martes, 31 de agosto de 2010

Por Isabel Orellana

" Las cosas impotantes "


FRANCISCO RUIZ SALINAS, UN SACERDOTE SENCILLO. IN MEMORIAM

El 30 de agosto supe que Paco había culminado su peregrinación por este mundo y que, por eso, no había respondido a las muchas llamadas telefónicas que venía efectuando desde el mes de abril. Fui desconocedora de que estaba mal para poder visitarle en el hospital; ignoraba cuánto debía estar padeciendo, y me hallaba ausente cuando se produjo su tránsito en julio pasado. Somos incontables los que no lo olvidaremos, no sólo los feligreses de la Parroquia de Churriana, a cuyo frente se encontraba desde agosto de 1999, sino sus muchos amigos, entre los cuales me hallaba, aparte de su familia y miembros del clero. Sobrecogida por la inesperada noticia, inmediatamente pensé en la fragilidad de la vida y la urgencia de darse todo y del todo a Dios y a los demás, porque la muerte, una vez más, pone de relieve la indigencia del ser humano y la provisionalidad de lo que nos rodea. Lo único que perdura es el amor. Luego su rostro amable y cercano se iluminó en mi corazón.

Hay personas que pasan por esta vida transitando con alas en los pies. Seres acogedores, entrañables, humildes, que restan importancia a lo que hacen y ensalzan la labor de los demás. Así era Francisco Ruiz Salinas. Un hombre comprensivo y paciente, alguien con el que no es difícil conversar y penetrar por entresijos de la vida que ha sido golpeada con el sufrimiento, alumbrándolo todo a través de la fe. Un sacerdote que tenía presente en su oración a sus feligreses, a los que le procuraba todo el bien que podía, sin escatimar esfuerzos. Era sensible y generoso. Reunía las características de la persona que no hace ruido, pero que cuando se ve deja un hondo vacío, el que había llenado con su caridad. Hasta su forma de escuchar y sus respuestas ponían de manifiesto que era un hombre de Dios. Con su confianza, alentaba y engrandecía a las personas que se acercasen a él. Seguramente venció muchas timideces ajenas, sin saberlo, porque cuando nos abrimos a los demás y valoramos su esfuerzo, por mínimo que sea, los estamos proyectando hacia lo más alto. Y eso lo hacía Paco magníficamente, de forma natural, porque le salía de dentro.

Esa es, a grandes rasgos, la huella que ha quedado en mi vida tras la cercanía que mantuve con él tras una de las invitaciones que hizo para que compartiese mis modestas reflexiones con la feligresía de Churriana hace unos años. Invariablemente, hablaba de D. Gonzalo Martín, vuestro párroco, con admiración, con el pleno convencimiento de la eficacia de su labor pastoral, huyendo de personales parabienes. Sabía que la gracia de cualquier acción proviene de Cristo, y que un apóstol, un sacerdote, cualquier creyente puede llegar a hacer cosas grandes, que jamás se hayan visto, como Cristo advirtió en el Evangelio, siempre y cuando camine junto a Él.

Querido amigo, el eco de mis mensajes te habrá llegado en el cielo, donde sin duda resides por toda la eternidad. Dios Padre te habrá acogido en tu inocencia revistiéndole de la gloria en la que ya gozas. Aquí seguimos dando gracias por tu vida, que entregaste a Cristo y a su Iglesia, sabedores de que las semillas de tu fe, que sembraste por las esquinas de Corumbela y Sayalonga; Álora; Cerralba, Casarabonela, Villafranco, Zalea, Alhaurín el Grande; Gibralgalia.y Churriana, irán germinando y se convertirán en ese árbol frondoso del que habla el Evangelio, mientras aletean perfumadas las buenas acciones que desperdigaste a tu alrededor. Descansa en paz.

lunes, 30 de agosto de 2010

Por Isabel Orellana

" Las cosas importantes"


WOODY ALLEN, LA FELICIDAD, LA FE Y OTRAS HISTORIAS

A finales de un tórrido mes de agosto, el conocido cineasta Woody Allen ha presentado en Asturias su última película «Conocerás al hombre de tus sueños». El leitmotiv del film, como muchos sabrán, es la búsqueda de la felicidad de una persona que ha de enfrentarse a las limitaciones propias de la vejez que viene salpicada por sus muchos achaques. Y nuevamente este «buscador de Dios», como ha sido definido por un analista, que es lo que debe ser en el fondo, –perenne icono para incontables defensores del ateísmo–, dejó traslucir su personal infelicidad, reconociendo ante los medios de comunicación que no era feliz seguramente porque no creía en Dios. Esta fue la afirmación que se podrá pensar que simplemente surgió en el contexto de un breve diálogo con los periodistas ansiosos por aprehender las claves de la película en boca del propio autor, sin mayores consecuencias. Pero sin duda fue un toque fugaz al corazón de un hombre frágil, como todo, que tan a menudo deja traslucir pinceladas de sus temores y pesimismo. Nada nuevo bajo el sol. Acercándose lentamente al final de la vida, el éxito y los oropeles se desvanecen porque quien más quien menos se enfrenta en su desnudez a la soledad de la muerte, más sola y terriblemente despiadada cuando no existe la fe.

Es la falta de fe la única que puede inducir a experimentar sentimientos de la naturaleza expresada por Allen: «La realidad es deprimente, demasiado dura. Incluso, imposible de soportar. Así que cada uno encuentra su camino para escapar». O esta otra emoción que estremece: «No puedo dar una buena razón de por qué merece la pena vivir, pero todos queremos vivir». Es penoso y nada reconfortante abordar la vida con esta perspectiva. Siempre hay razones, miles de buenas razones para vivir.

¡Qué distinta me ha sonado la voz del beato Manuel «Lolo» Garrido, que ha alentado muchas de las horas de este verano que va palideciendo lentamente, desde su hermoso diario póstumo «Las estrellas se ven de noche»! Aquejado por infinidad de dolores, apresado en su silla de ruedas, ciego, acarreaba una vida de tacto casi imposible. Y es que a duras penas le permitía grabar en un magnetofón la inmensa riqueza que Dios plasmaba en su interior porque el mero roce de sus dedos con un objeto podía suscitar en tal maltrecho organismo como un sarpullido de agujas que se clavan con crueldad, pero no cesaba de hablar de lo alto. Todo en él era un prodigio de paciencia y ternura arracimada en cada una de sus palabras, que fluían a raudales llenas de bondad, inteligentes, versadas, para glosar en alta voz una parte de ese cielo que contemplaba en su interior; de un hogar eterno que acunaba en su soledad, con la elegancia y finura de una criatura humilde, sencilla y valiente. Un actor que escribía con su propia sangre la película de su vida con mayúsculas. No. La realidad de «Lolo» no era deprimente para él. Lo afirmó en este diario, y tenía su lógica: era un hombre de fe y eso lo cambia todo. Tenía todas las razones para vivir. Saberse hijo amado por Dios y por los demás, el olvido de sí y pensar sobre todo en quienes le rodeaban le ayudó a elevarse por encima de su particular tragedia. Apúntense estas reflexiones de ese nuevo maestro del sufrimiento: «Doy un margen de fe al dolor en lo que tiene de poda necesaria y viviré en silencio mi hora de germinación, con la esperanza a punto». «CREO que el sacrificio es un telegrama a Dios con respuesta segura de Gracia». «CREO que la inutilidad física revierte en provecho espiritual de todos. El arco iris de la Redención se tensa desde la inmovilidad de un niño hasta la invalidez que dan los clavos de una Cruz».

Un último apunte: La realidad siempre supera a la ficción. La vida no es simple fantasía que se vierte en un film. Por lo demás, la gracia está disponible para todo el que quiera aceptarla y esa disponibilidad y apertura a ella cambia la perspectiva de la existencia.

martes, 13 de julio de 2010

Por D. Jose Ignacio Munilla

Salvarlos uno a uno


Una vez más, la sinrazón se ha impuesto. El 5 de julio de 2010 pasará a la posteridad como un día negro en la historia de los derechos humanos. La nueva Ley de “Salud Sexual y Reproductiva” (¡ironías del lenguaje!) da un marco legal al aborto libre, que de hecho ya se practicaba abiertamente en España, bajo un generalizado fraude de ley, conocido y consentido por casi todos. Legalmente, el aborto ha pasado de estar despenalizado en tres supuestos, a ser reconocido como un derecho. No cabe duda de que los empresarios de las clínicas abortistas pueden dormir ya mucho más tranquilos.
¿Y ahora qué? ¿Vamos a quedarnos de brazos cruzados a la espera de los recursos judiciales? ¿Acaso la “causa de la vida” se reduce a la batalla legal? ¡Ciertamente no!... Como dice el refrán, “más vale encender una vela que maldecir las tinieblas”. En estos días he recordado una famosa frase de la Madre Teresa de Calcuta, pronunciada cuando el aborto se liberalizaba en Occidente, en medio de fuertes polémicas: “No los matéis, dádmelos a mí. ¡Yo sí los quiero!”. Tampoco puedo olvidar que en cierta ocasión un periodista le preguntaba a la Madre Teresa cuál había sido su estrategia para salvar a tantos niños y desahuciados de la vida. Su respuesta no dejaba lugar a equívocos: “¡Uno a uno!”
Pues bien, ha llegado el momento del “uno a uno”… La mayoría de las asociaciones provida han orientado su acción en los últimos años en esta línea. En muchos lugares –también en San Sebastián- ya vienen trabajando con gran éxito grupos de “rescate”, bajo la coordinación de la fundación “RedMadre”. Decenas de miles de vidas humanas han sido salvadas “in extremis”, cuando tenían ya puesta la “cita” en el abortorio. Su método consiste en dar a la mujer embarazada soluciones alternativas al sacrificio de la vida de su hijo: acompañamiento personal, ayuda económica, pisos de acogida, asistencia médica y jurídica, etc. (Me permito dar el teléfono de contacto que coordina todos estos grupos en España: 902-188.988). ¡Es hora de arrimar el hombro!
Se trata de entender que para llegar a transformar la Cultura de la Muerte, la estrategia más eficaz es “de abajo arriba”, sin limitarnos al “de arriba abajo”… La batalla legal por la vida se podrá plantear nuevamente en España, con mayores garantías de éxito, cuando salgan a la luz cantidad de niños y adolescentes que han sido rescatados de las garras de la muerte… El testimonio de su gratitud por el don de la vida, será necesario para que la Cultura de la Vida triunfe en el futuro.
No tengo la menor duda de que hay muchos valores en nuestra sociedad, que son resortes muy válidos y positivos en esta dirección que planteo… ¿Cómo es posible que hagamos una valoración tan laudatoria de la adopción de niños extranjeros entre nosotros, mientras que aquí desestimamos como absurda la alternativa de la entrega en adopción del niño? O, por ejemplo, ¿no habrá llegado el momento de valorar si el apadrinamiento de los niños del Tercer Mundo que realizamos a través de muchas ONGs civiles y eclesiales, no debería también ser complementado con el apadrinamiento (en forma de contribución a su alimentación o educación) de los niños que son salvados de ese trágico destino? Y por otro lado, ¿qué decir del abandono y del silencio vergonzante en el que muchas mujeres tienen que vivir el Síndrome del post-aborto, frente a la afortunadamente cada vez más creciente sensibilidad hacia las víctimas de la violencia de género? ¿No habrá que acompañar también a las mujeres que se han quedado moral y psicológicamente destrozadas después de haber abortado?
Tengamos en cuenta que el triunfo de la “causa de la vida” requiere de diversas implicaciones: En primer lugar, del mundo del arte y de la cultura, por el gran influjo que tienen en la conformación de los valores… (Baste señalar la gran aportación de la película “Bella”, de Eduardo Verástegui). Igualmente, el acceso y la utilización ágil de los medios de comunicación, especialmente Internet, en favor de la vida del nasciturus, será algo decisivo. Curiosamente, en el transcurso del anuncio, elaboración y tramitación de esta ley, por primera vez en la democracia española, hemos sido testigos de un notable desplazamiento de la opinión pública hacia el respeto y la defensa del no nacido.
Pero, como es obvio, la clave definitiva del triunfo de la Cultura de la Vida estriba en la educación que reciban nuestros jóvenes. Me parece importante señalar que, en la práctica, uno de los influjos más nefastos de esta ley lo vamos a padecer en su traslado al sistema educativo. La nueva “Ley de Salud Sexual y Reproductiva” pasa por encima, una vez más, del derecho de los padres sobre la educación de sus hijos, al imponer obligatoriamente la ideología abortista y “de género” en la escuela (cfr. Art 5, 1, a).
Está claro que la “causa de la vida” está unida a la “causa de la educación” y a la “causa de la familia”. Es fundamental que todos aquellos que partimos de unos valores de pleno respeto a la vida y a la familia (en donde podemos coincidir creyentes y no creyentes), trabajemos en coordinación y cooperación, para educar en la verdadera libertad. Una educación íntegra jamás presentará el ideal de la libertad en contraposición al derecho a la vida de los más inocentes. No podemos convertir la libertad en una frívola licencia, porque eso destrozaría la misma Libertad, además de la Vida.

Por Isabel Orellana

" Las cosas importantes "

VIDAS TRUNCADAS


El 5 de julio de 2010 pasará a la historia jurídica de nuestro país como una las fechas más aciagas de todos los tiempos en lo que concierne a la vida humana, al imponerse el veto, siempre cruel, a la viabilidad de cientos de miles de seres que nunca verán la luz. No es la primera vez que trato este tema del aborto en el blog. Pero cuando está en juego la supervivencia de tantas criaturas –y que nadie se enzarce inútilmente en debatir la connotación de la palabra criatura, como se ha hecho recientemente, ya que el diccionario de la RAE la define con claridad con la acepción que se le da aquí– no podemos quedarnos de brazos cruzados y actuar pasivamente.

La víspera de la entrada en vigor de la ley española del aborto una de las muchas asociaciones «pro vida» que hay en nuestro país, en Málaga capital abanderó una acción pacífica y enérgica condenando los entresijos que rodean a esta pena de muerte. Lástima que los congregados fueran tan pocos siendo muchos los que la reprueban en la intimidad del hogar o en otros ámbitos privados. Alguien se excusaba diciendo que prefería hacer oración. Pero la oración, con ser una fuerza poderosísima, debe acompañarse en estos casos de la acción. Estamos en una sociedad en la que se airean conductas con aires festivos y carnavalescos que gozan de una privilegiada cobertura en todos los medios de comunicación. Y esta notoriedad obtiene los frutos perseguidos: asumirlas con toda naturalidad.

Si muchos de los que se reconocen partidarios de la vida pasan página y prosiguen con la rutina de siempre, como si no sucediese nada de particular, o bien encogiéndose de hombros en un gesto revelador de la escasa energía que les anima, luego que no se quejen, que no critiquen, que no se limiten a protestar porque adolecen de credibilidad. Y lo peor es que al dejar relegado a la intimidad su amor a la vida desde el primer instante de la concepción, este silencio puede ser interpretado erróneamente ya que de alguna manera pueden ser considerados cómplices de esa ley abortiva. Se les podría acusar de que también ellos, como los que están a favor del aborto, asumen este hecho con naturalidad.

El Dr. Bernard Nathanson, conocido como el «rey del aborto», posteriormente convertido al catolicismo, ejemplifica con su vida lo que quiero decir. Cuando se dio cuenta del horror en el que había estado sumido, no tuvo dudas en confesarse ante el mundo entero. En noviembre de 2002, en el VII Congreso Internacional «Camino a Roma» celebrado en Ávila (España) se presentó de este modo ante un selecto auditorio: «Soy responsable de 75.000 muertes, tienen delante de ustedes a un genocida». Y así, el que seguramente había sido el mayor activista en pro del aborto, dio un testimonio espeluznante de lo que puede hacer la ciencia cuando actúa al margen de la moral, y no se tiene en cuenta que lo que es técnicamente posible muchas veces es moralmente inadmisible. En un «juego» estremecedor, en el que la vida había dejado de ser importante, amasó una inmensa fortuna. Todas las posesiones fundamentadas, como él mismo reconoció, en «una gran mentira. La mentira de que la persona en el vientre materno no vale nada». Merece la pena conocer su testimonio y proceso de conversión, que también ha atravesado todas las barreras. Fue la tecnología, que al permitir estudiar el ser humano en el vientre materno, le mostró que no era distinto de los que ya hemos nacido. Esa criatura que se estaba gestando: «comía, dormía, bebía líquidos, soñaba, se chupaba el dedo, igual que un niño recién nacido. La verdad era que esto era un ser humano con dignidad, dada por Dios, que no debía ser destruido o dañado».

Después de estudiar al feto durante tres o cuatro años, se convirtió en un defensor de la vida: «Cuestioné el aborto con conferencias e hice dos películas. En una se veía un aborto real, un niño de 12 semanas aspirado hasta la muerte. Se veía cómo le succionaban brazos y piernas, se rompía el tórax, etc. Era muy fuerte... Los pro aborto dijeron que era un montaje. Les he animado siempre a que, si piensan así, hagan ellos su propia película de un aborto real, con sus propias imágenes. Nunca lo han hecho, porque saben muy bien lo que se vería […]. A menudo se plantea el tema del aborto como libertad de elección de la mujer. Pero una persona no puede elegir quitar la vida a otra. No es posible hablar del derecho a elegir, porque se trata del mandamiento, ¡no matarás!».

Les invito a que visionen, si tienen ocasión y todavía no lo han hecho, una de las películas grabadas por Nathanson, El grito silencioso. http://tu.tv/videos/el-grito-silencioso. Son treinta estremecedores minutos ante los cuales no hay nada más que añadir.

martes, 15 de junio de 2010

Por Isabel Orellana

"Las cosas importantes"

Una Iglesia viva

En la Iglesia siempre es tiempo de alegría. Las dificultades que debe afrontar en su peregrinaje no hacen sino abrir de par en par los ventanales que muestran el insondable amor del Padre; nada logra ensombrecerlos. Lo experimentamos todos los días: cúmulos de misericordia y compasión, derroches de ternura se esparcen a raudales por los rincones del alma, pese a la muchas debilidades que exhibimos. Eso nos ayuda a crecer y a ver la vida con ojos nuevos. En este paisaje vemos el valor de la misión que se lleva a cabo en la Iglesia.

En efecto. Los embistes que viene sufriendo en estos últimos tiempos –entre otras lecciones que nos está procurando, subrayadas fehacientemente por el Papa–, está dando lugar a que salgan a la luz hechos memorables, contemporáneos a nosotros, que sacuden nuestro corazón y conciencia. Hombres y mujeres diseminados por el mundo: sacerdotes, monjas, misioneros y misioneras trazan con sus generosas vidas una estela imborrable por el bien de los más necesitados. Se enfrentan a las dificultades llenos de esperanza y fortaleza. Una mayoría está en lo que se ha dado por llamar “Cuarto mundo”, por sobrepasar la miseria a la del denominado “Tercer mundo”. Son maestros de la sonrisa, heraldos de paz. En países de carencia su lenguaje no incluye la ambición ni hay resquicios para que penetre la avaricia. No hay quejas en sus miradas. El único ropaje que conocen es el de la gratitud y el amor.

De una de las misiones puesta en marcha hace unos años en la India por la Institución católica a la que pertenezco, recibimos dos cartas para alumnos de varios Institutos de Málaga que han respondido generosamente a una campaña que se efectuó en ellos en pro de la misma. El relato del día a día de medio centenar de niñas impresiona por lo mucho que se les está dando y la tragedia de la que se las ha rescatado. De no ser por esta labor silenciosa y cuajada de entrega que se viene realizando, habrían sido carne de cañón. Gente sin escrúpulos las habría vendido y destinado a la muerte después de haberlas sometido a los más infames abusos, o bien habrían sucumbido directamente en cualquier lugar inmundo extrayéndosele sus órganos, que irían a parar al mejor postor.

Esta labor, no exenta de muchos sacrificios, supone el abandono real, no teórico, de la propia vida en manos del Padre. Porque la cotidianeidad, con sus contingencias, les sale al encuentro. Y las dificultades que simplemente conlleva el grave deterioro de la maquinaria para el abastecimiento de agua, o el envejecimiento de los ventiladores precisos para hacer frente al sofocante calor, entre otras necesidades imperiosas, tienen un alcance completamente distinto en ese lugar que en países desarrollados como el nuestro. Allí la salud queda expuesta al tener que ingerir (y abonar) agua no desinfectada, y los escasos enseres que poseen y la propia vida corren peligro cuando, como es el caso, el deterioro de la estructura del edificio propicia la eventual entrada de extraños en él.

Viven mirando al cielo. Cada día es una aventura que acometen como un auténtico milagro, y así, poco a poco, van llegando las ayudas. Escasas, muchas veces, y justas para poder abordar a tiempo lo preciso. Eso requiere mucha fe y esperanza; una inmensa paciencia. Ellos no tienen repletos despensa y armarios, como nosotros, que hacemos acopio de manera compulsiva de enseres, “caprichos” que no solemos rentabilizar. Pero lo que van recibiendo lo han multiplicado con creces. Y hoy, muchas niñas, convertidas ya en mujeres, con el rostro iluminado por la sonrisa, prodigan sus atenciones a otros desfavorecidos, han completado sus estudios universitarios, han materializado su anhelo de ser médicos, y han determinado entregar también su vida a Dios como lo hacen los misioneros y misioneras que Él les puso en su camino. La Iglesia está viva.

jueves, 20 de mayo de 2010

Por Isabel Orellana

"Las cosas importantes"

¿VER PARA CREER?

Entre las bienaventuranzas hay una que ensalza específicamente la fe. Creer sin ver es una característica de la inocencia evangélica. En realidad la mayoría de las personas poseen esa virtud aunque no se percaten de ello. Pero es una fe natural. Y esa fe que nos guía en la vida no exige ningún esfuerzo porque está fuertemente anclada en ella. Es decir, generalmente nadie vive sumido por completo en la desconfianza. Siempre hay algo que nos alumbra y empuja a seguir creyendo, pese a todo lo que pueda suceder. Sin embargo, hay otra vertiente en la fe que es sobrenatural. Y ella es la garantía de las cosas que se esperan, como decía San Pablo. Es una gracia que tenemos que suplicar y conservar.

En la vida diaria nos hemos acostumbrado a lo empírico, lo que podemos contrastar por medio de la experiencia. Y esta actitud, que es propia de la ciencia, la hacemos extensible a lo demás. Dicho en otras palabras, tenemos que ver para creer. De una persona no cabe esperar que actúe previsiblemente, de un modo determinado, respondiendo a un patrón de cálculo que alguien ha diseñado. Es decir, que la gran parte de sus vivencias escapan al control del método científico. Por ejemplo, el dolor no se puede medir y sin embargo no sólo es el hecho universal que nos vincula a los seres humanos, sino que influye poderosamente en ellos en todos los sentidos. Creer en alguien sin necesidad de ver es esperarlo todo de esa persona. Significa que estamos por encima del raciocinio y aceptamos la supremacía de una criatura que esconde un inmenso y rico caudal. Es aceptar sin duda alguna que aún en el caso de que haya actuado mal siempre puede cambiar.

Llevado a lo cotidiano este creer sin ver, la verdad es que da mucho que pensar. Entre otras cosas, podemos darnos cuenta de lo fácil que es juzgar la conducta ajena cuando nos pertrechamos tras los prejuicios. Cuando el Cardenal Ratzigner fue elegido Sumo Pontífice y sucesor del Papa Juan Pablo II un enjambre de comentarios, y no precisamente amables, envolvieron su incipiente pontificado. Su pasado como cardenal, impropiamente traído a colación y lleno de críticas infundadas, como siempre se hace con lo que se desconoce, por mor de los medios de comunicación se extendió por los confines del mundo. Siempre que alguien ocupa una misión de relevancia, los ojos de los demás se posan en él. En el caso del Vicario de Cristo las miradas que le seguían eran incontables, escrutando sus pasos, sus gestos, sus palabras… No pocas críticas han suscitado actuaciones, mensajes, discursos…, hasta ahora con estos terribles hechos acaecidos en el seno de la Iglesia que están saliendo a la luz. No hace tanto que también se le culpaba por ellos, como en este blog se recordó.

Pero en los últimos días, las declaraciones efectuadas por Su Santidad en su reciente viaje a Portugal han desencadenado un efecto interesante en quienes necesitan ver para creer, que no son todos ni mucho menos. Y así han girado sobre sus pasos para reconocer, aún con timidez, que lo que malamente se esperaba de él no se estaba produciendo. No han podido ocultar su sorpresa al ver que en lugar de actuar con la supuesta coraza que se le presuponía, en medio de un “oscurantismo” en el que tantos le habían encerrado, el anciano Pontífice salía en defensa con toda valentía de los débiles y necesitados –con los que siempre ha estado–, y no le dolían prendas para apelar a la justicia.

Uno de los periódicos de mayor tirada e influencia social de este país ha dedicado una atención inusual a este último viaje, introduciendo un análisis de la trayectoria del Papa en esta línea que vengo subrayando. Y es que S.S. Benedicto XVI, una vez más, se dejaba guiar por la Luz y la Verdad que es Cristo. Si hubieran examinado con rigor su impecable trayectoria, si analizaran escrupulosamente sus escritos, se darían cuenta de que la inmensa ternura que se esconde en esa menuda figura, de mente privilegiada y extraordinario corazón, no era nueva. Pero, en fin, es de agradecer que al menos alguna vez se den cuenta de la grandeza y carisma del Romano Pontífice. También de que trasladen sus impresiones a sus muchos lectores. Eso sí, Cristo les diría, como hizo con Tomás: “¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29).