viernes, 9 de marzo de 2012

Por Isabel Orellana

TÉRMINOS EQUIVOCADOS


Nunca ha sido la muerte más vitoreada que la vida, como se hace en nuestro país. Naturalmente, aludo a la indefensión de un ser humano, potencial hombre o mujer al que se le niega el aire aún antes de ser concebido. Es inútil hablar de la libertad de la que tanto se ha escrito y se ha dicho ni recurrir a otros argumentos quizá de mayor peso para intentar suavizar conciencias porque con esa discusión no se llega a nada. Está más que comprobado. Pero no se puede guardar silencio, aunque las palabras se estrellen en el muro del empecinamiento de un cierto colectivo. La muerte no es una conquista social a la que ha de defenderse como un logro del “estado del bienestar”. Las personas que se manifiestan a favor del aborto esgrimiendo un derecho personal, una vez más hay que decir que lo hacen en contra y por encima del derecho del no nacido. Y éste ha sido vulnerado tantas veces incluso por una misma persona que ya no se puede aducir, como se hizo en el pasado, que una mujer que “interrumpe su embarazo”, como se afirma eufemísticamente, experimenta un gran dolor, un daño psicológico de grandes proporciones. Ni mucho menos es lo general, aunque sirva para algunos casos. Está constatado fehacientemente que una misma persona ha recurrido al aborto en varias ocasiones, con independencia de su edad y situación económica y social.

En este dramático asunto pasa lo que sucede con otros hechos de la vida: basta con abrir la puerta a un capricho, dejarse llevar por una debilidad justificándose, pensando interiormente que por una vez no pasa nada, para quedar atrapados en ella. Por supuesto, la gravedad de unas acciones sobrepasa a otras. Pero el mecanismo interior que nos desvía y conduce por derroteros peligrosos para cada cual, con unas consecuencias que tantas veces salpican también a los demás, es el mismo. Que la carne es débil ya lo dijo Cristo. Ante ciertos esfuerzos y renuncias, o el abandono de determinados hábitos a los que ya nos hemos acostumbrado, sentimos una especie de queja íntima y la tentación a dejarnos llevar por lo que tuvimos. Se acepta con rapidez y facilidad lo que nos “libera” del sacrificio. Y si hay que dar marcha atrás, como se sufre, se recurre a lo que haga falta para seguir manteniendo el status adquirido. El precio de determinadas conquistas es muy alto; se termina pagando muy caro en la vida. En medio de este maremágnum que nuevamente asalta medios de comunicación, parcelas de la calle y mentideros de Villa y Corte en torno al aborto, se necesita ser valiente para decir a los cuatro vientos lo que muchos no se atreven para no incurrir en lo “políticamente incorrecto”. Claro que enseguida se pide la cabeza de los que se ponen de parte de los inocentes. A esta cuestión de tan grave complejidad no le añadamos términos equivocados. Sólo tiene un nombre: la falta de amor y de generosidad. Sin ellas, el respeto a las libertadas y a los derechos de otros no existen.

viernes, 2 de marzo de 2012

Por Isabel Orellana Vilches

INOCENCIA

Nos cruzamos con esta virtud todos los días. Se refugia, por ejemplo, en la plácida sonrisa de un bebé que dormita entre los brazos de su madre en cualquier lugar del planeta. Se detecta en un rostro sin acritud y en la mirada transparente que todo lo dice sin necesidad de pronunciar palabra alguna. Está presente en el gesto confiado del que nada teme porque se asoma a los ojos de su prójimo tendiéndole sus manos, y en tantas otras circunstancias y acciones que no podemos enumerar. La inocencia late siempre en el fondo de toda persona aunque haya cometido las mayores atrocidades. Es ese pálpito que brota de lo más íntimo de nuestro ser y nos susurra que si queremos podemos mirar al frente y remontar el vuelo. Es un sentimiento que a lo mejor pasa desapercibido para los demás, pero no para nosotros que identificamos claramente la luz que pugna por derrocar las tinieblas que puedan envolvernos.

La candidez de un niño pequeño me suscita el mismo pensamiento partiendo de un hecho real: que todos los que hemos sobrevivido, atravesamos en su día ese corto periodo de la vida en el que todavía no hay cabida para la malicia y se despierta la ternura en los demás. Sin embargo, en medio de esta experiencia universal que nos hermana, hay personas que se han desmembrado, haciéndose añicos la imagen que otrora cautivaba a conocidos y desconocidos. Aludo a los que han tirado por la borda su existencia sumiéndose en el abismo moral que extiende sus sarmentosas ramas a nivel social, económico, y, por supuesto, espiritual, etc. ¿Qué o quién se cruzó en su camino y le arrebató la inocencia?, ¿en qué momento dejó de alimentarla y se nutrió de intereses nada apropiados? Y no salgamos al paso respondiendo que todo es cuestión de cuna, de cultura o de medios económicos. Todo influye, naturalmente. Pero antaño, como también sucede ahora, con independencia del nivel económico que tenga una familia, puede o no existir la armonía y la preocupación por las personas que se tiene al lado; este desvelarse por los seres que dependen de nosotros es el mínimo exigible. De modo que el quid de la cuestión reside fundamentalmente en la falta de atención, de acompañamiento y el testimonio vivencial que da la autoridad moral de la que se ha hablado en este blog alguna vez. También se ha recordado que de padres entregados pueden salir hijos díscolos.

Pero quizá porque en términos generales se observan buenos frutos de la esmerada educación –que, repito, no tiene que ver con la situación económica, ni siquiera con una formación académica–, sorprende hallar en la vida de tanto en cuanto un diamante en bruto. He encontrado algunos, he tenido esa fortuna. Viene a mi mente ahora una joven que había crecido en un hogar desmembrado. De padres separados, desde su adolescencia le tocó vivir con una madre que, al parecer, no se preocupó de nada que le atañese. Tuvo dificultades para relacionarse con sus hermanos y apenas amasó amigos, aún tratándose de alguien físicamente bien parecido. Únicamente su padre le proporcionó algún consuelo personal. Naturalmente la compleja situación familiar, como le sucede a tantos niños y jóvenes, influyó en su formación dejándole como herencia un pobre expediente que apenas le proporcionó el bagaje preciso para ganarse adecuadamente la vida. Hasta aquí nada extraño o anormal. Se diría que es lo lógico. Lo que se encuentran los orientadores que trabajan en los centros de enseñanza con los alumnos de diversificación a los que se proponen dar las oportunidades que su entorno les arrebata.

Lo sorprendente es que una criatura con estos antecedentes y otros que no reflejo, mantuviese incólume su inocencia en una sociedad como la nuestra. Que escuchase con tanta atención y agradeciese el apoyo que se le tendía haciéndolo fecundo. Que hubiese desestimado por sí misma todo lo que pudo hacerle un daño irreparable. Que tuviese claro un criterio de sentido común que le permitió discernir lo que le convenía y no plantearse siquiera lo que juzgó inconveniente. Que mostrase tanto entusiasmo e ilusión por aprender llevándole a contemplar la vida con ojos distintos. Me conmovió que formando parte de esta época, al inicio de la veintena, no se sintiese arrastrado por modas o teorías, tendencias o compromisos impuestos para quedar bien o contemporizar con un determinado grupo social. Me maravilla que el acompañamiento pueda tener tan formidables efectos y calibro la responsabilidad de educar a quien no fue educado, alentando los rasgos positivos de su personalidad, induciéndole a crecer en libertad tomando conciencia de lo que significa llevar las riendas de la propia vida. Me recuerda la delicada tarea de un cirujano plástico que reconstruye los rasgos de una persona que se ha puesto en sus manos, aunque en esta misión de la educación la gravedad de lo que se hace (y se dice) no quede plasmada materialmente en una zona determinada del organismo, sino que apunta al centro de gravedad de una persona que va descubriendo de un modo nuevo su dignidad y grandeza, el inmenso potencial que tiene, y del cual emana su inocencia.

Es sin duda ninguna, un don, una especie de milagro encontrarse con criaturas de tan gran corazón y amplias miras. Personas como esta –y estoy convencida de que hay muchísimas– contravienen el prejuicio generalizado respecto a las deficiencias de los jóvenes, a quienes no debería exigirse lo máximo porque se corre el riesgo de perderlos. Es una falacia. Muchos esperan alguien que se ocupe de ellos; nada más. El común denominador es su rechazo a que les traten de manera pueril. La inocencia no es sinónimo de bobería. Así pues, en ese pre-ocuparse se incluye respetar las características únicas e irrepetibles que poseen, abriéndoles el horizonte, sin imposición, pero con claridad, rigor y lucidez, tendiendo puentes y recorriéndolos junto a ellos sin escatimar el esfuerzo que requieren las altas metas.

lunes, 13 de febrero de 2012

Por Mons. Munilla

¿Se equivocó de puerta?


El mes de enero finalizaba con una de esas noticias que está a medio camino entre lo anecdótico, lo dramático y lo emotivo: Me refiero al hallazgo, por parte de un indigente, de un bebé abandonado dentro de una bolsa, en la Iglesia de los Padres Carmelitas de San Sebastián. Inmediatamente era detenida la madre de la criatura, una mujer inmigrante, quien declaró que se había visto obligada a abandonar a su hijo por falta de recursos.
Personalmente, me llamó la atención que aquella noticia corriese como la pólvora por la ciudad y el resto de la provincia; y por un momento tuve la sensación de que se hablaba de ella con la misma admiración y extrañeza como cuando salta la noticia en el barrio de un premiado por la lotería. Recuerdo haber escuchado en aquellos días a muchas personas exclamaciones de este tenor: “¡Ya me lo podían dar a mí!”.
Pues bien, no es mi intención ‘aguar la fiesta’, pero pienso que el hecho de que aquel suceso haya ‘pasado de largo’, sin una reflexión crítica sobre los valores contradictorios de nuestra cultura, es un síntoma más de la dictadura del relativismo que padecemos, que nos prohíbe salirnos de la ‘partitura’ de lo políticamente correcto.
A escasos metros de la puerta de esa Iglesia y en la misma acera, existe otra puerta muy distinta. Es la puerta de una clínica abortista, en cuyo escaparate se publicita el aborto, como si de una ortodoncia se tratase. Paradójicamente, si aquella joven madre hubiese elegido esta ‘otra puerta’, no habría sido noticia, ni habría sido detenida, ni tendría que afrontar ahora la previsible pena de dieciocho meses a tres años de cárcel, por abandono de un menor… ¿El mundo al revés?... ¡Lo cierto es que la vida ha triunfado sobre la muerte en este caso! Ese niño vive, y será acogido por unos padres que le amarán como a uno más de sus hijos.
¿Cómo es posible que tantos entre nosotros suspiren por conseguir una adopción en el extranjero, y al mismo tiempo sacrifiquemos la vida de miles y miles de inocentes? ¿No será que el materialismo y la secularización han reducido la vida a un mero objeto de deseo?
El episodio del niño abandonado a la puerta de una iglesia, nos ha traído a la memoria aquel pasaje bíblico que narra la disputa entre dos mujeres, y el grito que una de ellas dirigió al rey Salomón: “Por favor, mi señor, ¡que le entreguen el niño a esa mujer, pero que no lo maten!” (cf. 1 Reyes 3, 16-28). Mientras que la primera mujer estaba cegada por la lógica posesiva y destructiva, la verdadera madre priorizó la vida y el bien de su hijo por encima de todo.
El feminismo que reivindica el aborto como instrumento de emancipación de la mujer, vive de espaldas a la realidad. Lo cierto es que el aborto eleva exponencialmente las probabilidades de quebrantar la salud psíquica de las mujeres (cf. British Journal of Psychiatry, diciembre de 2008). Y por si hubiere alguna duda, el aborto se ha convertido en una criba selectiva del sexo; de forma que hay países como China, en los que nacen 119 niños por cada 100 niñas. ¡El aborto se ha traducido en un suicido demográfico, psicológico y moral de la mujer!
Por ello, y sin perder el tiempo en lamentaciones, en San Sebastián continúa trabajando un grupo “rescate” de niños con riesgo de ser abortados, bajo la coordinación de la Fundación “Red Madre” (Tfno. 902 188 988). Su método consiste en ofrecer alternativas: acompañamiento a las embarazas en riesgo, pisos de acogida, asistencia médica y jurídica, etc. He aquí los verdaderos y auténticos ‘progresistas’: los que luchan por la vida de los inocentes injustamente condenados, y por sus madres.
Pero el aborto no es un mal aislado, sino un signo de una sociedad enferma. Y ‘para muestra un botón’: Las clínicas abortistas no tienen problema alguno para publicitarse, mientras que son censurados unos anuncios publicitarios que ‘osan’ recordar a los padres el derecho que tienen a decidir sobre la educación religiosa de sus hijos. Uno no puede por menos de dar la razón a Chesterton: “Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural”.
Finalmente, y en coherencia con nuestra apuesta por la vida, aprovecho esta ocasión para anunciar públicamente un acto oracional ‘por la paz y la reconciliación de nuestro pueblo’. Lo realizaremos simultáneamente las diócesis de Bilbao, Vitoria y San Sebastián; y en nuestro caso, se llevará a cabo en la Parroquia IESU, en Riberas de Loiola de San Sebastián, el sábado día 25 de febrero, a las 12:00 del mediodía. El lema elegido es significativo: “¡Busca la paz y corre tras ella!”-“Zorionekoak bakegileak!”.

sábado, 4 de febrero de 2012

Por Isabel Orellana Vilches

ENTRESIJOS DEL SUFRIMIENTO



En esta nueva Jornada del Enfermo para este año 2012, la Pastoral de la Salud ha elegido el lema «Tu fe te ha salvado. El poder curativo de la fe». Y eso nos ofrece otra oportunidad para reflexionar en ese colectivo que afronta las vicisitudes de una cotidianeidad marcada por el sufrimiento acaso sin fe, albergando la frialdad de la desesperanza ante un futuro que se le antoja incierto. En esta sociedad que vive momentos críticos con tantas familias que apenas tienen un bocado para llevarse a la boca, el enfermo ve agudizados sus temores por la incertidumbre en todos los frentes. Particularmente sensible en su fragilidad, detecta tanto la dificultad como el esfuerzo que se hace en su derredor para animarle, acompañarle y asistirle. Cualquier enfermo es reflejo de su propio entorno.

Las personas que acudían a escuchar a Jesús tuvieron en Él absoluto consuelo. Nosotros, en nuestra indigencia, hemos de materializar esta obra de misericordia que nos insta a consolar al que sufre como Él nos enseña. Jesús se apiadaba no sólo de los enfermos, sino de los que podían padecer alguna carencia puntual. En la primera multiplicación de los panes los discípulos constataron que quienes seguían al Maestro durante tantas horas sin comer, debían procurarse alimento. Pero, pensando con lógica humana, consideraron que la muchedumbre tenía que buscar las viandas en las poblaciones circundantes. Como es sabido, Jesús les dijo sin vacilar: «No hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer». Nuevamente el raciocinio, y con él seguramente el impacto por no saber cómo llevar a cabo tamaña misión, hizo que los discípulos de forma directa le mostraran los escasísimos panes y peces que poseían, como quién dice: «¿cómo es posible que alimentemos a miles de personas?». Esa pregunta sigue sorprendiéndonos hoy día: «¿Cómo paliar tanta deficiencia observada por doquier?». Este pasaje evangélico tan conocido por todos es, entre otras muchas cosas, una prueba del alcance que tiene la confianza, que de Dios hacia nosotros es ilimitada. Cuando en circunstancias que nos presenta la vida, antes incluso de actuar, pensamos en la inviabilidad de lo que podamos hacer, hemos de reconocer en ello un síntoma de nuestra falta de fe. Y resulta que gran parte del sufrimiento humano, no sólo del físico, está en la carencia de esta virtud teologal, que, como sabemos, era el único requisito que Cristo pedía para realizar un milagro. En los entresijos del sufrimiento se movía Él rescatando a todos de la angustia, aligerando la carga, aliviando las tensiones de la aflicción… Y a proseguir esa tarea nos sigue invitando para que cada enfermo o persona que lo requiera por estar inmersa en cualquier situación de sufrimiento halle el reposo que precisa en nuestros hombros. Desempolvemos, si estaban olvidadas, pautas de conducta elementales que se traducen fundamentalmente en diluir las tensiones con gestos sencillos que además son remedios infalibles que curan las heridas del corazón. Cada jornada reclama los suyos. Y en ellos la fe tiene todo que decir.

Hay ejemplos de personas que pertrechadas en la fe y con la mirada puesta en Cristo supieron afrontar ejemplarmente la misión que se les había confiado, viviendo con un espíritu de caridad, siendo profundamente humanitarias y, por ende, capaces de integrar las dificultades individuales y comunitarias atendiendo a todos los planos, físico, espiritual y humano. Santa Rafqa El Rayes canonizada por el beato Juan Pablo II el 10 de junio de 2001 tuvo una experiencia personal intensísima de dolor. Ella es una de esas mujeres que ofreció su vida a Cristo llevada de su anhelo de unirse a su Pasión redentora y Dios le tomó la palabra. Sabiendo bien lo que decía y evocando las palabras evangélicas, manifestaba «Fortificad vuestra fe. Sí tenéis fe no tendréis miedo a nada». La fe es activa. Estamos llamados a plantar cara a las dificultades de nuestro tiempo. Y como buenos samaritanos hemos de ser conscientes de lo que nos rodea, involucrarnos sin complejos, siendo cercanos y compasivos, dando lo mejor de nosotros mismos a la par que ponemos amor donde el resentimiento y la ausencia de perdón son tan corrosivos que destruyen la salud integral a la que tenemos derecho. El coraje, la fortaleza ante la adversidad, la capacidad de luchar hasta el final, el heroísmo, etc., que se sintetizan en una vida de esperanza a pesar de las circunstancias así como el afán de superación y gratitud por la vida son frutos de un fe sin fronteras. Al final de este camino sintetizando por Santa Teresa de Jesús, como «una mala noche en una mala posada» nos abrazaremos con Dios para siempre. La resurrección de Cristo garantiza nuestra resurrección y legitima la autenticidad de nuestra fe.

viernes, 3 de febrero de 2012

POR JUAN ANTONIO PAREDES

LAS REDES SOCIALES, LUGAR DE ENCUENTRO CON DIOS

Estoy convencido de que el Apóstol Pablo aprovecharía la gran oportunidad que nos ofrecen las redes sociales para llevar el Evangelio hasta los últimos rincones de la tierra. La diócesis de Málaga ha sido pionera en el uso de dichas redes. Y la Conferencia Episcopal reconoció su labor con la concesión del premio BRAVO a la Delegación encargada de los medios de comunicación social del Obispado. Vio en ella no una oficina de servicios, dirigida por un cura, sino un equipo eclesial compuesto por sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares, personas creyentes, con una notable experiencia de Dios. En este equipo eclesial todos tenían posibilidad de aportar lo mejor de sí mismos para anunciar a Jesucristo. Este carácter participativo y corresponsable dio al equipo su carácter alegre y creativo. También el diario SUR reconoció su profesionalidad al conceder a la página WEB de de la diócesis uno de sus premios.
El camino comenzado ha incidido con fuerza en varias parroquias que actualmente presentan en sus páginas el comentario del evangelio del día y que han montado emisoras de radio y teles por internet para llegar no sólo a sus feligreses, sino a todos los que buscan una palabra de vida en las Redes. Un ejemplo notable es el de la parroquia de san Juan, de Coín, entre otras.
Largos años de experiencia en este campo me han llevado a convicción de que lo más solicitado y seguido son los breves espacios de oración, la lectura y comentario del evangelio de cada día, la vida de los santos y la voz del Papa y del Obispo diocesano, siempre que se den en pequeñas dosis, que no superen los dos minutos.
Desde aquí aliento a todos los feligreses de la parroquia que puedan aportar algunas horas de su tiempo a la semana y que estén versados en informática, a ponerse en contacto con esta parroquia. Contamos con mecenas y con espacios para instalar una radio y una televisión por internet. Así podremos hacer en la parroquia algo similar a lo que venía haciendo la Delegación diocesana desde hace ya varios años.

viernes, 24 de junio de 2011

Por Isabel Orellana

Vanas promesas


Algunos pasquines de Málaga estaban revestidos hace unos días con el anuncio de una conferencia en la que se auguraba una felicidad “ilimitada”. Me sorprende que todavía haya quienes puedan asistir a esta clase de eventos creyendo que el gurú de turno va a solventarles su día a día. No existe nadie ni nada en el mundo que pueda otorgarnos una satisfacción “sin límites”. La felicidad es efímera y subjetiva. Lo que satisface a unas personas en un momento dado, no les dice demasiado o nada a otras. Incluso lo que en un instante nos produjo una sensación agradable y dichosa, puede que si se repite no se haga notar con esa fuerza en la que surgió la vez primera. Todos tenemos experiencia cotidiana de que el cumplimiento de los sueños y de las ilusiones que nos hemos forjado, una vez conseguidas dejan de atraernos o pierden interés. En este sentido, los seres humanos somos inconstantes; reemplazamos rápidamente unas cosas por otras. Y en ese mismo afán que se sucede de manera incesante no se encierra precisamente la felicidad. Se puede decir que pasamos por el mundo queriendo atrapar una dicha que se resbala de nuestras manos; se escapa a nuestro control. Y esa misma inquietud que en el fondo nos anima y mantiene vivos porque siempre hay una razón por la que luchar es muy positiva para muchos y quizá no tanto para otros, pero desde luego, no contiene ese concepto de felicidad promocionado en el anuncio aludido.

El problema no está en la felicidad, sino en prometer que van a darnos las claves para que sea “ilimitada”, porque esta extensión que, en teoría, se tendría que mantener como una constante en el tiempo es imposible que se dé en la realidad. Por desgracia, todos tenemos a nuestro alrededor personas conocidas y cercanas, familiares directos, amigos, compañeros, etc., que sufren por diversos motivos: problemas convivenciales, envidias, recelos, resentimientos, falta de trabajo, dificultades económicas, situaciones delicadas de salud y tantos otras circunstancias que hacen inviable esa supuesta felicidad se mantenga sin altibajos. Qué hacemos frente a las catástrofes, la hambruna y la guerra, tantos conflictos e injusticias que conocemos todos los días, ¿miramos hacia otro lado? Incluso quien tiene muchos bienes materiales, no siempre es feliz; es más, a veces ni siquiera lo es, porque la felicidad no está recluida en las posesiones. Así que, no hagamos promesas que no podemos cumplir. Sólo los incautos se dejan atrapar por ellas. Y con esa ingenuidad juega el sincretismo, porque de ahí proviene el anuncio del pasquín. Unas cuantas recetas, bien dosificadas, con una música adecuada y las velas de rigor pueden sumir en un sueño letárgico al común de los mortales haciéndole creer lo increíble. Después, cuando cada cual regrese a su casa, la cruda realidad le saldrá al encuentro, y entonces, ¿a quién puede reclamar?

Cualquier promesa que hagamos lleva aneja la exigencia. Todo cuesta, y aún más el amor que es el que, cuando se da a manos llenas, produce una felicidad que no se obtiene por otros medios, digan lo que digan estos “predicadores” de turno que posiblemente nunca introducirán expresiones como abnegación, sacrificio, entrega, donación, salir de uno mismo para pensar en los demás, etc. Si lo hicieran, desaparecería mucha de su audiencia. Si queremos hablar de una cierta dicha imperecedera solamente podemos utilizar estos términos y aún así mientras estemos en este mundo tendrá sus límites. Con todo, y pese a esta limitación, en lo más recóndito de nuestro corazón se va abriendo paso la esperanza y la fortaleza, todo lo cual nos anima a seguir acercándonos a otros para darles lo mejor que tenemos, algo que está al alcance de cualquiera: una palabra amable, un gesto de paciencia, la actitud de respeto, comprensión, confianza, y todos los valores que harían de nuestra convivencia un cierto paraíso. Pero no esperemos que caiga del cielo como un maná esa felicidad prometida y menos que sea “ilimitada” quedándonos con los brazos cruzados, aislados con nuestras tendencias y egoísmos, en una especie de burbuja que sólo abrimos para recibir y que cerramos a cal y canto cuando se trata de dar. Y no lo olvidemos, el gozo de quien se entrega tampoco es ilimitado, pero al menos va marcándole el sendero estimulándole para seguir creciendo en esa donación, que si aquí en la tierra es sumamente satisfactoria aunque tenga sus límites, apunta a una permanencia ilimitada en la vida eterna.
Se ha dicho en muchas ocasiones que cuando falta la fe o se le da la espalda, ese vacío se llena con cualquier cosa. El pasado 19 de junio de este año de 2011 el Papa Benedicto XVI ha vuelto a recordar los peligros que conlleva el hedonismo frente a la fe, que es su mayor riqueza y no la material, o los logros personales y sociales. Cuando asegura que la sustitución de los valores cristianos por otros sucedáneos conduce al fracaso, y deriva en tantas crisis familiares que afectan gravemente a los hijos, no hace más que destacar lo que sucede en realidad. Mientras muchos entornan los ojos esperando que se cumplan vanas promesas, las redes del vacío y de un deambular sin rumbo fijo van penetrando en los corazones, y en cualquier estamento de la sociedad, sea económico, científico, político, etc. Un movimiento de “indignados” se ha puesto en marcha y va in crescendo. Pues bien, sería insuficiente vociferar aunque sea pacíficamente, lanzar consignas fundamentadas en la realidad, o tomar otras medidas, sino se actúa “desde dentro”, con un compromiso personal bien asentado, cargado no sólo de razones, digamos objetivas, sino pertrechado de valores morales vividos. Cambia la sociedad si cada uno de nosotros lo hace, y para eso hace falta mucho más que salir a la calle, aunque sea conveniente y hasta necesario en ciertos momentos históricos, como el nuestro. El Papa ha subrayado las “rápidas transformaciones culturales, sociales y políticas, que han determinado nuevas orientaciones y han modificado la mentalidad, costumbres y la sensibilidad”, pero ha hecho notar también que hemos de ser “cristianos presentes, decididos y coherentes” ya que la tarea que tenemos por delante es delicada y exige de nosotros una entrega sin paliativos. Emulando al beato Juan Pablo II, que nos instó a movernos sin temor, recordemos que con Dios a nuestro lado lo podemos todo, teniendo presente que la vida no se llena con fáciles consignas, aunque suenen bien.