"PARA NACER ES NECESARIO MORIR"
Con este lema hemos comenzado el segundo dia de campamento aquí en el Santuario de las Flores, Álora, los chicos de catequesis de infancia y juventud de la parroquia de San Juan y San Andrés de Coín.
Desde esta mañana nos hemos puesto en manos del Señor;
Entre Tus manos está mi vida, Señor.
Entre Tus manos pongo mi existir.
Hay que morir, para vivir.
Entre Tus manos yo confío mi ser Si el grano de trigo no muere, si no muere solo quedará, pero si muere en abundancia dará un fruto eterno que no morirá.
FOTOS DEL MARTES
martes, 10 de julio de 2012
lunes, 9 de julio de 2012
CAMPAMENTO DE ALORA, LUNES
Hoy lunes hemos comenzado el campamento de jóvenes de nuestra parroquia de San Juan y San Andrés, nuestros chicos ya disfrutan de numerosas actividades, aunando el tiempo de ocio con el de oración para que no olviden que tal y como reza nuestro lema de este año, nuestra familia es la Iglesia.
jueves, 5 de julio de 2012
Por Isabel Orellana
EQUIPAJE IMPRESCINDIBLE
Cuando llega el verano, todos queremos que sea diferente,
inolvidable, cumplir los propósitos que hemos fraguado, aprovechar el tiempo
para dedicarlo a esos quehaceres o acciones que no hemos podido llevar a cabo, etc.
En medio de todo ello, el ajetreo del equipaje, ¿qué es lo imprescindible?,
¿qué podemos o debemos dejar?, etc.
Pero en este vaivén, cuántas veces se olvida que Dios, que no se
va de vacaciones, está ahí presente, a nuestro lado (aunque parezca ocultarse a
los ojos de los incrédulos), esperando que le dediquemos alguna mirada,
simplemente por amor. Lo que quiero decir es que quizá lo esencial en el
equipaje se queda fuera, justamente lo que nunca debería faltar, eso que para
todos es gratis ya que hemos sido creados con la potestad de extraer lo mejor
de nosotros mismos, lo máximo. De modo que a manera de sugerencia, ahí van
sencillas propuestas para que este verano, que se va acercando a su ecuador,
sea simplemente maravilloso, porque la felicidad no está en el tener sino en el
dar.
-
Agradecimiento. Ser agradecidos por el don de la vida, por la
familia, por
todo lo que tenemos a nuestro alcance, incluidas las vacaciones, si es el caso.
Pero si no hemos podido emprender ningún viaje, ni dejar un espacio para el
merecido descanso, agradezcamos igualmente a Dios la posibilidad de entregar lo
que tanto nos agrada y a lo que humanamente tenemos derecho. Pensemos que hay
personas que pudiendo disfrutar de vacaciones, deciden ponerlas al servicio de
otros en acciones solidarias, voluntariado, etc. Ahí están las misiones
pastorales que llevan a cabo los párrocos de zonas turísticas sin concederse un
instante de respiro, todo con el fin de asistir, alentar y animar a todos los
que se acercan a sus parroquias. Ser agradecidos
por la salud. Y aunque ésta no sea boyante, podemos ser testigos para otros
por nuestra alegría, por la fortaleza y la conformidad con la situación que nos
haya tocado vivir. Las secuelas de lesiones, ciertas enfermedades y
circunstancias de limitación cuando se asumen con gallardía y los gestos de
fortaleza de quienes las padecen son visibles en lugares públicos (playa o
piscina, por ejemplo) pueden tocar hasta el corazón más insensible. Y si
alguien es dado a quejarse sin mucha razón, seguro que no olvidará el ejemplo
que ha tenido delante.
-
Atención. En cualquier lugar hay
alguien que nos necesita más que el móvil. Puede que se trate de una persona
con quien nunca más volveremos a cruzarnos, que tal vez porta en su mirada la
herida de la soledad y el miedo. Si fijamos nuestros ojos en el móvil,
perderemos la oportunidad de conocerla, de ayudarla, de enriquecernos con su
presencia. En la era de la comunicación por antonomasia, no vivamos aislados,
no nos separemos de los demás. Demos importancia a lo que verdaderamente la
tiene.
-
Espíritu conciliador. Siempre es
tiempo de caridad. Y ésta es próxima. De modo que hay que huir de las
discusiones que franquean la entrada al resentimiento. No existe la verdad
absoluta. El otro puede tener su parte de razón. Reflexionemos antes de
responder con inconvenientes bien sea a nuestros allegados o a otros más
lejanos. No dar paso a las críticas mordaces. Y un consejo importante:
Olvidarse de programas y lecturas que animan al cotilleo, y que hacen de nosotros
personas intransigentes, intolerantes, chismosas. Seamos compasivos.
-
Generosidad. Ayudemos a todo el que
esté a nuestro alrededor combatiendo el egoísmo y la pereza. ¿Hemos agradecido
el esfuerzo de las personas que han hecho posible nuestro descanso, que
disfrutemos con una sabrosa comida…?, ¿tomamos la delantera para sorprender a
quienes nos sorprenden con su generosidad todos los días? Si no es así, ¿a qué
esperar?
Y no hay que olvidarse del Evangelio, ni de dedicar al menos unos
minutos de oración al día. El silencio como virtud es absolutamente saludable.
Hablemos con Dios que Él siempre nos escucha. Termino con un proverbio de
Fernando Rielo: “Quien más ama el bien sabe que es poco lo que puede hacer”.
Descansen y sean felices.
miércoles, 6 de junio de 2012
Por Isabel Orellana
Festejos: entre lo profano y lo sacro. La débil
frontera
España, quizá uno de los países festivos por antonomasia del
mundo, tiene sobre la base de sus celebraciones la conmemoración de un hecho de
índole religiosa: de carácter mariano en la mayoría de sus poblaciones, o en
honor de ancestrales devociones a santos y santas que antaño marcaron el
acontecer de las gentes, además de la Semana Santa. Romerías, procesiones y
ofrendas diversas perfuman la primavera de este privilegiado país.
Pero en estos tiempos que corren, la brecha que se fue abriendo
entre estas hermosas costumbres de tinte claramente eclesial —y también
cultural—, que no deben perderse, y el acento de quienes reclaman su uso para
solaz recreo, sin mayores pretensiones, es cada vez mayor. Es innegable que la
conmemoración de una efemérides es una perfecta excusa para potenciar otros
intereses, legítimos, nadie lo pone en duda, como por ejemplo el turismo, muy
conveniente para las arcas de la economía, pero también, y esto es lo que
produce tristeza y preocupación, alejados cada vez más de la verdadera
naturaleza de la fiesta. Expresiones de autoridades locales de ciudades con
honda raigambre en la celebración de algunas de estas fechas significativas del
calendario confirman un hecho que se puede constatar fácilmente. Un mandatario
en reciente entrevista a una emisora de radio, expresaba: «al margen del hecho religioso…», y
continuaba su exposición subrayando la importancia de la inversión económica
realizada en el aspecto lúdico para la ciudad a la que representa. Este
paréntesis verbal, que en muchos casos es una especie de «latiguillo», de un
comodín, pone de relieve en qué lugar queda lo que ha originado la fiesta, los
pilares sobre los que ésta descansa. Distinto es cuando el festejo tiene su
origen en una decisión de carácter político. Esto es, la declaración de una
fecha para ensalzar a un pueblo determinado con su cultura y trasfondo
histórico, que de esas hay muchas en España, o algo similar sin relación alguna
con lo religioso.
Y es que entre lo profano y lo sacro siempre ha existido una débil
frontera, aunque el relativismo actual la endurece. Al hablar de ellos no aludo
aquí a conceptos filosóficos, sino a la expresión de un hondo sentimiento que
en lo que concierne a lo sagrado compartimos incontables personas que hemos
recibido el don de la fe y para quienes la atribución de lo sacro tiene un
referente inequívoco en ese Dios en el que creemos y por tanto está impregnado
de espíritu religioso. En este sentido lo profano sería sencillamente lo que
quede desprovisto de este contenido. No estoy diciendo que de las fiestas
populares de raigambre religiosa haya que mantener la celebración cultual
exclusivamente, y desterrar lo demás. Ni tendría sentido y además sería como
predicar en un desierto, aparte de que hay valores innegables en el trasfondo
de las fiestas simplemente de carácter social. Son integradoras, se convierten
en vías de convivencia ya que aglutinan a familiares, acercan entre sí a los
pueblos desde el respeto y la admiración, engrandecen la historia que han
heredado… Eso por mencionar simplemente unos pocos aspectos. Todo eso es
compatible con el espíritu religioso y los creyentes no debemos olvidarlo
cuando participamos de esta clase de eventos siendo testigos del patrimonio
espiritual que hemos recibido. La diversión y la devoción, aquella dentro de
unos cánones de sentido común, no son contradictorias. No se trata de demonizar
nada en concreto más que la actitud irresponsable humana que atenta contra los
principios religiosos en los que creemos, lo que significa que hemos de ser
activos en la defensa de la fe. Es un signo elemental de amor.
Mañana conmemora la Iglesia uno de esos días, que según el refrán,
lucen más que el sol: el Corpus Christi, junto con el Jueves Santo y el Día de
la Ascensión. Muchas localidades españolas engalanarán su asfalto con
bellísimas creaciones compuestas por pétalos de flores para acoger al Señor que
en distintos puntos será procesionado bajo palio. Es un momento para que los
padres, a los que el Papa Benedicto XVI acaba de dirigirse nuevamente de Milán
en el VII Encuentro Mundial de la Familia recordándoles que «evangelicen con la
fuerza del amor divino», no desmayen en sus responsabilidades y sigan siendo
fieles transmisores de la fe. Que enseñen a sus hijos desde pequeños el
significado de estas procesiones y cultos que tienen lugar dentro de la
Iglesia, infundiéndoles la devoción y el respeto en sus corazones, algo que
siempre será para ellos inolvidable.
sábado, 5 de mayo de 2012
Por Isabel Orellana
¿«POBRE» DIOS?
La tendencia a culpabilizar a Dios de lo que nos sucede está
profundamente arraigada en muchas personas, y tiene carácter universal. Se
aprecia en cualquier cultura y no está relacionada con la formación, la edad, la
situación económica, etc. Aunque sea de forma instintiva numerosos seres
humanos, ante cualquier tragedia miran al cielo para juzgar la actitud divina.
Viene esto a colación a raíz de un extraordinario reportaje exhibido en la
cadena pública española en el que se ponía de manifiesto la admirable labor
solidaria de una mujer africana, iletrada pero con un sentido común y una
bravura más que encomiables. En las colinas de Ngong, en Kenia, un suburbio de
Nairobi se puede contemplar el fruto de su acción caritativa: centenares de
niños abandonados la han tomado como su madre, porque ella les ha rescatado de
la basura, de la ignominia del abandono, la falta de ternura y cariño, la
soledad y la amenaza de muerte. Uno de los pequeños apresado por unos babuinos,
colectivo animal que mostraban tener más entrañas que los propios padres del
niño, fue arrebatado de esta comunidad por esta mujer con gran astucia y
valentía. Y una vez puesta en antecedentes a la policía e identificados los
responsables del muchacho, recibió una llamada porque no querían tenerlo en su
hogar y le rogaban que ella lo recogiera bajo su amparo. Naturalmente, no lo
dudó. Son historias impresionantes, que tienen rostros concretos. Por ese
orfanato de Diminah Khasiala han pasado más de trescientos niños. Ella ha
conseguido darles un hogar, un techo, alimento, vestido y hasta educación,
siendo madre de cuatro hijos, y una experta vivencial de la pobreza ya que
inició su magnánima labor sin tener recurso alguno. Créanme, y quien haya visto
ese documental estará de acuerdo conmigo, que el coraje de esta brava
mujer, denominada Mamá Tunza («La madre
que cuida»), le deja a uno sin palabras, sin aliento, conmovido por la grandeza
que alberga el corazón humano cuando mira a su prójimo con los ojos llenos de
amor, que de él brota la generosidad que ella dona a raudales.
Sin embargo, en medio del relato que iba desgranando ante el
periodista explicando la historia de los muchachos que conoce como la palma de
sus manos, de pasada comentó que Dios no había hecho las cosas bien con esos
niños. No mencionó a los padres, al gobierno, a los muchos responsables de esta
tremenda injusticia. Y esto sólo pone de manifiesto lo que ya he afirmado en
numerosas ocasiones –esta no es la primera– la costumbre de señalar a Dios
haciéndole responsable de hechos ignominiosos, sin reparar en que somos
nosotros, los hombres y mujeres de todos los tiempos los que tendremos que dar
cuenta del escaso o nulo bien que hayamos podido hacer, así como del amor y
generosidad que hayamos sembrado en nuestra vida. Somos responsables de una
gran mayoría de las tragedias y desgracias que acontecen. Cuando Cristo, que
vivió entre nosotros con el único afán de cumplir la voluntad del Padre,
llevaba la cruz camino del calvario, cargando con todas nuestras desdichas, un
grupo de mujeres le salió al encuentro con sus rostros llenos de lágrimas, y Él
les instó a llorar más bien por ellas y por sus hijos. De modo que el título
que encabeza este escrito, a manera de pregunta: ¿«Pobre» Dios?, así entrecomillado,
revierte directamente en nuestra vida. En efecto, «pobres» de nosotros por
ignorar o pasar por alto que Él es, y todo en grado infinito: misericordia,
compasión, piedad, consuelo, ternura, etc.; en suma, amor por todos y cada uno
de sus hijos e hijas. «Pobres» si no nos gozamos ya, aquí en la tierra, de este
Padre Creador que nos concibió inmensos desde toda la eternidad, nos acompaña,
nos cuida, nos tiende sus manos y aguarda pacientemente hasta que un día,
desbordado de amor, nos reclame de este peregrinar y nos lleve a su lado.
domingo, 29 de abril de 2012
Por Isabel Orellana
Esperanza: una baza segura
Si difícil es encarar el día a día cuando las circunstancias no
son adversas, en tiempos de crisis, como el que asola a nuestro país y gran
parte de este mundo globalizado, surge la necesidad de huir de esa cierta
asfixia que provocan noticias poco halagüeñas y hallar un reposo para la mente
y el espíritu. Y agazapado en los estantes en medio de muchos libros en desuso
que van acumulando el polvo y que tal vez se adquirieron sin excesivo ánimo de
asomarse a sus páginas, en no pocos hogares todavía se halla un ejemplar del
Evangelio, bien la Biblia o simplemente un Nuevo Testamento. Ahí está la Vida
para nuestra vida, las respuestas a los interrogantes cotidianos, el bálsamo
para nuestras heridas, el consuelo para tantas fatigas y la luz que penetra
directamente en la oscuridad. Es el testimonio de la esperanza, con mayúsculas,
que conforma con la fe y la caridad la tríada de virtudes teologales que da
sentido a nuestra existencia.
Una práctica sencilla, accesible para todos, no sólo en la Pascua
que celebramos sino a lo largo de todo el año, es leer un capítulo diario del
Evangelio. Incluso abierto al azar, habla directamente al corazón, disipa las
dudas, temores y vacilaciones del momento. «No estéis angustiados; confiad en
Dios y confiad también en mí» (Jn 14, 1), fueron algunas de las palabras que
Cristo dirigió a sus discípulos y que resuenan en nuestro corazón. Si les
hacemos eco, si creemos en ellas, la esperanza brotará como una cascada.
Precisamente, en este capítulo 14 del evangelista San Juan, Jesús nos da un
nuevo ejemplo de esperanza, de confianza y de paciencia. Dos de los discípulos,
Tomás y Felipe, testigos de primera mano de tantos prodigios y milagros
efectuados por el Hijo de Dios, aún necesitan obtener más datos clarificativos
que alimenten su sed de seguridades, como nos sucede a nosotros porque el ser
humano querría tener la patente de lo que va a suceder en su vida. Los
discípulos le dicen que ignoran cuál es el camino, y aunque Cristo responde
definiéndose como «camino, verdad y vida», recordándoles que si le conocen a
Él, conocerán también al Padre, Felipe tercia en la conversación para pedir con
cierta tozudez: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8).
En condiciones ni siquiera parecidas, la tendencia a arrojar la
toalla pensando que no hay remedio cuando la insistente demanda de pruebas es
manifiesta, habría sido la salida elegida para un buen número de personas. Pero
Cristo, aún conociendo lo que estaba en el corazón de sus hermanos, no desistió
ni un instante: «Llevo tanto tiempo con vosotros, y ¿todavía no me conoces,
Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos
al Padre?’»... Y prosiguió desgranando esta formidable catequesis de la esperanza
que consiste en creer que Él es el camino que nos lleva hacia el Padre. Habrá
quienes se pregunten: esta clase de esperanza, ¿solventa mis problemas
personales, laborales, familiares, económicos, etc.? La esperanza es uno de los
motores de la vida, insta a la lucha, estimula la creatividad, anima a
perseguir un ideal, es un activo que nos engrandece y permite alcanzar cotas
insospechadas en lo que nos proponemos; no deja que nos crucemos de manos y
siembra nosotros la seguridad de que se puede salir de cualquier atolladero. La
desesperanza, por el contrario, entre otros males, conduce a la derrota,
infunde abatimiento, paraliza y nos impide cambiar, mirar hacia delante y
sostenernos firmes en la búsqueda de soluciones. Martín Luther King hizo notar
«Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol».
La esperanza siempre es una apuesta segura.
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