 1).
He aquí una de las intuiciones que más ha sido subrayada en este Año Paulino que llega a su fin: La Nueva Evangelización sólo podrá ser acometida con éxito por quienes estén “enamorados de Cristo”. Las características del momento en que vivimos acentúan más, si cabe, esta convicción. La secularización interna de la Iglesia se caracteriza por un estilo de vida relajada, “alérgico” a cualquier sacrificio y renuncia, que se expresa con un discurso plano, en el que sólo se desarrollan los puntos de consenso con la cultura dominante. La experiencia nos demuestra que por este camino, todos los proyectos pastorales están condenados a la esterilidad.
San Pablo no buscó gratuitamente conflictos, pero tampoco los rehuyó cuando se presentaron. Nunca cedió a la tentación de procurar una falsa armonía con su entorno, sino que “combatió” decididamente con la espada de la palabra. En su ministerio apostólico no faltaron incomprensiones y disputas, tal y como él mismo reconoce: "Tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas... Como sabéis, nunca nos presentamos con palabras aduladoras" (1 Ts 2, 2. 5).
Sin embargo, no podemos olvidar que la clave del ministerio de San Pablo no está en su espíritu combativo; sino que, más bien hemos de decir que, la clave del espíritu combativo de Pablo se explica por su “encuentro” con el Resucitado: “Todo lo juzgo como pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8). Lo que motiva a San Pablo es el hecho de ser amado por Cristo, de donde se deriva un celo apostólico inagotable. El espíritu de lucha que muestra el Apóstol de los gentiles en sus Cartas, así como su capacidad de sufrimiento, es proporcional a su amor por Cristo.
La sabiduría de la cruz, cumbre del amor
La vida de San Pablo es un ejemplo práctico del mensaje evangélico que nos introduce en la sabiduría de la cruz: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para nosotros (…), fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 11, 23). Aunque pueda parecer paradójico, la cruz es “sabiduría” para los judíos, porque revela el auténtico rostro de Dios, que el Antiguo Testamento sólo había podido mostrar parcialmente. Al mismo tiempo, la cruz es “sabiduría” frente a la filosofía griega, demasiado segura de sí misma y de su lógica.
Gracias a Jesucristo, la cruz se ha convertido en la llave humilde que nos abre al misterio de la gracia divina. Así lo ha experimentado San Pablo a lo largo de toda su vida: “«Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la flaqueza». Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo (…) porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co 12, 10).
Este es el regalo que nos da San Pablo como conclusión de su Año Jubilar: la sabiduría de la cruz, reveladora del amor. La cruz es el camino que certifica y autentifica el amor… ¡No te tengamos miedo a la cruz, porque sería tanto como tenerle miedo al amor! Es imposible acercarse a la figura de San Pablo sin recibir una invitación a la conversión. ¡Glorifiquemos a Dios por la vida de Saulo de Tarso, testigo del amor apasionado de Dios por cada uno de nosotros y de la respuesta ardiente de quienes se dejan alcanzar por la llamada divina!



Obispo D. Jose Ignacio Munilla

Por Jose Luis Arranaz

LAS MONJITAS DEL CÍSTER

Con qué facilidad hemos cerrado los malagueños cuatro siglos de historia compartida. Cuatrocientos años desde que unas monjas cistercienses llegaran a nuestra capital, se instalaran en lo que suponemos que también entonces sería el mismísimo centro de la ciudad, frente a la Catedral, y desde allí empezasen una labor callada y permanente de acercamiento a Dios a través de la oración y de sus dulces cánticos que, sin duda, hermosearían las mañanas y las noches de aquellas gentes de entonces, mucho más propensas que las actuales a recibir la gracia del Espíritu.
Tan grata, tan carismática, tan agradecida y tan necesaria a la vez ha sido su estancia entre los malagueños que esta comunidad de religiosas dio nombre oficial a la calle que las albergaba y así surgió la calle del Císter, que será lo único que a partir de ahora nos traiga a la memoria su dulce venida.
Y eso desgraciadamente hasta dentro de pocos años, porque en una o dos generaciones se olvidará por completo el significado del nombre de la calle y muchos malagueños llegarán a preguntarse qué significa ese nombre y cual es su vinculación con Málaga. No sabrán que durante 400 años nada menos, las oraciones de esas monjas de clausura han mantenido a los malagueños más cerca de Dios, porque mientras nosotros nos entreteníamos en otros menesteres menos altos, más prosaicos, olvidados quizás de la grandeza de la oración las monjitas, dulce y calladamente, escondidas tras las celosías de su cenobio, cumplían el agradable mandato divino de acercar la Verdad para intentar que entrara en nuestros corazones.
Y ahora se han ido. Que fácil es, repito, borrar de un plumazo nada menos que 400 años de historia.
Y se han ido en medio de la indiferencia general. Y en una lastimosa muestra de desamor por parte de Málaga, esta Málaga que las acogió entonces pero que por lo que ahora se ve no ha sabido, de verdad, abrirles a las monjitas del Císter las puertas del corazón.
Con qué razón nuestro Poeta de la Raza, Salvador Rueda, llamaba “madrastra” a Málaga, con todo el dolor de su alma.
Dicen en el Obispado que desde allí no ha podido hacerse gestión alguna al ser el monasterio del Císter completamente autónomo en sus decisiones.
En iguales o parecidas palabras se han expresado algunos miembros del Ayuntamiento malagueño.
Acepto con todo respeto esas opiniones pero permítanme que no las comparta.
Y no las comparto porque siempre se hace algo si de verdad se quiere hacer. Si de una manera oficial no se podía hacer nada por aquello de la autonomía monacal, estoy seguro de que sí que se pudo hacer, y mucho, desde la Iglesia local y desde el Ayuntamiento malagueño para que las monjitas del Císter no se vieran obligadas a marchar. Pero, claro, había que querer hacerlo.
Por ejemplo, promover calladamente y “entre bastidores” (permítanme el símil teatral) la llegada a nuestro convento del Císter de otras monjas procedentes de otros conventos posiblemente también en decadencia de vocaciones pero con menos arraigada historia que el de nuestra ciudad. Igual que nuestras monjitas se han visto obligadas a irse a Santo Domingo de la Calzada, también podrían haberse venido a Málaga desde otros lares cistercienses.
Pero lo cierto es que las hemos dejado irse. Así de fácil y así de triste.
La calle del Císter se ha quedado algo más vacía, algo más triste, algo más desarbolada. O, como dijo el poeta: “Mi calle ya no es mi calle/que es una calle cualquiera/camino de cualquier calle”.
Nos queda el consuelo de que también desde su nuevo destino las monjitas llegadas de Málaga seguirán rezando por nosotros. Ellas, que en su corazón no se encierra más que amor, habrán sabido perdonar el despego de los malagueños.
Pero sin duda, como seres humanos, también habrán llegado a hacerse la misma pregunta que yo me hago ahora:
¿Por qué, Señor, por qué?

martes, 9 de junio de 2009

Por Isabel Orellana

" Las cosas importantes "

Símbolos y laicismo



No sé a ustedes, queridos lectores, pero la imagen de una persona que contempla una antigua fotografía o acaricia un objeto familiar por la ternura que desprende, sigue emocionándome. No digamos cuando se trata de un moribundo que se aferra a un crucifijo y “atraviesa” este mundo con él. Un profundo respeto se apodera de los presentes que no osarían arrebatarle el único tesoro que quiere llevarse. Ese instante de lucidez postrero es único, sin duda. En él se sintetiza el alcance y peso de la indigencia humana, y la debilidad alcanza las notas más altas del lirismo al tener puesta la última mirada en el creador. El temblor de muchos que llegan al final de su vida alejados de la fe, ante la duda de lo que podrán encontrarse tras la muerte, solicitan la confesión, aceptan recibir la unción del enfermo y si alguien les procura un rosario o un crucifijo depositarían en él su último ósculo.

Todo esto es un símbolo y, a la par, es más que eso. El estado lo sabe. Y en esta carrera emprendida para establecer el laicismo en la sociedad erradicando, como si fuera la peste, cualquier elemento religioso, hoy, día 4 de junio de 2009, salta nuevamente la noticia a los medios de comunicación: “El Gobierno eliminará los símbolos religiosos. Desaparecerán de hospitales, cuarteles, cárceles o colegios públicos, así como en los actos oficiales o funerales de Estado // La normativa que ultima Justicia regulará por primera vez la objeción de conciencia // El ministro […] asegura que la reforma “no va contra nadie”.

¿Qué es un símbolo? El Diccionario de la Real Academia Española lo define como la “representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con esta por una convención socialmente aceptada”. Esta definición refleja convenientemente la reacción que suscita en todos la contemplación de un símbolo, y se puede confundir fácilmente con la que también despierta una señal bien sea de tráfico, indicativo de la existencia de un hospital, de la presencia de una farmacia, de socorro, etc. Efectivamente, son fruto de convenciones socialmente aceptadas, pero quedan grabadas en la mente simplemente como asociación.

Es indudable que también los símbolos políticos, asociaciones culturales, recreativas, artísticas, comerciales, deportivas, etc, tienen esta raíz asociativa, nacida como fruto de una convención. Pero en algunos existe otro componente emocional, más hondo, que trasciende los elementos figurativos y pictóricos identificativos que los ilustran. Muchos han sido inductores de virtudes como el valor. ¡Cuántas batallas se han ganado en la historia blandiendo una bandera! ¡Cuántas lágrimas se habrán derramado en la emigración escuchando el himno de la patria! Pero todo esto se quiere borrar de un plumazo. Porque si la emoción se neutraliza, esto es, si la desvinculamos de lo que ha servido para estímulo de un pueblo, lo dejamos a merced de otras ideas, lo separamos, por así decir, de su cordón umbilical.

Es lo que se pretende con la erradicación del símbolo religioso: dejar desnudo de la creencia a un pueblo. Es muy fácil. Basta con conseguir que los niños no se sientan identificados con nada, para llevarlos y traerlos por el camino que se les trace. Se defiende lo que se ama, Se clava dentro del corazón lo que se ha respirado y ha quedado anclado dentro fuertemente. Se lucha por lo que se siente forma parte de la vida hasta el punto de que se está dispuesto a morir por ello. Y si, como se ha recordado, millones de personas a lo largo de la historia han muerto defendiendo la bandera de su país, qué decir de los millones que han entregado su vida blandiendo el símbolo de la cruz. Los símbolos podrán nacer como fruto de una convención, pero si lo que representan, como es el caso de los religiosos, no es de este mundo, y nos han enseñado a amarlo desde la infancia, difícilmente se puede arrebatar. Nada se erradica de la mente ni del corazón cuando se ha grabado a fuego.

Se proyecta “borrar” los símbolos religiosos de los colegios, de las cárceles y hospitales, en suma, de los lugares donde se forja parte de la conciencia de un ser humano y de aquellos en los que anida el drama. Saben bien lo que hacen. En la cruz vemos al Hijo de Dios, al Dios de la salvación. Ante él nos arrodillamos para orar, para dar gracias, para suplicar, para pedir que nos dé fuerzas, para vivir junto a Él en silencio… ¿Cómo privar a un niño de que crezca amando los símbolos de la fe, de que afronte luego su vida con esperanza?, ¿cómo se puede privar a un enfermo, a un moribundo, de ese postrer consuelo de ver una cruz cuando le falte el aliento?

Hay tantas cosas que se podrían decir que faltan palabras. Y, sin embargo hay una que no podemos olvidar: si verdaderamente amamos, no dejemos que nos lo arrebaten. Estamos a tiempo.