viernes, 15 de febrero de 2013

Por Isabel Orellana


BENEDICTO XVI. EL PESO DE LA CRUZ



El 11 de febrero de 2013, festividad de Nuestra Señora de Lourdes, forma parte ya de la historia de la Iglesia y del mundo, por ser la fecha elegida por un pontífice, tan amado como denostado según el prisma de que se trate, para presentar su renuncia. Una noticia impactante, inesperada, que ha dado la vuelta al mundo suscitando toda clase de emociones y comentarios. Para los católicos de pro un hecho conmovedor que sitúa a este papa en el frontispicio de la humildad y de la inocencia evangélicas. Si todavía existe alguien que dude de la grandeza de este hombre menudo, que tras sus rasgos de timidez esconde una fortaleza y temple admirables, hoy, el día después, debería comenzar a recapacitar y tomar en consideración el trasfondo que encierra una decisión de esta magnitud. Porque quien ha dado este paso no es una persona inconsciente, quejumbrosa y débil. Por el contrario, el que todavía es Vicario de Cristo en la tierra tiene tras de sí un bagaje espiritual, intelectual y humano que no puede traducirse con palabras, y del que ya ha dejado constancia fehaciente en su imponente trayectoria.

El tiempo, que todo lo pone en su sitio, juzgará con la objetividad que procede la gracia que comenzó a derramarse sobre la Iglesia el 19 de abril de 2005 cuando se convirtió en el 265 pontífice. Ese día el peso de la cruz comenzó a ser casi tangible para él. Simplemente el hecho de haber asumido nada menos que la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante décadas, misión que le ponía en el punto de mira de los críticos de turno por tratarse de un dicasterio que suscitaba abiertas reticencias, apuntaba en su contra. Estos censores de conductas ajenas, que con su acostumbrada miopía no supieron atisbar la hondura que le acompañaba, se limitaron a calificarle de forma tan sesgada como equívoca de conservador con acento peyorativo, hoy han modificado sin rubor su esta calificativo reemplazándolo por el de revolucionario. Lo señalaron como alguien alejado de la realidad y necesidades de su tiempo, y otras presuposiciones basadas en múltiples prejuicios. Todo ello, junto a la comparación con su predecesor el beato Juan Pablo II, fulgurante en su personalidad frente a la escasa notoriedad que se vislumbraba en él, parecía convertir su pontificado en una especie de losa. Incluso se apuntaba a su incapacidad para conducir la Iglesia por las vías que cada uno pensaba debía discurrir –pura osadía–, haciendo dudar de la eficacia de su labor pastoral antes incluso de que comenzara a ejercerla. Fueron errores de peso que enseguida quedaron descalificados.

Benedicto XVI, el brillante intelectual respaldado por un currículum de infarto, el sacerdote virtuoso y fiel a Cristo en todo momento, dio una gran lección al mundo con toda humildad y sencillez. Supo afrontar estas circunstancias adversas con ejemplar serenidad, delicadeza, sin conatos de rivalidad, envidias ni otros desmanes que ajenas intenciones y no buenas precisamente vertieron sobre él desde el primer instante. Ahí está su elegancia puesta de manifiesto en una cálida sonrisa con la que se asomó a su ventana, sonrisa que ha iluminado momentos de alta tensión y complejidad estos años, tras la cual difícilmente se hubiera podido vislumbrar la envergadura de la delicada misión que llevaba sobre sus hombros. Porque los gestos de este pontífice siempre han sido entrañables, cercanos, conciliadores, amables en cualquier situación, ponderados y dispuestos a acoger toda miseria con inmensa ternura. Si dudan de ello, busquen en las hemerotecas declaraciones e imágenes; examinen minuciosamente los pasos que ha dado. Los medios de comunicación acumulan millares de testimonios al respecto. Hoy día se cumple en gran medida el aserto evangelio cuando dice que todo lo oculto saldrá a la luz. El papa se ha extendido con tanta largueza y sencillez como naturalidad, todo lo cual en conjunto remite a la idea de una responsabilidad que hubiera podido parecer infinitamente más liviana de lo que realmente es y ha sido. Pero todo eso no le libera del peso de la cruz, compartida con Cristo, que ha cargado obedientemente sobre sus espaldas sosteniendo a la Iglesia.

En ese espacio recóndito, inviolable, en el que únicamente penetra Dios cuando la criatura se dirige a Él, el papa en su soledad, sin tener donde reclinar su cabeza, hincado de rodillas ante el sagrario, habrá meditado largamente y no sin dolor en esta ponderada resolución que debía tomar. Simplemente esta escena conmueve poderosamente aunque solo fuera por tratarse de alguien que por edad y vencimiento progresivo de las facultades  -ley de vida-, pero en toda su conciencia, conoce mejor que nadie la trascendencia de la misma. Si a eso se le añade su amor a la Iglesia que lleva clavada en lo más hondo de su ser no cabe duda de que el aguijón del sufrimiento que comporta pensar en los demás por encima de uno mismo ha debido tener cotas inmensas. Eso da idea también de la fragilidad que advierte en su persona y de la humildad con la que la ha afrontado aún sabiendo que es espectáculo para el mundo. Es un gesto humano, como también se ha destacado, de innegable valentía que merece todo respeto.

La historia extraerá las notas de una sinfonía de entrega ejecutada con indiscutible maestría por este esteta, sensible a la música y al arte, extraordinario maestro de la moral, este hombre de Dios que ha llevado a la Iglesia sosteniéndola firmemente por intrincados vericuetos sembrados de ocultas flaquezas humanas. Le ha tocado lidiar con dramáticas herencias que han tenido en los débiles uno de sus flancos y no le ha temblado el pulso para denunciarlas y ponerlas en mano de la justicia. Ha sido un clarividente teólogo que ha denunciado los errores y endebles puntos de vista de ciertas ideologías, un mártir de la ingratitud traicionado en su propio entorno, papa del perdón, un pontífice que ha tomado el testigo de su predecesor velando por la fe de los jóvenes que esperaban gozar de su presencia en Río de Janeiro y a través de las redes sociales inmediatamente le han respaldado y mostrado su cariño, un fecundo escritor que ha sabido acercar a las gentes sencillas los misterios de la fe. Preocupado por el devenir de la Iglesia y del mundo no ha dejado de nutrirnos con su oración y reflexión. Gran estratega del discurso genuino, riguroso, ha abordado cuestiones que muchos en su cortedad de miras no supieron entender como ha sucedido con intervenciones que hicieron correr ríos de tinta y fueron mal interpretadas hasta la saciedad. No soy yo quien va a volver ahora sobre ellas; son bien conocidas. Deja una sensacional herencia al pensamiento con textos magistrales, encíclicas, sermones, catequesis, numerosos estudios y ensayos diversos que nutren a los estudiosos de multitud de paraninfos académicos. De todo ello se habla ya y seguirá haciéndose al menos hasta que culmine el plazo que se ha impuesto, con infinidad de noticias y balances de lo que han dado de sí estos años al frente de la Iglesia. Pero siempre, no se olvide, habría que señalar al peso de la cruz a la que vive abrazado, hilvanada de renuncias y de sacrificios, de noches interminables de oración, jornadas cuajadas de sufrimientos personales y ajenos, éstos aún más dolorosos, y una suma de preocupaciones que se amontonan imprevisiblemente en su agenda cotidiana más las que un papa que está alumbrado por el Espíritu Santo conoce. Ha dado a la Iglesia este Año de la Fe como antes había dedicado otros a los sacerdotes, por ejemplo, y ha sido adalid de la nueva evangelización. Benedicto XVI nos ha amado y sigue haciéndolo. Simplemente por todo ello merece nuestra piedad y gratitud. No interpretemos como casualidad que haya elegido ese momento en el que se trataba de la canonización de nuevos miembros de la Iglesia para anunciar su renuncia porque este pontífice no ha dado ningún paso al azar. Queda abierto para la reflexión. También ha dejado para su sucesor fecundas vías abiertas en todos los frentes.

Hoy adquiere nuevo realce la modesta presentación que hizo de sí mismo cuando fue elegido pontífice:

“Queridos hermanos y hermanas: después del gran papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!”.

Comparándolas con las palabras que ha pronunciado para anunciar su renuncia se vuelve a constatar su humildad y pureza de corazón: “… he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado […]. Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos…”.

Escuchándole hablar así, no cabe hacer más comentarios. Aunque los analistas y la tromba de comentaristas salgan al paso haciendo sus particulares consideraciones en un compendio interminable de reacciones diversas, repito, la clave de su acontecer está en su ilimitado abrazo a la cruz, esa tras la que sigue pertrechado alumbrando al mundo. Es la señal, el signo indeleble de un hijo de Dios, del cristiano, del seguidor de Cristo.

Gracias, amado pontífice. Gracias, de todo corazón, por tanta dedicación y generosidad derrochadas sin nosotros saberlo, sin exigir nada a cambio, por tantos desvelos, por sostenernos con tu oración; gracias por habernos entregado lo mejor de ti, por haberte desgastado por Cristo y su Iglesia, y por seguir llevando sobre tus hombros el peso de la cruz… Te echaremos mucho de menos. Estamos siempre contigo.

viernes, 1 de febrero de 2013

Por Isabel Orellana



EL DIFÍCIL CONSUELO



Hace años en mi libro Pedagogía del dolor incluí el siguiente fragmento de la extraordinaria obra de Dostoiewski Los hermanos Karamazov, reflejando la indecible angustia de una madre marcada por la tragedia: cuatro hijos fallecidos. Ante la muerte del último, que era el benjamín, el starets Zósimo, que advertía su inmenso pesar, le narró esta tierna historia, que hoy reproduzco de nuevo:
«… un gran santo vio en el templo a una madre que lloraba como tú y también a causa de que el Señor había llamado igualmente cerca de sí a su único hijo. ‘¿No sabes –le dijo el santo-, lo osados que son esos niños ante el trono de Dios? Nadie hay más atrevido en el reino de los cielos: ‘Señor –le dicen– nos has dado la vida, pero apenas hemos visto la luz del día y ya nos las quitas’. Piden y reclaman con tanta insistencia, que el Señor los hace ángeles. Por eso –dijo el santo–, alégrate, mujer, no llores: tu hijo está ahora con el Señor en el coro de los ángeles».

Este pasaje vino a mi mente el pasado día 5 de enero al conocer la funesta noticia que acompañaba a la cabalgata de los Reyes Magos en Málaga: un niño arrastrado por el júbilo del momento, no reparó en el peligro y quedó prácticamente yerto en el asfalto sembrando el dolor a su alrededor mientras volaba al cielo.

La pérdida de un ser humano siempre es dolorosa. Cuando la muerte se lleva consigo a alguien de tan corta edad, suscita inevitable conmoción. El primer reto que se presenta es cómo saber consolar a unos padres, a una familia rota por la tragedia por causa de un revés del que nunca podrá reponerse porque cada uno es irrepetible, y la huella que deja tras de sí en el corazón de sus seres queridos cuando abandona este mundo es imborrable. Pero hay que seguir. Y en esa voluntad de hacer frente al día a día, aunque a muchos le cueste admitirlo, se esconde algo más fuerte que uno mismo. La fortaleza que el ser humano exhibe ante el dolor es signo de una grandeza que difícilmente pudo labrarse él mismo. ¿Quién puede darla sino Dios? Esta convicción que claramente sustenta la fe es un baluarte para sostener a una persona que sufre. Desde esta columna lo he dicho ya en otras ocasiones, aunque con distintas palabras, no cabe pensar en un Dios Padre, infinitamente misericordioso, como el artífice de nuestros males. Un compendio de circunstancias imprevisibles se aliaron esa tarde para que esta criatura en la que sus padres tenían depositados sus sueños partiera tan prontamente de este mundo.

Cuando tenemos cerca de alguien que sufre reparamos fácilmente en nuestra indigencia. Constatamos que no nos podemos poner en su lugar, y que no está en nuestra mano erradicar su dolor, lo que quiere decir que no estamos en posesión de la fórmula exacta para proporcionarle consuelo. Ese bálsamo que el starets Zósimo ofreció a la desconsolada madre podría suavizar con su enternecedora historia, que seguro no está lejos de la gloria que obtienen los pequeños que la alcanzan tempranamente, podría tal vez poner esa nota de serena esperanza en el roto corazón de sus padres. Descanse en paz este niño malagueño, hoy corona del Padre, que rompió con su inesperado vuelo las sonrisas de una tarde que inundaba el entorno del bellísimo Paseo del Parque y un sentido abrazo para sus familiares.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Por Isabel Orellana

DULCE TENTACIÓN, DIVINO TESORO



Si alguno de los lectores tiene curiosidad por conocer el impacto que tiene la lectura de vidas santas en el mundo, asómese al inmenso ventanal de la red. No tiene más que escribir en la barra de su buscador el nombre de cualquier santo o beato que le venga a la mente y enseguida obtendrá la respuesta. Seguro que le impresiona el resultado, porque verá que son cientos de miles de páginas dedicadas a ellos. En conjunto, la búsqueda de vidas de santos arroja cifras impresionantes: decenas de millones de entradas en Internet. Son biografías que no están circulando como hojas que se lleva el viento, sino que son consultadas, tomadas como elemento para la reflexión, utilizadas en acciones educativas y apostólicas, y reproducidas hasta la saciedad en todos los continentes a través de las redes sociales y por cualquier otro medio, no sólo por creyentes sino también por los que se declaran incrédulos, al punto de que es imposible cuantificar el número de sus lectores. Hay que decir, además, que en la actualidad hay un revival de la vida santa, aunque muchos no se hayan enterado. Por algo será.

De modo que en este nuevo Adviento que nos trae aromas de eternidad, los motivos para la esperanza que siempre acompañan a los creyentes en estas fechas se nutren también de esta realidad bibliográfica que regresa con fuerza –si es que alguna vez se marchó– para volver a tocar el corazón de quienes se dejen seducir por esta dulce tentación. Y no es difícil quedarse atrapado por las grandes gestas de tantos hombres y mujeres de bien que han alcanzado las más altas cimas del amor. Es algo que no sólo resulta seductor, sino que a muchos les ha transformado la vida. Tal es el caso de san Ignacio de Loyola. Un gran número de estos insignes seguidores de Cristo nutrieron sus días de juventud con estas lecturas que les acompañaron en su discernimiento. Santos como Teresa de Jesús, Benita Cambiagio Frassinello, Marcelino Champagnat, Luís Gonzaga, Verónica Giuliani, Alfonso María de Ligorio, Serafín de Montegranario, Rosa de Lima, Antonio María Claret, Juan María Vianney, y Pablo de la Cruz, entre otros muchos, se deleitaron con el devenir de quienes les precedieron en la gloria y los tomaron como modelos para su acontecer.

San Felipe Neri aconsejaba siempre esta clase de lectura porque los santos y beatos, como es bien sabido, constituyen un ejemplo genuino de superación en su día a día, marcado por la heroicidad de la entrega y la sencillez de vida. Son el signo elocuente de la grandeza del ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. Ponen de manifiesto la viabilidad de un itinerario de indiscutible fecundidad para la propia vida, que se irradia al resto de la sociedad y del mundo. Son motores del progreso de la historia; influyeron en el devenir de su tiempo, modificaron estructuras, costumbres y modos de pensar, consolaron y lucharon por los oprimidos sin desalentarse y en medio de incontables dificultades y contratiempos portando en sus gestos de caridad el amor de Cristo que sembraron por todos los rincones del mundo; sin duda, han dejado una estela imborrable y de ello hay muestras fehacientes. Algunos han sido contemporáneos nuestros, como Teresa de Calcuta, por tanto, no hay que esforzarse por recordar el inmenso bien que ha prodigado y el impacto de su acción que ha sido reconocida también en altas esferas. Al menos en estas navidades, hagámonos este bien y compartámoslo con los demás. San Antonio María Claret decía: «El bien que se puede recabar de la lectura de un buen libro no se puede calcular, y siendo ésta la mejor limosna que puede hacerse, ciertamente recibirá de Dios un premio centuplicado en la vida eterna». Queda dicho.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Por Isabel Orellana

DESAHUCIOS: EL DRAMA HUMANO

Nada hay más cierto que cuando el drama humano asesta un duro golpe a
cualquier persona, bien en carne propia o a sus más allegados, se cercena de golpe
la insensibilidad y la tentación de mirar hacia otro lado. El temor y la sensación de
indigencia cuando nos tocan de lleno la dificultades y sufrimientos, hace temblar
los cimientos de la seguridad en la que cada uno haya podido vivir y la sensación de
vulnerabilidad siega de golpe todas las expectativas. Muchas familias en España sufren
el calvario de la incertidumbre. Ellas como tantos otros ciudadanos y ciudadanas se
embarcaron en un proyecto pensando que un día el sueño de contar con un techo propio
sería una espléndida realidad, aunque ello les costara algunos o muchos sacrificios.
Quien más quien menos pensaba en el futuro de sus hijos además de en el suyo propio.
Es legítimo luchar para procurarse el mayor bienestar posible.
Muchos no contaron con una crisis que ha ido llevándose por delante hasta lo
elemental para vivir, y lo que es más grave, y alcanza tintes supremos, ha segado vidas
arrastradas por la desesperación, el sentimiento más trágico que puede albergar el
corazón humano. Todos tenemos que hacer un ejercicio de reflexión acerca de lo que
está pasando, del techo al que nos pueden llevar ciertas aspiraciones a las que no resulta
fácil llegar sin pensar que nos estamos asfixiando en ellas. Digo esto pensando en
quienes se dejaron tentar por una cierta opulencia y adquirieron bienes que no podrían
pagar, que decidieron tener por pares vivienda, coches y demás; otros, simplemente
desearon que sus vidas discurrieran por veredas más halagüeñas de las que heredaron de
sus antepasados.
Se impone la reflexión en una sociedad que por un lado alienta y hace suyo
el consumismo y que, por otro, se sorprende y conmueve, protesta y se engríe ante
hechos como los que, por desgracia, están sucediendo. Los gobernantes y los que tanto
tienen que decir en este punto no deberían haber tardado tanto en tomar decisiones.
Los protagonistas de este calvario cotidiano nutren las agencias de noticias con sus
particulares tragedias que son protagonizadas por rostros concretos, con nombres y
apellidos. Dejan tras de sí estelas de dolor en sus allegados y la cicatriz en el resto de
los ciudadanos que sensibles ante el drama de los que sufren alientan con su espíritu
solidario la fe en el futuro, la fe siempre, pese a todo. La Iglesia, yendo más allá, desde
el primer momento se ha posicionado no sólo con su voz rotunda en defensa de los
débiles, sino preocupándose de paliar sus carencias, dándoles como dice el Evangelio,
hasta de lo que tiene aunque muchos pongan en solfa este aserto. Los que tienen en
sus manos la responsabilidad de solventar tanta falta de humanidad elemental deberían
tomar buena nota de ello, condenar la usura y el afán de enriquecimiento, entre otros.

jueves, 25 de octubre de 2012

Por Isabel Orellana

SANTOS, PESE A TODO Y A TODOS



En la festividad de Todos los Santos recordamos a quienes abrieron sus brazos de par en par a Cristo creyendo que eran llamados por Él e invitados a seguirle con sus debilidades, vacilaciones, miedos y dudas. Recordamos que todos estamos llamados a la santidad y que para recorrer este camino recibimos la gracia que nos basta. Ese elenco de hombres y mujeres, niños y ancianos que hicieron de su peregrinaje por este mundo una hermosísima epopeya de amor, salen a nuestro encuentro con sus vicisitudes particulares para mostrarnos que hoy, como siempre, la santidad es posible. En el pasado las hagiografías tendían a magnificar la vida de un dilecto hijo de Dios reflejando hechos a veces casi novelescos como por ejemplo resaltar el inesperado tañido de campanas que acompañaron el momento excepcional de un nacimiento, o la negativa a ingerir la leche materna todos los viernes en signo de penitencia, entre otras apreciaciones que no tienen fundamento. Con ello quería ensalzarse la santidad por vías equívocas ya que los signos extraordinarios no son requisito imprescindible para rubricar la santidad de nadie. Son gracias, bendiciones que Dios otorga libremente y que no todos reciben. Por fortuna esa tendencia literaria en la actualidad es inexistente. El rigor y la crítica se imponen a la hora de examinar la trayectoria biográfica de los que han entregado su vida a Dios. Y la realidad de la misma permite ver la santidad como algo factible y cercano por haber superado a fuerza de caridad, humildad y obediencia sus deficiencias, por haber hecho de la fe su baluarte, por haberse abrazado con gozo a la cruz. Se fortalecieron día a día en sus personales combates; eso es lo conmovedor, lo que edifica. Son una suma de gracia y de voluntad, algo accesible para cualquiera.



Muchos quedaron sorprendidos de una elección divina en la que jamás pensaron, viviendo ese hecho como un misterio, como un don que se derramaba sobre ellos a pesar de las debilidades que apreciaban en su acontecer. Otros se negaron a contemplar de antemano una opción de vida que conlleva una altísima dosis de generosidad como Andrés Fournet que se aventuró a decir que nunca sería ni religioso ni sacerdote, lo contrario de lo que fue su vida. En el camino todos sufrieron el duro envite de sus tendencias y tuvieron que hacer acopio de paciencia perseverando en la lucha ascética que iba a convertirlos en doctores de la vivencia de esa virtud opuesta al defecto que les dominaba. Francisco de Sales y Vicente de Paúl doblegaron su fuerte carácter. El primero, conocido como el “santo de la dulzura” fue ejemplo para el segundo que no dudó de que podría cambiar, si aquél lo había logrado. Alfonso María de Ligorio no se quedaba atrás en su enérgico temperamento y otros, en apariencia pusilánimes, eran portadores de admirable virtud, silenciosa, escondida, como la de Teresa de Lisieux o la de María Fortunata Viti a costa siempre de una ofrenda de sí mismos y de estar volcados en las necesidades de los demás. En no pocas ocasiones los santos y santas, beatos y beatas determinaron seguir el sendero de la santidad frente a la oposición familiar como Estanislao de Kostka, Kateri Tekakwitha y Juan Berchmans. También lo hicieron a pesar de las apreciaciones negativas ajenas que se cernieron sobre ellos juzgándolos poco menos que casos imposibles para la vida que iba a llevarlos a la santidad como José de Cupertino, Gerardo María Mayela, Juan María Vianney, Germana Cousin, Hermann Reichenieu, Pedro Donders y Josefa María de Santa Inés. Ellos, entre otros, tenían rasgos que el juicio humano, ramplón, equívoco, sesgado, consideró lejanos a los parámetros que debería poseer el santo. A la conciencia de sus imperfecciones que todos tuvieron, se añadían angustia, soledad e incomprensión de quienes les rodeaban dentro y fuera del convento, si era el caso, y tuvieron que lidiar con falsas acusaciones, pruebas y tentaciones de diverso calado suscitadas a veces por personas de su entorno. Hubo muchos a quienes no faltó la insidia del diablo. Pero lo que verdaderamente edifica es que en medio de los contratiempos y vicisitudes, de la gravedad de las circunstancias, no volvieron la vista atrás. Su personalidad quedó enriquecida al transfigurarse en Cristo para mostrar al mundo la fuerza que Él había impreso en sus características peculiares. Con gozo, felicidad y el sentido del humor, como el de Felipe Neri o Pier Giorgio Frassati, la intrepidez y el ardor apostólico sellando su espíritu, multiplicaron con creces los talentos que Dios les otorgó. Y ahí están clamando a los cuatro vientos cómo se materializa la promesa de Cristo, que ha venido para sanar a los pecadores, de dar a quien le siga el ciento por uno aquí en la tierra y luego la vida eterna.



miércoles, 24 de octubre de 2012

Por Isabel Orellana


LA FE, COMO EL AIRE QUE SE RESPIRA

 
No podemos vivir sin fe. Esta es una premisa y conclusión a la que cualquiera puede llegar fácilmente. Desde que comienza la jornada hasta que termina muchos de nuestros gestos compartidos con los demás están envueltos en la fe que hemos asumido como algo natural. Creemos muchas cosas sin haberlas visto, sin tener constancia fehaciente de que fueron exactamente del modo en el que otro las narra, sencillamente porque confiamos en su palabra. No vivimos desalentados ni temerosos de que puedan hacernos algún mal, no exigimos de antemano pruebas de nada, porque hasta de manera inconsciente nos fiamos de nuestros congéneres. La convivencia está fraguada en esta fe básica, fe natural, que impregna la cotidianeidad de todos y no requiere ningún esfuerzo suplementario. Pero este Año de la Fe que para los católicos se ha iniciado el pasado 11 de octubre impulsado por el papa Benedicto XVI alude a la virtud teologal, don divino y, por tanto, gratuito, que Él nos concede sin presionar lo más mínimo nuestra libertad. Ciertamente de nosotros depende la respuesta que queramos dar a esa gracia que penetra fácilmente en los sencillos y limpios de corazón porque no tienen dobleces, no viven esclavizados por la razón ni exigen contrapartida alguna a ese acto de fe que va cambiando paulatinamente sus vidas.

 
Esta fe, sin aditivos ni maquillaje alguno, desnuda de intereses y generosa, que se manifiesta en la pura dádiva de uno mismo, comienza a desentrañarse con la disposición a seguir la invitación de ese Dios que nos ha salido al encuentro, que nos ha elegido personalmente tocando nuestro corazón. Con este presupuesto, solamente hace falta apertura y disponibilidad y Él irá marcando la ruta que hemos de seguir. La fe se manifestará en todo su vigor creciendo exponencialmente, contribuyendo a que vivamos con las más altas expectativas, aún en medio de los contratiempos, de las dificultades, de la oscuridad, del dolor y del desamparo, etc., porque desasidos de todo, con la conciencia de indigencia, solamente hemos de esperar el cumplimiento de la voluntad de Dios en nosotros. Cuando hay disposición y apertura, hasta los que reconocen no poseer este don, se ponen a tiro de piedra, por así decir, haciéndose acreedores del mismo. Eso le sucedió, por ejemplo, a Edith Stein. Porque la fe en términos paulinos, es la garantía de las cosas que se esperan y ella la buscó denodadamente. La filosofía no le dio la respuesta, pero fue allanándole el camino, aunque el instante de ese encuentro personal con Dios, el fogonazo de luz que modificó para siempre su vida, fue la lectura de la vida de la gran santa castellana Teresa de Jesús. Otro doctor de la Iglesia, san Agustín, en el que Benedicto XVI se ha basado para proclamar este Año de la Fe, siguió un itinerario parecido. El estado de búsqueda no es un requisito imprescindible, desde luego, ya que muchos recibieron el don de la fe sin habérselo propuesto, pero por la forma inequívoca de su respuesta positiva ya ponían de relieve su estado de apertura y ausencia de prejuicios. La fe de la que hablamos nos insta al compromiso, se vivifica a través de las obras, ejemplos prácticos de nuestra forma de vivir el amor de Dios. De lo contrario, como dice el Evangelio, estaría muerta. El desarme de tantos argumentos que no llenan nuestros vacíos ni pueden dar respuesta a hondos interrogantes es un clamor que tiende puentes hacia la fe necesaria como el aire que respiramos. Benedicto XVI ha querido “dar un renovado impulso a la misión de toda la Iglesia, para conducir a los hombres lejos del desierto en el cual muy a menudo se encuentran en sus vidas a la amistad con Cristo que nos da su vida plenamente”. El pontífice nos ha recordado que la “puerta de la fe” está abierta. (Cf. Hch 14, 27).