NUNCA SERÁ NAVIDAD
Estamos ya muy próximos a la gran fiesta anual de la Navidad. Se palpa en el ambiente, en las calles, en los saludos y en el gasto inusual, pese a la crisis, que en estos días hacemos, incluso a costa de endeudarnos para presentar a propios y extraños una mesa exageradamente repleta de ricos manjares, muchos de los cuales irán al día siguiente a parar al cubo de la basura por la imposibilidad material de gastarlos todos y por su carácter de alimento muy perecedero. Y todo esto, repito, a pesar de la tremenda crisis que ensombrece nuestro día a día.
A partir de ahora repartiremos también a diestro y siniestro felicidades: a los amigos, a los menos amigos, a los simplemente conocidos, a los vecinos con los que el resto del año no tenemos el más mínimo contacto...en estos días sacamos nuestra mejor y más fría sonrisa-dentífrico y la repartimos por igual, dejándola caer donde primero nos pilla. Pero queda bonito eso de desearnos felicidades en estas fechas que se avecinan, sintamos o no en el interior de nuestro corazón la necesidad de que ese deseo de felicidad se convierta en realidad, que ese es otro cantar.
Sabemos que la palabra Navidad es una contracción de Natividad, que significa Nacimiento. Es decir, que estamos esperando la siempre agradable y buena noticia del nacimiento de un niño, y en este caso, del Niño Dios.
Y alrededor de ese nacimiento –que no olvidemos que se produjo en una cueva, sin más calor que el que producían los cuerpos del buey y de la mula y sin más alimentos que los pocos que llevaron los pastores, que no sería demasiado porque generalmente las alforjas de un pastor no tiene alimentos sobrados ni mucho menos, y menos aún para tener que compartir-- es donde hemos formado toda esa parafernalia de fiestas, música, consumismo, gastos, luces y felicitaciones por doquier.
Desde ya, las ONG’s, las cadenas de televisión, los grupos de cristianos más o menos comprometidos y otros colectivos, están recogiendo alimentos para que la noche de Navidad no se quede nadie sin su cena de ¿fiesta?. Y eso se hace en memoria del nacimiento del Niño.
Es decir, que los demás días del año, como no nace el Niño, las familias más necesitadas no tienen derecho a alimentarse igual que los demás. Sólo un día al año, y eso por ser Navidad. Y eso porque ese día nos nace el Niño Dios, ese Hijo de Dios que pasando el tiempo se verá obligado a señalarnos al ver nuestra falta de buena voluntad que: “Siempre que lo hacéis por uno de mis hermanos más pequeños, por Mi lo haceis”, porque los creyentes hemos olvidado en gran medida que Cristo vino para todos y, sobre todo, para los más necesitados, esos mismos necesitados que en estos días miran –-en muchos casos sin entender—nuestras manos repletas de alimentos para nuestras familias, mientras que para ellos solo queda, si acaso, un “Felicidades, hermano; que Dios le ampare”.
Y no hablo solo de los alimentos del cuerpo, que en muchas ocasiones no les son tan necesarios porque de alguna forma cuentan con ellos. En muchos casos, ese alimento que esperan es, simplemente, una muestra de cariño, una sonrisa dada desde el corazón, una cercanía sin interés, unas palabras de aliento, el calor de una brazo sobre los hombros, un acompañarles hasta la próxima esquina, un compartir con ellos siquiera unos minutos de nuestro “precioso” pero mal gastado tiempo... y tantas otras cosas como podemos ofrecer a Cristo a través de nuestros hermanos. Y nosotros, al mismo Cristo que se acerca a nosotros, le decimos simple y llanamente “felicidades hermano; que Dios el ampare”.
Y eso por muchas veces que nos repita desde nuestra conciencia, que es como decir desde nuestro propio interior: "Tuve hambre y me disteis de comer; sed y me disteis de beber; frío y me abrigasteis...” Y nosotros, conociéndonos como nos conocemos y sabiendo como somos y como nos comportamos, aún tendremos el valor suficiente para preguntarle “¿Cuándo hicimos por ti todo eso...?” Yo me imagino que la mirada que Cristo nos lance en esos momentos debe ser todo un diccionario de tristeza y de soledad, y que podría decirnos: “Nunca, hijo, hermano; nunca, a pesar de que te lo repetía todos los días”.
¿Seremos capaces de mirarle a la cara y decirle, como le dijo Pedro “Tu lo sabes todo, tu sabes que te quiero”? ¿Cómo le demostramos ese cariño del que presumimos?
Algo falla aquí. O, como dice el refrán castellano, “una cosa es predicar, y otra dar trigo”.
¿O será que falla el mismo Dios?
Pero no; Dios no nos falla. Aquí lo que falla es que los cristianos deberíamos celebrar la Navidad todos los días del año. Mientras en nuestro corazón no nazca el Niño cada segundo de nuestra existencia; mientras miremos con recelo a los demás y andemos más guiados por la envidia que por la caridad; mientras no veamos a los demás como hermanos; mientras en nuestro corazón no atesoremos solo la verdad de Cristo, nunca será Navidad.
Y todo esto sin despreciar los bienes que el mismo Dios nos ha dado. No se trata de hacernos nosotros iguales a ellos sino de hacer a ellos iguales a nosotros, que parece lo mismo pero hay un abismo imposible de cruzar entre ambas frases, aunque parezcan simplemente un juego de palabras.
Si Dios nos ha dado unos bienes más o menos cuantiosos, son para que los disfrutemos, para que vivamos según nuestras posibilidades, para que gocemos y para que al final de nuestra vida, cuando nos pida cuentas, podamos decirle: “Diez talentos me diste, y yo he ganado para ti otros diez”.
Y esos talentos, sin duda, se ganan dando amor en el sentido más amplio y más genérico de la palabra.
O como dice San Pablo en una de sus cartas a los corintios: “Si no tengo amor, nada soy”.
¿Tenemos amor? ¿Somos capaces de administrarlo, según nuestra capacidad, entre los más necesitados? Entonces es Navidad todos los días del año.
Pero si no es así, siento decirlo pero nunca, nunca, NUNCA será Navidad.
martes, 15 de diciembre de 2009
Por Isabel Orellana
" Las cosas importantes "
MENSAJES SUBLIMINARES EN TIEMPOS DIFÍCILES
A nadie se le escapa ya que la Iglesia católica está atravesando una época difícil. Al menos en España, las críticas y cortapisas tienen vías distintas. A veces son explícitas y otras están envueltas en el oropel televisivo y cinematográfico. Algunos guionistas, de los que no se pone en duda su brillantez e inteligencia, manejan con maestría unos diálogos dirigidos a capturar la pasividad de un público fervorosamente entregado a la película o a la serie televisiva. Ha sucedido recientemente con la taquillera “Ágora”. Pero como no hay nada nuevo bajo el sol, este ejemplo es simplemente eso: una pequeña muestra en un arte que hace años superó el siglo de vida. Y como no me he propuesto insertar una lista, ni siquiera breve, de films recientes que han puesto en solfa creencias compartidas por millares de personas, lo dejo aquí.
Pero lo cierto es que conviene asomarse a la gran o a la pequeña pantalla pertrechados por una crítica constructiva. No es oro todo lo que reluce. En estos momentos hay varias series televisivas que cuentan con miles de seguidores. La audiencia crece día en día. Dos de las producciones se exhiben en la primera cadena de TVE y se da la circunstancia de que el ideario que subyace en ellas –ideología, si lo prefieren–, es similar. Por no decir que es la misma. ¿Casualidad, coincidencia, o más bien, clara intención de “adoctrinar” al público? Que cada uno lo juzgue. Pero hace unos días, en una de estas exitosas series se tocó el tema de la Primera Comunión de un niño, el hijo de una de las protagonistas. Naturalmente, de forma muy fina, vamos a decir, pero clara y nítida como la luz del día, el guión subrayaba eventuales errores de un pasado en el que la formación religiosa pudo no convencer a todos. El temor al infierno y la afirmación de que podrían ser desterrados a él los niños que no hicieran la Primera Comunión, se mezclaba hábilmente con el valor de la libertad y la autonomía en las decisiones; también con la justicia. Un mundo justo sería ese en el que cada uno pudiese elegir lo que quiere hacer cuando crezca, en ese momento en el que se considera tiene lucidez para tomar ciertas determinaciones. En una palabra, se ensalzaba la inocencia del niño haciendo ver que estaba siendo mal dirigido. Ciertamente habrá sucedido así en muchos casos. Pero no en todos, y ese es el problema de lanzar a los cuatro vientos afirmaciones con vocación de infalibilidad. Es una verdad, pero a medias. Y ya sabemos lo que dice un dicho popular, que no hay mayor mentira que una verdad a medias.
No voy entrar en discusiones bizantinas, que a nada conducen, respecto a la capacidad de un niño para tomar ciertas decisiones. Por experiencia me consta que hay niños que actúan con una madurez y resolución que ya quisieran para sí muchos adultos. Desde sacar adelante a los miembros de la familia ante la imposibilidad o la falta de la madre o del padre, hasta defender con su vida la fe. No hablo de épocas pasadas. Eso está sucediendo también hoy día. No aceptemos mensajes subliminares tan fácilmente, que lo mismo intentan vendernos un coche haciéndonos creer que es el único y el más indicado para nuestra clase de vida, que invitarnos a negar lo que brota de lo más hondo de nuestro corazón. Una cosa es seguir profundizando en las formas más adecuadas de trasladar la fe y otra abandonar al niño, dejarlo en un mundo en el que prima o intenta imponer una visión única en la que fe y los valores encarnados en ella son inexistentes.
Es un error creer que la fe es dañina, retrógrada, que discurre al margen de la realidad. Si por realidad se entiende la defensa de un punto de vista que está vacío de trascendencia, ¿con qué ropaje se cubrirá la vida de una criatura cuando en ella hagan acto de presencia las contingencias de su personal devenir? Y estoy hablando ahora en términos prácticos, eso que tanto se lleva. Pero hay infinitamente mucho más que decir a otro nivel, y tengan por seguro que un niño no tiene dificultad en captarlo, quererlo y amarlo, digan lo que digan los demás.
MENSAJES SUBLIMINARES EN TIEMPOS DIFÍCILES
A nadie se le escapa ya que la Iglesia católica está atravesando una época difícil. Al menos en España, las críticas y cortapisas tienen vías distintas. A veces son explícitas y otras están envueltas en el oropel televisivo y cinematográfico. Algunos guionistas, de los que no se pone en duda su brillantez e inteligencia, manejan con maestría unos diálogos dirigidos a capturar la pasividad de un público fervorosamente entregado a la película o a la serie televisiva. Ha sucedido recientemente con la taquillera “Ágora”. Pero como no hay nada nuevo bajo el sol, este ejemplo es simplemente eso: una pequeña muestra en un arte que hace años superó el siglo de vida. Y como no me he propuesto insertar una lista, ni siquiera breve, de films recientes que han puesto en solfa creencias compartidas por millares de personas, lo dejo aquí.
Pero lo cierto es que conviene asomarse a la gran o a la pequeña pantalla pertrechados por una crítica constructiva. No es oro todo lo que reluce. En estos momentos hay varias series televisivas que cuentan con miles de seguidores. La audiencia crece día en día. Dos de las producciones se exhiben en la primera cadena de TVE y se da la circunstancia de que el ideario que subyace en ellas –ideología, si lo prefieren–, es similar. Por no decir que es la misma. ¿Casualidad, coincidencia, o más bien, clara intención de “adoctrinar” al público? Que cada uno lo juzgue. Pero hace unos días, en una de estas exitosas series se tocó el tema de la Primera Comunión de un niño, el hijo de una de las protagonistas. Naturalmente, de forma muy fina, vamos a decir, pero clara y nítida como la luz del día, el guión subrayaba eventuales errores de un pasado en el que la formación religiosa pudo no convencer a todos. El temor al infierno y la afirmación de que podrían ser desterrados a él los niños que no hicieran la Primera Comunión, se mezclaba hábilmente con el valor de la libertad y la autonomía en las decisiones; también con la justicia. Un mundo justo sería ese en el que cada uno pudiese elegir lo que quiere hacer cuando crezca, en ese momento en el que se considera tiene lucidez para tomar ciertas determinaciones. En una palabra, se ensalzaba la inocencia del niño haciendo ver que estaba siendo mal dirigido. Ciertamente habrá sucedido así en muchos casos. Pero no en todos, y ese es el problema de lanzar a los cuatro vientos afirmaciones con vocación de infalibilidad. Es una verdad, pero a medias. Y ya sabemos lo que dice un dicho popular, que no hay mayor mentira que una verdad a medias.
No voy entrar en discusiones bizantinas, que a nada conducen, respecto a la capacidad de un niño para tomar ciertas decisiones. Por experiencia me consta que hay niños que actúan con una madurez y resolución que ya quisieran para sí muchos adultos. Desde sacar adelante a los miembros de la familia ante la imposibilidad o la falta de la madre o del padre, hasta defender con su vida la fe. No hablo de épocas pasadas. Eso está sucediendo también hoy día. No aceptemos mensajes subliminares tan fácilmente, que lo mismo intentan vendernos un coche haciéndonos creer que es el único y el más indicado para nuestra clase de vida, que invitarnos a negar lo que brota de lo más hondo de nuestro corazón. Una cosa es seguir profundizando en las formas más adecuadas de trasladar la fe y otra abandonar al niño, dejarlo en un mundo en el que prima o intenta imponer una visión única en la que fe y los valores encarnados en ella son inexistentes.
Es un error creer que la fe es dañina, retrógrada, que discurre al margen de la realidad. Si por realidad se entiende la defensa de un punto de vista que está vacío de trascendencia, ¿con qué ropaje se cubrirá la vida de una criatura cuando en ella hagan acto de presencia las contingencias de su personal devenir? Y estoy hablando ahora en términos prácticos, eso que tanto se lleva. Pero hay infinitamente mucho más que decir a otro nivel, y tengan por seguro que un niño no tiene dificultad en captarlo, quererlo y amarlo, digan lo que digan los demás.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Por Isabel Orellana
" Las cosas importante "
OTRAS FORMAS DE MIRAR LO QUE NOS RODEA
Decía el pensador español Fernando Rielo que “nada debe negarse a un ser humano que desea impartir un bien del cual se juzga poseedor, porque no es lícito frustrar el deseo de alguien de hacer el bien. Primero, porque tiene el deber de hacerlo. Segundo, porque dignifica a la persona. El bien no es un ente abstracto, es bien concreto; luego en términos concretos y reales siempre dignifica”.
Esta certeza late no sólo en el espíritu de la Asociación Juventud Idente, que fue una de las fundaciones que Rielo puso en marcha, sino que alienta el sentir de las diversas entidades, en total dieciséis, que, junto con ella, el pasado día 25 de noviembre participaron en la Muestra de Voluntariado universitario malagueño. Un acierto debido al excelente quehacer de un equipo de profesionales de la UMA que nos ofrecieron la oportunidad de compartir en la Facultad de Ciencias de la Educación tantas ilusiones y esperanzas con los incontables alumnos y alumnas que se acercaron a los diversos stand. Todos tenemos que felicitarnos, porque una vez más se ha puesto de manifiesto que el voluntariado sigue siendo un valor en alza. Muchos jóvenes mostraron su anhelo de compartir parte de su preciado tiempo para mitigar las deficiencias que padecen tantos colectivos desfavorecidos; para ayudarles en cualquiera de los ámbitos que se les ofrecían, fuesen sociales, sanitarios y educativos.
La conciencia de la propia indigencia es uno de los signos del voluntariado. El rostro de un niño, de un anciano, de un enfermo o de cualquier criatura necesitada nos interpela. Si no hemos padecido determinadas carencias, podríamos llegar a sufrirlas o tal vez las tenemos muy cerca. Sea como fuere, nadie está libre de la dificultad que nos acecha cotidianamente disfrazada de soledades, temores y de tantas debilidades y contratiempos. A fin de cuentas, el devenir cabalga entre contingencias. Por eso, un ser humano que se sabe igual a otro no sólo comprende sus deficiencias, sino que se preocupa por ellas, le sale al encuentro y le ofrece lo mejor de sí sin esperar nada a cambio, consciente de que recibirá siempre mucho más de lo que dé. Destierra de su vocabulario las expresiones que el pesimismo y la desidia cincela en quienes no están dispuestos a darse por entero a los demás: “total, como no vamos a conseguir nada”; “esto no hay quien lo arregle”, etc. Y conocedor de que su labor jamás caerá en saco roto, aunque simplemente sea una gota de agua en un océano, el voluntario genuino nunca se detendrá. “Las gotas, recordará, también horadan las piedras”. Nada será igual en su vida cuando de verdad se ha entregado a la tarea de allanar el drama ajeno. Ya no podrá contemplar el mundo de la misma forma. Porque el sufrimiento de otros habrá espoleado su conciencia y le habrá prohibido mirar para otro lado.
Un cierto misterio, hermoso y desafiante en medio de la fiereza del dolor, envuelve la acción altruista del voluntario. La generosidad es único lema, derecho y deber que no pospone porque el tiempo no se detiene y sabe que ha de rescatar los corazones maltrechos de los afligidos, incentivar la vivencia de los valores universales, sonreír y llorar con esa criatura a la que la vida le ha privado de la salud, alimento, compañía, ternura y cariño. La gratitud del receptor de una acción solidaria es un preciado obsequio que el voluntario custodia fuertemente en su interior. Le conmueve y le impresiona poderosamente saber el alcance que su modesto quehacer tiene en la vida de otros, cómo le quieren, le estiman y le recuerdan, de qué modo se ha quedado apresado en su corazón.
Una vez más he de decir que lo que llega y conmueve poderosamente es lo que nos cambia la vida. La rutina, la búsqueda de sucedáneos que se han desvanecido incluso antes de la resaca, no conducen a ningún lugar. Son paisajes yermos donde la mirada no halla asiento porque nada tiene que atrapar. Sólo el amor restaura y dignifica. Es el motor que mueve el mundo, el artífice de la felicidad. Si de verdad creemos que hay más dicha en dar que en recibir, que nadie ni nada nos lo arrebate. Actuemos. Es un acto libre de la voluntad; está en nuestras manos.
OTRAS FORMAS DE MIRAR LO QUE NOS RODEA
Decía el pensador español Fernando Rielo que “nada debe negarse a un ser humano que desea impartir un bien del cual se juzga poseedor, porque no es lícito frustrar el deseo de alguien de hacer el bien. Primero, porque tiene el deber de hacerlo. Segundo, porque dignifica a la persona. El bien no es un ente abstracto, es bien concreto; luego en términos concretos y reales siempre dignifica”.
Esta certeza late no sólo en el espíritu de la Asociación Juventud Idente, que fue una de las fundaciones que Rielo puso en marcha, sino que alienta el sentir de las diversas entidades, en total dieciséis, que, junto con ella, el pasado día 25 de noviembre participaron en la Muestra de Voluntariado universitario malagueño. Un acierto debido al excelente quehacer de un equipo de profesionales de la UMA que nos ofrecieron la oportunidad de compartir en la Facultad de Ciencias de la Educación tantas ilusiones y esperanzas con los incontables alumnos y alumnas que se acercaron a los diversos stand. Todos tenemos que felicitarnos, porque una vez más se ha puesto de manifiesto que el voluntariado sigue siendo un valor en alza. Muchos jóvenes mostraron su anhelo de compartir parte de su preciado tiempo para mitigar las deficiencias que padecen tantos colectivos desfavorecidos; para ayudarles en cualquiera de los ámbitos que se les ofrecían, fuesen sociales, sanitarios y educativos.
La conciencia de la propia indigencia es uno de los signos del voluntariado. El rostro de un niño, de un anciano, de un enfermo o de cualquier criatura necesitada nos interpela. Si no hemos padecido determinadas carencias, podríamos llegar a sufrirlas o tal vez las tenemos muy cerca. Sea como fuere, nadie está libre de la dificultad que nos acecha cotidianamente disfrazada de soledades, temores y de tantas debilidades y contratiempos. A fin de cuentas, el devenir cabalga entre contingencias. Por eso, un ser humano que se sabe igual a otro no sólo comprende sus deficiencias, sino que se preocupa por ellas, le sale al encuentro y le ofrece lo mejor de sí sin esperar nada a cambio, consciente de que recibirá siempre mucho más de lo que dé. Destierra de su vocabulario las expresiones que el pesimismo y la desidia cincela en quienes no están dispuestos a darse por entero a los demás: “total, como no vamos a conseguir nada”; “esto no hay quien lo arregle”, etc. Y conocedor de que su labor jamás caerá en saco roto, aunque simplemente sea una gota de agua en un océano, el voluntario genuino nunca se detendrá. “Las gotas, recordará, también horadan las piedras”. Nada será igual en su vida cuando de verdad se ha entregado a la tarea de allanar el drama ajeno. Ya no podrá contemplar el mundo de la misma forma. Porque el sufrimiento de otros habrá espoleado su conciencia y le habrá prohibido mirar para otro lado.
Un cierto misterio, hermoso y desafiante en medio de la fiereza del dolor, envuelve la acción altruista del voluntario. La generosidad es único lema, derecho y deber que no pospone porque el tiempo no se detiene y sabe que ha de rescatar los corazones maltrechos de los afligidos, incentivar la vivencia de los valores universales, sonreír y llorar con esa criatura a la que la vida le ha privado de la salud, alimento, compañía, ternura y cariño. La gratitud del receptor de una acción solidaria es un preciado obsequio que el voluntario custodia fuertemente en su interior. Le conmueve y le impresiona poderosamente saber el alcance que su modesto quehacer tiene en la vida de otros, cómo le quieren, le estiman y le recuerdan, de qué modo se ha quedado apresado en su corazón.
Una vez más he de decir que lo que llega y conmueve poderosamente es lo que nos cambia la vida. La rutina, la búsqueda de sucedáneos que se han desvanecido incluso antes de la resaca, no conducen a ningún lugar. Son paisajes yermos donde la mirada no halla asiento porque nada tiene que atrapar. Sólo el amor restaura y dignifica. Es el motor que mueve el mundo, el artífice de la felicidad. Si de verdad creemos que hay más dicha en dar que en recibir, que nadie ni nada nos lo arrebate. Actuemos. Es un acto libre de la voluntad; está en nuestras manos.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Por D. Jose Ignacio Munilla
El aborto tiene muchos “cómplices”
Buscar titulares de impacto, suele tener el riesgo de la simplificación caricaturesca. Lo hemos comprobado en el modo en que nos fue servida la noticia de las declaraciones del Secretario de la Conferencia Episcopal Española, referente a la responsabilidad de los políticos católicos en la votación de la Ley del Aborto. Esa misma sensación la he tenido yo al leer en un titular, las siguientes palabras puestas en mis labios: “Quien apruebe la Ley del Aborto estará en situación de complicidad de asesinato”. Ciertamente…, es así… Pero, las afirmaciones tienen un contexto explicativo que no puede ser ignorado.
La mujer no es la única responsable
La doctrina moral católica aborda la cuestión de la responsabilidad moral en los actos en que hay una cooperación con el mal. La culpabilidad no recae exclusivamente en quien realiza materialmente el mal, sino también, en mayor o menor grado, en aquellos que han cooperado con él. En el caso del aborto: aquellos que han incitado, o incluso, presionado para que la mujer aborte; el médico y el personal sanitario que realiza la operación; el dueño de la clínica abortista que se enriquece con el “negocio”; la clase política que ha dado amparo legal a la eliminación de la vida inocente…
La responsabilidad moral del político
La vocación política tiene la finalidad de buscar el bien común, poniendo un especial énfasis en la defensa de los más débiles. Como es obvio, cualquier legislación proabortista es totalmente contradictoria con esta vocación política. Es un absurdo que existan más respaldos legales para acabar con la vida humana, que para ayudar a sacarla adelante.
Así se entienden las declaraciones que hemos realizado los obispos: Los políticos católicos que voten a favor de una ley del aborto, se colocan en una situación de total y abierta contradicción con su fe (además de legislar contra natura, esto es, de forma contraria a su propia vocación política).
Tampoco estará de más recordar que existe una complicidad por “omisión”, es decir, por dejación de las responsabilidades políticas. Me refiero al caso de aquellos que, aunque no voten a favor de una ley del aborto, no cumplen con su obligación moral de derogarla cuando posteriormente alcanzan el poder.
Acordémonos de Mandela
Sorprende comprobar las reacciones producidas ante este posicionamiento de la Iglesia. Parece como si el problema estribase en una agresión de la Iglesia hacia la clase política… Sin embargo, lo único cierto es que los agredidos son los niños a los que no se les permite ver la luz, por la única razón de que no son “deseados”.
No olvidemos que Mandela pasó veintisiete años en la cárcel porque pensaba (y no se callaba) que los negros son iguales que los blancos. Nosotros afirmamos que los niños que están en el seno de sus madres, tienen la misma dignidad que los que están fuera… No sé si tendrán que pasar otros veintisiete años para que una afirmación tan “atrevida” pueda ser expresada públicamente, sin caer por ello en el ostracismo… ¡¡Cómo nos duele a todos que nos recuerden nuestras responsabilidades morales!! Sin embargo, como dijo Jesucristo: “La Verdad nos hace libres”. Y yo añado: “¡aunque escueza!”
Buscar titulares de impacto, suele tener el riesgo de la simplificación caricaturesca. Lo hemos comprobado en el modo en que nos fue servida la noticia de las declaraciones del Secretario de la Conferencia Episcopal Española, referente a la responsabilidad de los políticos católicos en la votación de la Ley del Aborto. Esa misma sensación la he tenido yo al leer en un titular, las siguientes palabras puestas en mis labios: “Quien apruebe la Ley del Aborto estará en situación de complicidad de asesinato”. Ciertamente…, es así… Pero, las afirmaciones tienen un contexto explicativo que no puede ser ignorado.
La mujer no es la única responsable
La doctrina moral católica aborda la cuestión de la responsabilidad moral en los actos en que hay una cooperación con el mal. La culpabilidad no recae exclusivamente en quien realiza materialmente el mal, sino también, en mayor o menor grado, en aquellos que han cooperado con él. En el caso del aborto: aquellos que han incitado, o incluso, presionado para que la mujer aborte; el médico y el personal sanitario que realiza la operación; el dueño de la clínica abortista que se enriquece con el “negocio”; la clase política que ha dado amparo legal a la eliminación de la vida inocente…
La responsabilidad moral del político
La vocación política tiene la finalidad de buscar el bien común, poniendo un especial énfasis en la defensa de los más débiles. Como es obvio, cualquier legislación proabortista es totalmente contradictoria con esta vocación política. Es un absurdo que existan más respaldos legales para acabar con la vida humana, que para ayudar a sacarla adelante.
Así se entienden las declaraciones que hemos realizado los obispos: Los políticos católicos que voten a favor de una ley del aborto, se colocan en una situación de total y abierta contradicción con su fe (además de legislar contra natura, esto es, de forma contraria a su propia vocación política).
Tampoco estará de más recordar que existe una complicidad por “omisión”, es decir, por dejación de las responsabilidades políticas. Me refiero al caso de aquellos que, aunque no voten a favor de una ley del aborto, no cumplen con su obligación moral de derogarla cuando posteriormente alcanzan el poder.
Acordémonos de Mandela
Sorprende comprobar las reacciones producidas ante este posicionamiento de la Iglesia. Parece como si el problema estribase en una agresión de la Iglesia hacia la clase política… Sin embargo, lo único cierto es que los agredidos son los niños a los que no se les permite ver la luz, por la única razón de que no son “deseados”.
No olvidemos que Mandela pasó veintisiete años en la cárcel porque pensaba (y no se callaba) que los negros son iguales que los blancos. Nosotros afirmamos que los niños que están en el seno de sus madres, tienen la misma dignidad que los que están fuera… No sé si tendrán que pasar otros veintisiete años para que una afirmación tan “atrevida” pueda ser expresada públicamente, sin caer por ello en el ostracismo… ¡¡Cómo nos duele a todos que nos recuerden nuestras responsabilidades morales!! Sin embargo, como dijo Jesucristo: “La Verdad nos hace libres”. Y yo añado: “¡aunque escueza!”
Por Isabel Orellana
" Las cosas importantes "
EXTRAÑO ASOMBRO
Hay sorpresas colectivas que llaman la atención. Sobre todo, cuando se crea una disociación interna y se aceptan con plena naturalidad unas consignas, denostando otras. El tema tiene que ver con el derecho y el deber de la Iglesia a recordar el compromiso que han contraído con ella los católicos. Muchos, para variar, se han rasgado las vestiduras al conocer las declaraciones que el Secretario General y portavoz de la Conferencia Episcopal Española ha efectuado recientemente para que no haya duda de la conducta que ha de seguirse en torno al controvertido y gravísimo tema del aborto. Quisieran que la Iglesia apoyara sus tesis, que diese vía libre para que cada cual seleccionase lo que le conviene y le agrada. Y pudiese rechazar sin problemas –no sé si de conciencia siquiera, o simplemente como manifestación verbal, opinable–, lo que no encaja con su visión. Digo esto porque una gran parte de los críticos no sancionan las indicaciones de la Iglesia porque les vaya en ello su vida. Lo hacen, simplemente, porque la crítica ha anidado en sus corazones. Porque se han acostumbrado a erigir barreras y a convertirse en censores de esos mismos que critican. Es lo que toca en una sociedad transgresora, que se deja llevar por el relativismo y el hedonismo.
En el ámbito puramente civil, las entidades mercantiles, bancarias, culturales, académicas, los centros comerciales, sociedades y cualquier asociación aunque sea de barrio, por mencionar algunas de las incontables que existen, tiene sus consignas. Y si alguien quiere pertenecer a ellas, debe acatarlas. Es tan sencillo como eso. Nadie está obligado a formar parte de un colectivo determinado a regañadientes. Para afiliarse, convertirse en cliente habitual, si es el caso, y formar parte de un entidad, comercio, asociación, institución, sociedad, o colectivo determinado no se le ocurriría exigir o poner como condición a los responsables del mismo que cambiasen el aspecto concreto que no le interesa. Y eso lo comprende y lo sabe todo el mundo. Si realmente desea vincularse a un grupo, o a frecuentar un lugar, buscará el que se ajuste a sus ideas.
¿A quién se le ocurre decirle a otra persona: me gusta mucho tu padre, tu madre, tu hijo, etc., y a continuación le añade el consabido “pero” para indicar a continuación lo que le cambiaría para que fuese de su agrado? No creo que el interfecto se lo consintiera. Estoy segura de que nada de esto que se ha dicho, a vuela pluma, cause asombro. Es lo natural. El mismo derecho que ampara en una sociedad democrática a cada persona para que pueda elegir libremente lo que quiera, lo tiene quien se mantiene firme en sus principios.
Cuando se trata de la Iglesia, ¿cuántos pretendientes surgen a cada paso con el afán de modificar lo que en sí mismo es inmodificable? Los que quieren llevar el gato al agua son legión. A éstos les diría que no se preocupen tanto por esa Iglesia a la que no aman; que no se esfuercen en alzar la voz; que no pierdan su preciado tiempo empeñados en contra-argumentar lo que está escrito en el Evangelio, y lo que es custodiado por la Tradición y el Magisterio. Esto no es una anarquía. No tenemos como consigna el “todo vale”. Lo que Cristo pide a los que le seguimos es que nos neguemos a nosotros mismos y que tomemos la cruz. De ese modo, y no de otro, podemos ir tras Él. Lo que nos pide es que amemos a nuestros semejantes como Él nos amó; como nos amamos a nosotros mismos. Que demos la vida por ellos porque son nuestros hermanos. Que defendamos al débil, al necesitado, al enfermo, al desvalido; que devolvamos bien por mal; que no nos cansemos de hacer el bien; que perdonemos las ofensas; que no nos dejemos llevar por la crítica … Si alguien no quiere acatar esta forma de vida, puede, libremente, volver sus ojos en otra dirección. Pero que no se le olvide: la Iglesia siempre tiene sus puertas abiertas.
Hay sorpresas colectivas que llaman la atención. Sobre todo, cuando se crea una disociación interna y se aceptan con plena naturalidad unas consignas, denostando otras. El tema tiene que ver con el derecho y el deber de la Iglesia a recordar el compromiso que han contraído con ella los católicos. Muchos, para variar, se han rasgado las vestiduras al conocer las declaraciones que el Secretario General y portavoz de la Conferencia Episcopal Española ha efectuado recientemente para que no haya duda de la conducta que ha de seguirse en torno al controvertido y gravísimo tema del aborto. Quisieran que la Iglesia apoyara sus tesis, que diese vía libre para que cada cual seleccionase lo que le conviene y le agrada. Y pudiese rechazar sin problemas –no sé si de conciencia siquiera, o simplemente como manifestación verbal, opinable–, lo que no encaja con su visión. Digo esto porque una gran parte de los críticos no sancionan las indicaciones de la Iglesia porque les vaya en ello su vida. Lo hacen, simplemente, porque la crítica ha anidado en sus corazones. Porque se han acostumbrado a erigir barreras y a convertirse en censores de esos mismos que critican. Es lo que toca en una sociedad transgresora, que se deja llevar por el relativismo y el hedonismo.
En el ámbito puramente civil, las entidades mercantiles, bancarias, culturales, académicas, los centros comerciales, sociedades y cualquier asociación aunque sea de barrio, por mencionar algunas de las incontables que existen, tiene sus consignas. Y si alguien quiere pertenecer a ellas, debe acatarlas. Es tan sencillo como eso. Nadie está obligado a formar parte de un colectivo determinado a regañadientes. Para afiliarse, convertirse en cliente habitual, si es el caso, y formar parte de un entidad, comercio, asociación, institución, sociedad, o colectivo determinado no se le ocurriría exigir o poner como condición a los responsables del mismo que cambiasen el aspecto concreto que no le interesa. Y eso lo comprende y lo sabe todo el mundo. Si realmente desea vincularse a un grupo, o a frecuentar un lugar, buscará el que se ajuste a sus ideas.
¿A quién se le ocurre decirle a otra persona: me gusta mucho tu padre, tu madre, tu hijo, etc., y a continuación le añade el consabido “pero” para indicar a continuación lo que le cambiaría para que fuese de su agrado? No creo que el interfecto se lo consintiera. Estoy segura de que nada de esto que se ha dicho, a vuela pluma, cause asombro. Es lo natural. El mismo derecho que ampara en una sociedad democrática a cada persona para que pueda elegir libremente lo que quiera, lo tiene quien se mantiene firme en sus principios.
Cuando se trata de la Iglesia, ¿cuántos pretendientes surgen a cada paso con el afán de modificar lo que en sí mismo es inmodificable? Los que quieren llevar el gato al agua son legión. A éstos les diría que no se preocupen tanto por esa Iglesia a la que no aman; que no se esfuercen en alzar la voz; que no pierdan su preciado tiempo empeñados en contra-argumentar lo que está escrito en el Evangelio, y lo que es custodiado por la Tradición y el Magisterio. Esto no es una anarquía. No tenemos como consigna el “todo vale”. Lo que Cristo pide a los que le seguimos es que nos neguemos a nosotros mismos y que tomemos la cruz. De ese modo, y no de otro, podemos ir tras Él. Lo que nos pide es que amemos a nuestros semejantes como Él nos amó; como nos amamos a nosotros mismos. Que demos la vida por ellos porque son nuestros hermanos. Que defendamos al débil, al necesitado, al enfermo, al desvalido; que devolvamos bien por mal; que no nos cansemos de hacer el bien; que perdonemos las ofensas; que no nos dejemos llevar por la crítica … Si alguien no quiere acatar esta forma de vida, puede, libremente, volver sus ojos en otra dirección. Pero que no se le olvide: la Iglesia siempre tiene sus puertas abiertas.
lunes, 26 de octubre de 2009
Por la Diocesis de Malaga
ÁGORA - FILM DE ABENÁMAR
1. «ÁGORA: HIPATIA», UN MENSAJE IDEOLÓGICO QUE HUELE A PODRIDO, "La Razón", 7 octubre 2009.
2. Jorge-Juan Fernández Sangrador, Director de la Biblioteca de Autores Cristianos, HYPATÍA Y LA PASIÓN POR LA VERDAD, (ABC Editorial, 14 octubre 2009).
3. Juan Orellana, Director del Departamento de Cine de la Conferencia Episcopal Española, ÁGORA, LA NUEVA PELÍCULA DE AMENÁBAR.
1. «ÁGORA: HIPATIA», UN MENSAJE IDEOLÓGICO QUE HUELE A PODRIDO, "La Razón", 7 octubre 2009.
2. Jorge-Juan Fernández Sangrador, Director de la Biblioteca de Autores Cristianos, HYPATÍA Y LA PASIÓN POR LA VERDAD, (ABC Editorial, 14 octubre 2009).
3. Juan Orellana, Director del Departamento de Cine de la Conferencia Episcopal Española, ÁGORA, LA NUEVA PELÍCULA DE AMENÁBAR.
1. «ÁGORA: HIPATIA», UN MENSAJE IDEOLÓGICO QUE HUELE A PODRIDO, "La Razón", 7 octubre 2009.
El cine es un maravilloso medio para contar la Historia, pero tiene sus limitaciones: a veces, las ambiciones excesivas pasan factura. Los realizadores de «El Código da Vinci» pretendieron convertir a Magdalena en diosa y se pasaron. Amenábar pretende, nada más y nada menos, contar una historia a partir de la cual «el mundo cambió para siempre». Y se ha vuelto a pasar cuatro pueblos más. La película tiene tantos mensajes ideológicos que es imposible meterlos en dos horas y, al mismo tiempo, mantener un ritmo entretenido, interesante y espectacular.
El cine requiere medir las secuencias, los silencios, los tránsitos y, sobre todo, un guión que mantenga la atención del espectador. Es una pena, porque la película contaba con todos los mimbres: un gran director, una generosa producción, una preciosa actriz, un maravilloso decorado y una perfecta ambientación.
Pero lo que pretenden es inyectar en una pastilla los siguientes mensajes: primero, que las religiones generan odio y violencia. Segundo, que el cristianismo es la más talibán de todas y la que empezó. Tercero, que existen dos mundos, por una parte, el de la filosofía y la ciencia, contrapuesto e incompatible con el de la religión. Cuarto, que el cristianismo al principio fue misericordioso, pero la jerarquía eclesiástica y la Iglesia son por definición intolerantes y fundamentalistas. Y, sobre todo, hay dos mensajes más que son especialmente queridos por la película y por toda la explosión de libros y propaganda que estos días se vienen haciendo: el cristianismo es la causa de la caída del Imperio Romano y de la desaparición de la sabiduría grecolatina. Además, es el culpable de la subordinación y dominación de la mujer por parte del hombre. En fin, Alejandría e Hipatia son el símbolo de una civilización grecorromana basada en la filosofía, la ciencia y la libertad, hasta que llegó el cristianismo y comenzó la oscura Edad Media. Demasiado para una sola película. Y la cosa continúa porque, según declara el director, «es increíble cómo se parece a la situación actual».
¿Es casualidad que desde julio hasta el estreno de la película se hayan publicado más de cuatro biografías sobre Hipatia, paradigma de las cuales es la de Clelia Martínez Maza, financiada por la Dirección General de Ciencia y Tecnología. Más de 10 novelas, ejemplo de las cuales es la escrita por el hermano de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura, además de multitud de estudios de historia sobre la época. Y todo ello con el mismo mensaje. Que todo salga al mismo tiempo no puede ser casualidad. Una vez más, nos encontramos con un ataque ideológico perfectamente orquestado, del cual, por cierto, Amenábar suele ser pistoletazo de salida, como lo fue en el caso de «Mar adentro» con la eutanasia.
Ahora la cosa va directamente contra la religión y particularmente contra el cristianismo. Lo malo de la trama que cuenta la película es que es mentira desde el principio hasta el final. Forma parte de la estrategia de reescribir la Historia a la que es tan aficionada nuestra izquierda. Hipatia no fue asesinada siendo una joven tan hermosa como Rachel Weisz, de 38 años, sino que murió en el año 415 y tenía 61. No fue famosa por sus dotes de astronomía por más que en la película se empeñen terca y cansadamente, atribuyéndole haberse adelantado a Kepler más de mil años; sino porque era una «divina filósofa» platónica, en palabras del obispo cristiano Sinesio de Cirene –única fuente coetánea que se conserva sobre ella–, a la que llama en sus cartas «madre, hermana, maestra, benefactora mía». El citado obispo, a quien en la película se le hace traidor y cómplice en el asesinato de la filósofa, murió dos años antes que ella, así que es imposible que tuviera nada que ver con su muerte. Ella fue virgen hasta el final, pero no vivió la castidad como ha dicho la protagonista, que se ha declarado feminista radical, «para ser igual que un hombre y poder ejercer una profesión con plena dedicación». Lo hizo porque, coherente con su filosofía, ejercía la Sofrosine, es decir el dominio de uno mismo a través de las virtudes entendidas como el control de los instintos y las pasiones.
Hipatia nunca fue directora de la Biblioteca de Alejandría, ni ésta fue destruida por los talibanes cristianos. La biblioteca fue incendiada por Julio César, saqueada junto con el resto de la ciudad por Aureliano en el año 273, y rematada por Diocleciano en 297. Es verdad que en el año 391 fue destruido lo que quedaba del templo del Serapeo después de la destrucción por los judíos en tiempos de Trajano, y también el repaso que le pegó Diocleciano, quien, para conmemorar la hazaña, puso allí su gran columna, razón por la cual los cristianos lo destruyeron, ya que él era el símbolo de las persecuciones que sufrieron durante trescientos años. Pero lo que allí quedaba de la biblioteca era tanto como lo que restaba en otros sitios. El paganismo siguió existiendo en Alejandría hasta que llegaron los árabes. Y el neoplatonismo siguió floreciendo, hasta que lo recuperó el renacimiento cristiano. Por cierto, que yo sepa, su más brillante exponente se llamaba San Agustín, coetáneo de Hipatia.
«Ágora: Cirilo»
La historia de Hipatia ha sido objeto de manipulación por todas las tendencias ideológicas, desde la Ilustración hasta el feminismo radical más reciente. Para algunos, como Voltaire, «desde la muerte de Hipatia hasta la Ilustración, Europa está sumida en la oscuridad; la Ilustración, al rebelarse contra la autoridad de la Iglesia, la revelación y los dogmas, vuelve a abrir la iluminación de la razón». En la última versión feminista de Úrsula Molinaro, Hipatia es la campeona del amor libre, a pesar de que en realidad era virgen. La conclusión es que de la verdadera historia de Hipatia se pasa a la leyenda de Hipatia, que se convierte en la leyenda del Crimen de Alejandría, cuyo protagonista principal es el obispo Cirilo.
La película de Amenábar recoge casi todos los ingredientes de esta leyenda: Hipatia es símbolo de mujer libre que representa el fin de la cultura grecolatina y el comienzo del oscurantismo cristiano, asesinada por unos fanáticos talibanes cristianos al mando del obispo Cirilo.
¿De dónde surge esta leyenda? El primero que narró el crimen fue Sócrates Escolástico en el siglo V, un letrado al servicio del patriarca de Constantinopla Néstorio, enemigo del patriarca de Alejandría Cirilo. Pero la atribución directa a este último de la autoría del asesinato fue cosa del escritor pagano Damascio, que escribió la «Vida de Isidoro», que es una apología del paganismo durante el final del siglo V y principios del VI.
No obstante, la auténtica leyenda surge con la obra de John Toland en 1720. Éste era un irlandés, hijo ilegítimo de un sacerdote católico, que se hizo protestante y posteriormente activo militante del ateísmo en la Gran Logia de Londres. Después vino Voltaire; después, el historiador Edward Gibbon, quien, para argumentar su tesis acerca de que el cristianismo es la causa interna de la decadencia del Imperio Romano, utiliza la leyenda de Hipatia y declara a Cirilo responsable de todos los conflictos que estallaron en Alejandría en el siglo V. Más tarde llegarán las versiones románticas de Leconte de Lisle y otros, y finalmente el feminismo radical, para el que Hipatia fue la primera mártir de la misoginia propia del cristianismo. Todos los autores citados, y alguno más, tienen una cosa en común: son masones reconocidos.
Una de las grandes mentiras de la historia que se quiere propagar es que la mujer fue libre en Grecia y en Roma hasta que llegó el cristianismo y la sometió la sujeción del hombre; a esta idea también contribuye la película. Lo cierto es que en Grecia la mujer era considerada una cosa más de la casa, y en Roma, no era una «sui iuris», es decir, titular de derechos, sino que era considerada «capiti diminutio», como un niño o un incapacitado y, por tanto, estaba sometida a la tutela o la «manus» del padre o del marido. Por el contrario, fue el cristianismo el que consideró al hombre y a la mujer iguales en naturaleza, pues ambos son hijos de Dios y hermanos en Cristo; y prueba de ello es que las primeras manifestaciones de mujeres libres autodeterminándose, pese a la voluntad de sus padres o del estado, fueron las primeras mártires cristianas víctimas de las persecuciones romanas, tales como Inés Ágata o Cecilia. Y precisamente la explicación fundamental en torno al odio a Cirilo está en esta cuestión. Independientemente de que la carta de San Pablo a Timoteo no refleja precisamente una visión emancipada de la mujer, no es creíble que Cirilo la impusiera como literalidad a cumplir, porque es precisamente Cirilo quien más ha exaltado en la historia de la humanidad la condición femenina, pues a él se debe la expresión «Theotokos», palabra griega que significa madre de Dios.
El personaje del que hablamos, al que la película presenta con caracteres parecidos a Bin Laden para luego dejar en letras la explicación de que a ese «energúmeno» que ustedes han visto la Iglesia católica lo hizo Santo y León XIII lo declaró doctor de la Iglesia, efectivamente es San Cirilo de Alejandría. Él fue el que derrotó a la herejía Nestoriana en el Concilio de Éfeso del 431. En esencia, la disputa consistía en si María era madre de Cristo o madre de Dios. De la respuesta a esta cuestión surge algo muy importante: la doble naturaleza divina y humana en una persona llamada Cristo. Cirilo consiguió que se convocase un concilio en Éfeso, puesto que era el lugar donde vivió sus últimos años la Virgen María, y logró que la Iglesia declarase el primer dogma mariano de la historia: María, Madre de Dios. Hasta aquel momento nadie en la historia había conseguido colocar a un ser humano mujer por encima de cualquier hombre. Éste es el personaje que en el fondo persigue la leyenda de Hipatia; curiosamente, Beltrand Rusell comienza su «Historia del pensamiento occidental» con una irónica semblanza de San Cirilo diciendo: «El motivo principal de su fama es el linchamiento de Hipatia». Todo esto huele excesivamente a podrido.
2. HYPATÍA Y LA PASIÓN POR LA VERDAD
Jorge-Juan FERNÁNDEZ SANGRADOR,
Director de la Biblioteca de Autores Cristianos
(ABC Editorial, 14 octubre 2009)
Sócrates, nacido a finales del siglo IV en Constantinopla, cuenta, en el libro séptimo de su Historia de la Iglesia, lo que le sucedió a la hija de Theon, Hypatía de Alejandría, que, habiendo hecho acopio de gran erudición, superaba con mucho a los filósofos de su tiempo; platónica según la escuela de Plotino, instruía a numerosos estudiantes. Y por su ciencia, autoridad, prestigio y modestia, comparecía en instancias de la administración pública; de ahí el que, a la par que respeto, su proximidad a las autoridades levantara suspicacias. En efecto, la envidia, por un lado, y el hecho, por otro, de verla conversar frecuentemente con Orestes, prefecto imperial, enfrentado con Cirilo, el obispo, dio pie a que se hiciera circular, entre los cristianos, la especie de que era ella la que impedía la reconciliación entre ambos, cosa que Sócrates califica de falsa acusación.
A resultas del bulo, un tal Pedro urdió, junto con un grupo de hombres enardecidos, la conspiración que había de acabar de modo execrable con Hypatía. Arrastrada hasta la iglesia conocida como Kaisarion, despojada de sus ropas, la despedazaron y sus miembros fueron arrojados después al fuego. Según Sócrates, no fue poca la deshonra que esto trajo al patriarca Cirilo y a la iglesia de Alejandría, pues actos así no son propios de cristianos. Mas nunca se pudo probar que Cirilo fuera responsable de aquella muerte horrenda.
Sobre Hypatía han escrito también Damascio, Hesiquio, Suidas y Focio, pero merece la pena leer, sobre todo, lo que Sinesio de Cirene, su discípulo, dice de ella en las afectuosas epístolas que le envía.
Entre otras cosas, porque, en una de éstas, se conservan las únicas palabras de Hypatía que han llegado hasta nosotros: «Hubo un tiempo en que yo servía de provecho a mis amigos -escribió él- y tú me llamabas «el bien de los demás» -decía ella-». Espigando entre las antedichas misivas, se puede adivinar el cariño que el obispo de Tolemaida le profesaba: «Aun cuando uno se olvide de los muertos en la mansión de Hades, yo, incluso allí, me acordaré de la querida Hypatía».
De no ser por el modo en que fue asesinada, Hypatía habría pasado discretamente por la historia de la filosofía, pues lo poco que escribió fueron meros comentarios de tratados compuestos por otros:
Tolomeo, Apolonio y Diofanto. De igual modo, su padre, Theon, es apreciado en la historia del conocimiento únicamente por lo que ha transmitido y glosado, no por lo que haya aportado de primera mano.
Esta falta de originalidad es propia del final de la Escuela de Alejandría, cuyos miembros son calificados por Ferrater Mora de «epígonos» de los grandes maestros de la antigüedad. Por ello, cuando se habla de los «últimos helenos» no hay que interpretarlo en sentido romántico, sino en el de que son los últimos cultores de un modo de entender el helenismo, devotos que se resistían a aceptar que el cristianismo fuese capaz de inyectar savia nueva a paradigmas que periclitaban.
De la vitalidad intelectual de la nueva fe rinden cumplido testimonio los abundantes escritos legados a la posteridad. Un ejemplo de ello, sin ir más lejos, por contemporáneo, es el de Cirilo de Alejandría, cuya producción literaria es amplísima. Diez volúmenes del Migne contienen dieciocho tratados y numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales. Cabe igualmente hacer mención de la turbina intelectual que era la lúcida mente de Orígenes, cuyas especulaciones, en el siglo III, están a disposición de quien se atreva a adentrarse en su ingente obra.
Puede decirse que el ejercicio sistemático de la teología, al menos tal como se entiende hoy, nació en Alejandría. A ello contribuyó, en buena medida, el hecho de que el cristianismo hallara, en el platonismo, la filosofía que habría de surtir de adecuadas categorías a quienes trataban de articular un discurso que, apoyado básicamente en la revelación divina, aspiraba a mostrarse asequible a la razón humana, lo cual no sucedió de la noche a la mañana, pero el iter seguido en Alejandría hasta lograr una bien trabada relación entre sagrada escritura, filosofía y teología, constituye un hito en la historia del pensamiento.
Ahora bien, desconoce el meollo de la actividad intelectual quien piense que el alumbramiento de ideas y nuevos sistemas de interpretación de la realidad acaece de una manera aséptica, equidistante, pacífica y sin tensiones. Y menos en Alejandría. En la Historia Augusta, se tilda, a los habitantes de Egipto, de presuntuosos, irritables, jactanciosos, frívolos, ávidos de novedades, epigramáticos, levantiscos, propensos a la injuria, entre otras cosas. Y los antiguos denostaban también en esos términos a los pobladores de la gran metrópoli, capital por antonomasia de la cultura, Alejandría. La verdad es que daban pie a ello, pues del rifirrafe pasaban a la revuelta ciudadana en un instante; no en vano se acuñó una expresión que definía bien el carácter de aquellas gentes: furor alexandrinus. Y quizás por eso anidó allí, de forma incomparable, la sabiduría, la cual, apasionada como es, había de encontrar una digna morada en sus escuelas, no por estar atenidas a un eclecticismo inopinado, sino precisamente por ser ardorosas.
Las recreaciones artísticas de lo que aconteció en aquella sociedad, a lo largo de su ajetreada historia, suelen dejar insatisfecho a quien las contempla, pues hacen gala innecesariamente de tópicos infundados.
Un ejemplo. El año pasado, en Madrid, se exhibieron piezas helenísticas y romanas, que, provenientes del delta del Nilo, habían sido rescatadas del fondo del mar. Los textos de los paneles explicativos eran de este estilo: «El cristianismo acabó con las delicias de Canopo», «bajo la presión de los cristianos», «responsables de la destrucción del Serapeo», «estos fanáticos atacan los lugares de culto», «aldea aletargada alrededor de un convento de monjas».
Ante esas aseveraciones, que se van haciendo cada vez más frecuentes, la Iglesia copta no deja de repetir que ella ha devenido la legítima heredera de la espléndida cultura que floreció tanto en el Egipto faraónico como en el helenístico; es más, que pervive aún gracias a ella; que su lengua es el egipcio antiguo, combinado, en la escritura, con el alfabeto griego; que los términos «copto» y «egipcio» significan lo mismo, pues ambos derivan del griego aigypt(i)os, que es, a su vez, una corrupción fonética del egipcio Hak-ka-Ptah, que es como se denominaba a Menfis: casa o templo del espíritu de Ptah.
Todo ello hace que lectores, espectadores y consumidores de arte vayan adquiriendo mayor destreza en situarse ante lo que ven u oyen, y mantenerse impermeables frente a lo que per viam pulchritudinis intentan transfundirles escritores, cineastas y gestores culturales.
Incluida la dramatización actual de la muerte de Hypatía, que, en la historia de la literatura, tiene ya un largo recorrido, siempre problemático por supuestamente provocador. Es de esperar que la actual eclosión del argumento responda al deseo vehemente de hacerle justicia a ella -y, de paso, a Catalina de Alejandría-, y no al de meter el dedo en el ojo de quien no tiene la culpa de lo que sucedió en Alejandría hace casi mil seiscientos años.
3. ÁGORA, LA NUEVA PELÍCULA DE AMENÁBAR
Juan Orellana, Director del Departamento de Cine
de la Conferencia Episcopal Española.
Imagínense que hay que explicar en cine la realidad de Norteamérica a alguien que no sabe nada de historia, de culturas, nada de nada. Y para explicarle cómo es América le enseñamos unos planos de unas familias japonesas, entrañables y de pocos recursos económicos. Luego aparece un avión donde sale un piloto con cara de bruto mascando chicle, y con fotos de playmates pegadas en el salpicadero. Por último vemos cómo ese avión lanza la bomba atómica sobre la ciudad de esas amables familias japonesas.
Una vez terminado el cortometraje, se le dice al ignorante espectador:
“Ya ves, esto es América”. Hiroshima existió. Nadie lo duda.
Nadie se alegra. Pero el juicio sobre los americanos que se deduce de ese pequeño film, ¿es verdadero?, ¿es justo?, ¿es aceptable? En absoluto, bajo ningún punto de vista. Es una mentira. Aunque Hiroshima sea una verdad.
Esto mismo es lo que sucede con la última película de Amenábar,
Ágora: unas bases históricas reales, muchísimo maquillaje y caricatura históricas, para llegar a unas conclusiones completamente equivocadas.
1) Ángeles paganos y demonios cristianos
Ágora es presentada por Amenábar como un film contra la intolerancia.
“Ningún católico de hoy debería sentirse ofendido; sólo deberían sentirse apelados los fundamentalistas que han estado poniendo bombas este verano”, ha declarado el director a Cinemanía. “Sirve para un terrorista islámico, para un terrorista de ETA, para cualquiera que lo practique”, insiste en Fotogramas. Sin embargo, esa impecable declaración de intenciones no parece sincera a la vista de los resultados ni explica suficiente ni correctamente la película. Es necesario analizar el marco elegido por el cineasta para su alegato contra la intolerancia.
El contexto histórico son unos hechos luctuosos perpetrados por cristianos y paganos desmadrados entre los siglos IV y V en Alejandría. Según el historiador de la Iglesia Hubert Jedin, “el suceso más deplorable en el enfrentamiento entre el paganismo y el cristianismo en Egipto fue la muerte de la filósofa pagana Hipatia, que en 415 fue atrozmente asesinada, tras haber sufrido graves injurias, por una chusma fanatizada”(1). Amenábar carga las tintas, descontextualiza y simplifica al máximo ciertos personajes como San Cirilo o Amonio. Aquellos hechos reprobables se sitúan, por tanto, en el contexto de la confrontación de dos cosmovisiones, de dos culturas, la pagana y la cristiana, y es ahí precisamente donde Amenábar quiere aprovechar para proponer su propia filosofía de la historia: si el paganismo fue luz, el cristianismo es oscuridad; si el paganismo fue progreso, el cristianismo fue retroceso. No es una metáfora caprichosa: en Ágora, los paganos visten de blanco (Orestes, Hipatia), y los cristianos de gris o de negro (Amonio, Cirilo). A este esquema bipolar, Amenábar añade a lo largo del film una vuelta de tuerca: lo malo no es en realidad el cristianismo, sino cualquier concepción teológica. Ya sean los dioses paganos o el Dios cristiano y judío: la religión oscurece la razón, desprecia a la filosofía y frena la ciencia y el progreso. Frente al escepticismo que genera ver tanta guerra de religión en un kilómetro cuadrado, Hipatia declara: “Yo creo en la Filosofía”.
Amenábar viene a decir que la difusión de la fe cristiana supuso una marcha atrás en la cultura, en la civilización, en la filosofía y en la ciencia. De dar eso como cierto se desprende necesariamente un juicio sobre la Iglesia presente y actual, la del siglo XXI. Y ahí reside la relevancia de Ágora, que bajo el envoltorio de una película histórica, propone un juicio sobre el valor actual de las religiones en general y del cristianismo en particular. Desmentir esa afirmación precisaría de una biblioteca como la de Alejandría, para documentar someramente lo que el cristianismo ha aportado al progreso de la cultura, del arte, de la ciencia, del derecho, de la filosofía, de la política, de las relaciones internacionales,...Pero dicha Biblioteca sería insuficiente para ilustrar lo que el cristianismo ha supuesto para el “progreso” personal de millones y millones de hombres y mujeres concretos a lo largo del mundo y de la historia: el “progreso” que viene de encontrarse con Jesús, que promete sin rubor satisfacer los deseos del corazón del hombre. Esto en Ágora no se intuye ni de lejos. Los cristianos que aparecen son bárbaros, fanáticos, misóginos, violentos y muy visionarios. Y los dos “buenos” cristianos que vemos, Sinesio y Davo, se van contaminando a lo largo del film del oscurantismo circundante.
Quien encarna las características de una antropología cristiana: caridad, benevolencia, serenidad, tolerancia, insobornabilidad, castidad, fraternidad universal, igualdad ... es la pagana Hipatia, un personaje que Amanábar vuelve fascinante, ideal de virtud, y dechado de inteligencia y humanidad. Hipatia se propone como una santa laica de las que tanto están de moda.
2) El corto alcance del reproche moral
Un primer argumento a favor del “retroceso” cristiano que se puede desprender de Agora es el de la inmoralidad de aquel grupo de cristianos pendencieros, que aparecen capitaneados por un San Cirilo cruel y maquiválico. Ciertamente hay muchos episodios en la historia de la Iglesia por los que un cristiano no se siente orgulloso. Así ha sido siempre y así será, porque la Iglesia la forman pecadores.
Incluso los Papas han pedido a veces perdón por errores del pasado. La conciencia del mal y del pecado es tan clara en el seno de la Iglesia que esta instituyó en sus mismos orígenes el sacramento de la penitencia y del perdón. Que se sepa ninguna organización, asociación o partido cuenta con una institución como la confesión, con lo que quizá habría que concluir que nadie como los cristianos tiene tanta conciencia del propio pecado.
Querer deducir un juicio negativo sobre el hecho cristiano a partir de los sucesos de Alejandría, supone concebir el cristianismo como un angelismo que nada tiene que ver con la teología de la encarnación.
La coherencia moral es un maravilloso don que Dios concede a quien quiere, pero no es una característica esencial del cristianismo; la característica principal es el encuentro con Jesús, experimentado como satisfacción de los anhelos de felicidad del ser humano. Y si algo es verdad, lo es aunque el mensajero de dicha verdad, sea imperfecto, incoherente, necesitado de perdón.
Dado que todas las grandes obras y empresas realizadas en nombre de Cristo, como por ejemplo la evangelización de América, se han realizado por cristianos pecadores, encontramos en ellas frutos de santidad junto a rastros de pecado e injusticia. Pero la pregunta es: ¿el pecado de los cristianos anula la realidad histórica de humanización que han supuesto las empresas evangelizadoras? La abolición de la esclavitud, la dignificación de enfermos expulsados de la sociedad, el reconocimiento de la igualdad de derechos, la atención a huérfanos, la defensa de la vida, el cuidado de indigentes, la recuperación de delincuentes, la consagración de la vida familiar, la dignificación monogámica de la pareja, el aprecio por el trabajo,... y por encima de todo ello, la posibilidad tangible y concreta de ofrecer un sentido satisfactorio y pleno a la existencia, ¿no son experiencias y hechos tremendamente valiosos aunque no nos hayan llegado de manos de querubines, sino en vasijas de barro? Es curioso cómo la izquierda justifica las barbaries y genocidios del socialismo real en aras del “ideal”, y al cristianismo no se le permiten ni siquiera los tropiezos del pecado personal.
3) La ideológica oposición entre razón y fe
Más importante en Ágora es el conflicto soterrado - ¿incompatibilidad?- que plantea entre razón y fe, entre ciencia y religión. No este el lugar tampoco para explicar y aclarar de una vez por todas que la fe es la amiga más fiel de la razón, que la fe da cumplimiento a la razón, que la fe es razonable, y digámoslo claramente, que lo que Amenábar y tantos otros llaman fe, no es más que una superstición visionaria y esclerótica que nada tiene que ver con el cristianismo. Bastaría con que leyeran algo, cualquier cosa, por ejemplo la Fides et ratio, para comprender que la fe no es enemiga ni de la ciencia, ni del progreso, ni mucho menos de la razón.
Siempre habrá energúmenos entre las filas de los creyentes, pero que sólo son representativos de su propia equivocación. En este sentido, el magnífico homenaje que Amenábar brinda en este film a la ciencia antigua, y muy en especial a la Astronomía, es un homenaje a la razón que cualquier espectador cristiano disfrutará como propio. Las discusiones entre los seguidores de Ptolomeo y Aristarco de Samos, las reflexiones sobre las trayectorias de los planetas,... son un disfrute para todos, aunque Amenábar parezca querer oponerlos a los intereses “reducidos” de los cristianos. Por todas estas razones es imposible que un cristiano pueda sentirse históricamente reconocido en la propuesta cinematográfica de Amenábar, muy lastrada por tópicos, prejuicios, esquemas ideológicos y leyendas negras favorables a la interpretación oficial de la historia. Una película que para el Poder es el no va más de “la corrección política”, la cultura dominante vestida de gala.
4) La maestría del cineasta
Amenábar vuelve a demostrar que es un grande en el oficio de dirigir películas. Otra cosa es que él decida someter su genio a los imperativos del pensamiento único. Lo más interesante es que Ágora no aparenta ser una película hecha en la era digital, sino que parece que todo decorado es real. La dirección artística es soberbia, y Rachel Weisz hace de Hipatia un personaje memorable. La película es solemne, minuciosa, con un trabajo del sonido espectacular y con unos guiños cosmológicos muy brillantes.
Hay mucho cine dentro de Ágora, y por ello es muy fastidioso ver cómo el guión va estropeando la película a medida que avanza. Un excelente envoltorio para un producto que salió de fábrica caducado.
El cine es un maravilloso medio para contar la Historia, pero tiene sus limitaciones: a veces, las ambiciones excesivas pasan factura. Los realizadores de «El Código da Vinci» pretendieron convertir a Magdalena en diosa y se pasaron. Amenábar pretende, nada más y nada menos, contar una historia a partir de la cual «el mundo cambió para siempre». Y se ha vuelto a pasar cuatro pueblos más. La película tiene tantos mensajes ideológicos que es imposible meterlos en dos horas y, al mismo tiempo, mantener un ritmo entretenido, interesante y espectacular.
El cine requiere medir las secuencias, los silencios, los tránsitos y, sobre todo, un guión que mantenga la atención del espectador. Es una pena, porque la película contaba con todos los mimbres: un gran director, una generosa producción, una preciosa actriz, un maravilloso decorado y una perfecta ambientación.
Pero lo que pretenden es inyectar en una pastilla los siguientes mensajes: primero, que las religiones generan odio y violencia. Segundo, que el cristianismo es la más talibán de todas y la que empezó. Tercero, que existen dos mundos, por una parte, el de la filosofía y la ciencia, contrapuesto e incompatible con el de la religión. Cuarto, que el cristianismo al principio fue misericordioso, pero la jerarquía eclesiástica y la Iglesia son por definición intolerantes y fundamentalistas. Y, sobre todo, hay dos mensajes más que son especialmente queridos por la película y por toda la explosión de libros y propaganda que estos días se vienen haciendo: el cristianismo es la causa de la caída del Imperio Romano y de la desaparición de la sabiduría grecolatina. Además, es el culpable de la subordinación y dominación de la mujer por parte del hombre. En fin, Alejandría e Hipatia son el símbolo de una civilización grecorromana basada en la filosofía, la ciencia y la libertad, hasta que llegó el cristianismo y comenzó la oscura Edad Media. Demasiado para una sola película. Y la cosa continúa porque, según declara el director, «es increíble cómo se parece a la situación actual».
¿Es casualidad que desde julio hasta el estreno de la película se hayan publicado más de cuatro biografías sobre Hipatia, paradigma de las cuales es la de Clelia Martínez Maza, financiada por la Dirección General de Ciencia y Tecnología. Más de 10 novelas, ejemplo de las cuales es la escrita por el hermano de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura, además de multitud de estudios de historia sobre la época. Y todo ello con el mismo mensaje. Que todo salga al mismo tiempo no puede ser casualidad. Una vez más, nos encontramos con un ataque ideológico perfectamente orquestado, del cual, por cierto, Amenábar suele ser pistoletazo de salida, como lo fue en el caso de «Mar adentro» con la eutanasia.
Ahora la cosa va directamente contra la religión y particularmente contra el cristianismo. Lo malo de la trama que cuenta la película es que es mentira desde el principio hasta el final. Forma parte de la estrategia de reescribir la Historia a la que es tan aficionada nuestra izquierda. Hipatia no fue asesinada siendo una joven tan hermosa como Rachel Weisz, de 38 años, sino que murió en el año 415 y tenía 61. No fue famosa por sus dotes de astronomía por más que en la película se empeñen terca y cansadamente, atribuyéndole haberse adelantado a Kepler más de mil años; sino porque era una «divina filósofa» platónica, en palabras del obispo cristiano Sinesio de Cirene –única fuente coetánea que se conserva sobre ella–, a la que llama en sus cartas «madre, hermana, maestra, benefactora mía». El citado obispo, a quien en la película se le hace traidor y cómplice en el asesinato de la filósofa, murió dos años antes que ella, así que es imposible que tuviera nada que ver con su muerte. Ella fue virgen hasta el final, pero no vivió la castidad como ha dicho la protagonista, que se ha declarado feminista radical, «para ser igual que un hombre y poder ejercer una profesión con plena dedicación». Lo hizo porque, coherente con su filosofía, ejercía la Sofrosine, es decir el dominio de uno mismo a través de las virtudes entendidas como el control de los instintos y las pasiones.
Hipatia nunca fue directora de la Biblioteca de Alejandría, ni ésta fue destruida por los talibanes cristianos. La biblioteca fue incendiada por Julio César, saqueada junto con el resto de la ciudad por Aureliano en el año 273, y rematada por Diocleciano en 297. Es verdad que en el año 391 fue destruido lo que quedaba del templo del Serapeo después de la destrucción por los judíos en tiempos de Trajano, y también el repaso que le pegó Diocleciano, quien, para conmemorar la hazaña, puso allí su gran columna, razón por la cual los cristianos lo destruyeron, ya que él era el símbolo de las persecuciones que sufrieron durante trescientos años. Pero lo que allí quedaba de la biblioteca era tanto como lo que restaba en otros sitios. El paganismo siguió existiendo en Alejandría hasta que llegaron los árabes. Y el neoplatonismo siguió floreciendo, hasta que lo recuperó el renacimiento cristiano. Por cierto, que yo sepa, su más brillante exponente se llamaba San Agustín, coetáneo de Hipatia.
«Ágora: Cirilo»
La historia de Hipatia ha sido objeto de manipulación por todas las tendencias ideológicas, desde la Ilustración hasta el feminismo radical más reciente. Para algunos, como Voltaire, «desde la muerte de Hipatia hasta la Ilustración, Europa está sumida en la oscuridad; la Ilustración, al rebelarse contra la autoridad de la Iglesia, la revelación y los dogmas, vuelve a abrir la iluminación de la razón». En la última versión feminista de Úrsula Molinaro, Hipatia es la campeona del amor libre, a pesar de que en realidad era virgen. La conclusión es que de la verdadera historia de Hipatia se pasa a la leyenda de Hipatia, que se convierte en la leyenda del Crimen de Alejandría, cuyo protagonista principal es el obispo Cirilo.
La película de Amenábar recoge casi todos los ingredientes de esta leyenda: Hipatia es símbolo de mujer libre que representa el fin de la cultura grecolatina y el comienzo del oscurantismo cristiano, asesinada por unos fanáticos talibanes cristianos al mando del obispo Cirilo.
¿De dónde surge esta leyenda? El primero que narró el crimen fue Sócrates Escolástico en el siglo V, un letrado al servicio del patriarca de Constantinopla Néstorio, enemigo del patriarca de Alejandría Cirilo. Pero la atribución directa a este último de la autoría del asesinato fue cosa del escritor pagano Damascio, que escribió la «Vida de Isidoro», que es una apología del paganismo durante el final del siglo V y principios del VI.
No obstante, la auténtica leyenda surge con la obra de John Toland en 1720. Éste era un irlandés, hijo ilegítimo de un sacerdote católico, que se hizo protestante y posteriormente activo militante del ateísmo en la Gran Logia de Londres. Después vino Voltaire; después, el historiador Edward Gibbon, quien, para argumentar su tesis acerca de que el cristianismo es la causa interna de la decadencia del Imperio Romano, utiliza la leyenda de Hipatia y declara a Cirilo responsable de todos los conflictos que estallaron en Alejandría en el siglo V. Más tarde llegarán las versiones románticas de Leconte de Lisle y otros, y finalmente el feminismo radical, para el que Hipatia fue la primera mártir de la misoginia propia del cristianismo. Todos los autores citados, y alguno más, tienen una cosa en común: son masones reconocidos.
Una de las grandes mentiras de la historia que se quiere propagar es que la mujer fue libre en Grecia y en Roma hasta que llegó el cristianismo y la sometió la sujeción del hombre; a esta idea también contribuye la película. Lo cierto es que en Grecia la mujer era considerada una cosa más de la casa, y en Roma, no era una «sui iuris», es decir, titular de derechos, sino que era considerada «capiti diminutio», como un niño o un incapacitado y, por tanto, estaba sometida a la tutela o la «manus» del padre o del marido. Por el contrario, fue el cristianismo el que consideró al hombre y a la mujer iguales en naturaleza, pues ambos son hijos de Dios y hermanos en Cristo; y prueba de ello es que las primeras manifestaciones de mujeres libres autodeterminándose, pese a la voluntad de sus padres o del estado, fueron las primeras mártires cristianas víctimas de las persecuciones romanas, tales como Inés Ágata o Cecilia. Y precisamente la explicación fundamental en torno al odio a Cirilo está en esta cuestión. Independientemente de que la carta de San Pablo a Timoteo no refleja precisamente una visión emancipada de la mujer, no es creíble que Cirilo la impusiera como literalidad a cumplir, porque es precisamente Cirilo quien más ha exaltado en la historia de la humanidad la condición femenina, pues a él se debe la expresión «Theotokos», palabra griega que significa madre de Dios.
El personaje del que hablamos, al que la película presenta con caracteres parecidos a Bin Laden para luego dejar en letras la explicación de que a ese «energúmeno» que ustedes han visto la Iglesia católica lo hizo Santo y León XIII lo declaró doctor de la Iglesia, efectivamente es San Cirilo de Alejandría. Él fue el que derrotó a la herejía Nestoriana en el Concilio de Éfeso del 431. En esencia, la disputa consistía en si María era madre de Cristo o madre de Dios. De la respuesta a esta cuestión surge algo muy importante: la doble naturaleza divina y humana en una persona llamada Cristo. Cirilo consiguió que se convocase un concilio en Éfeso, puesto que era el lugar donde vivió sus últimos años la Virgen María, y logró que la Iglesia declarase el primer dogma mariano de la historia: María, Madre de Dios. Hasta aquel momento nadie en la historia había conseguido colocar a un ser humano mujer por encima de cualquier hombre. Éste es el personaje que en el fondo persigue la leyenda de Hipatia; curiosamente, Beltrand Rusell comienza su «Historia del pensamiento occidental» con una irónica semblanza de San Cirilo diciendo: «El motivo principal de su fama es el linchamiento de Hipatia». Todo esto huele excesivamente a podrido.
2. HYPATÍA Y LA PASIÓN POR LA VERDAD
Jorge-Juan FERNÁNDEZ SANGRADOR,
Director de la Biblioteca de Autores Cristianos
(ABC Editorial, 14 octubre 2009)
Sócrates, nacido a finales del siglo IV en Constantinopla, cuenta, en el libro séptimo de su Historia de la Iglesia, lo que le sucedió a la hija de Theon, Hypatía de Alejandría, que, habiendo hecho acopio de gran erudición, superaba con mucho a los filósofos de su tiempo; platónica según la escuela de Plotino, instruía a numerosos estudiantes. Y por su ciencia, autoridad, prestigio y modestia, comparecía en instancias de la administración pública; de ahí el que, a la par que respeto, su proximidad a las autoridades levantara suspicacias. En efecto, la envidia, por un lado, y el hecho, por otro, de verla conversar frecuentemente con Orestes, prefecto imperial, enfrentado con Cirilo, el obispo, dio pie a que se hiciera circular, entre los cristianos, la especie de que era ella la que impedía la reconciliación entre ambos, cosa que Sócrates califica de falsa acusación.
A resultas del bulo, un tal Pedro urdió, junto con un grupo de hombres enardecidos, la conspiración que había de acabar de modo execrable con Hypatía. Arrastrada hasta la iglesia conocida como Kaisarion, despojada de sus ropas, la despedazaron y sus miembros fueron arrojados después al fuego. Según Sócrates, no fue poca la deshonra que esto trajo al patriarca Cirilo y a la iglesia de Alejandría, pues actos así no son propios de cristianos. Mas nunca se pudo probar que Cirilo fuera responsable de aquella muerte horrenda.
Sobre Hypatía han escrito también Damascio, Hesiquio, Suidas y Focio, pero merece la pena leer, sobre todo, lo que Sinesio de Cirene, su discípulo, dice de ella en las afectuosas epístolas que le envía.
Entre otras cosas, porque, en una de éstas, se conservan las únicas palabras de Hypatía que han llegado hasta nosotros: «Hubo un tiempo en que yo servía de provecho a mis amigos -escribió él- y tú me llamabas «el bien de los demás» -decía ella-». Espigando entre las antedichas misivas, se puede adivinar el cariño que el obispo de Tolemaida le profesaba: «Aun cuando uno se olvide de los muertos en la mansión de Hades, yo, incluso allí, me acordaré de la querida Hypatía».
De no ser por el modo en que fue asesinada, Hypatía habría pasado discretamente por la historia de la filosofía, pues lo poco que escribió fueron meros comentarios de tratados compuestos por otros:
Tolomeo, Apolonio y Diofanto. De igual modo, su padre, Theon, es apreciado en la historia del conocimiento únicamente por lo que ha transmitido y glosado, no por lo que haya aportado de primera mano.
Esta falta de originalidad es propia del final de la Escuela de Alejandría, cuyos miembros son calificados por Ferrater Mora de «epígonos» de los grandes maestros de la antigüedad. Por ello, cuando se habla de los «últimos helenos» no hay que interpretarlo en sentido romántico, sino en el de que son los últimos cultores de un modo de entender el helenismo, devotos que se resistían a aceptar que el cristianismo fuese capaz de inyectar savia nueva a paradigmas que periclitaban.
De la vitalidad intelectual de la nueva fe rinden cumplido testimonio los abundantes escritos legados a la posteridad. Un ejemplo de ello, sin ir más lejos, por contemporáneo, es el de Cirilo de Alejandría, cuya producción literaria es amplísima. Diez volúmenes del Migne contienen dieciocho tratados y numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales. Cabe igualmente hacer mención de la turbina intelectual que era la lúcida mente de Orígenes, cuyas especulaciones, en el siglo III, están a disposición de quien se atreva a adentrarse en su ingente obra.
Puede decirse que el ejercicio sistemático de la teología, al menos tal como se entiende hoy, nació en Alejandría. A ello contribuyó, en buena medida, el hecho de que el cristianismo hallara, en el platonismo, la filosofía que habría de surtir de adecuadas categorías a quienes trataban de articular un discurso que, apoyado básicamente en la revelación divina, aspiraba a mostrarse asequible a la razón humana, lo cual no sucedió de la noche a la mañana, pero el iter seguido en Alejandría hasta lograr una bien trabada relación entre sagrada escritura, filosofía y teología, constituye un hito en la historia del pensamiento.
Ahora bien, desconoce el meollo de la actividad intelectual quien piense que el alumbramiento de ideas y nuevos sistemas de interpretación de la realidad acaece de una manera aséptica, equidistante, pacífica y sin tensiones. Y menos en Alejandría. En la Historia Augusta, se tilda, a los habitantes de Egipto, de presuntuosos, irritables, jactanciosos, frívolos, ávidos de novedades, epigramáticos, levantiscos, propensos a la injuria, entre otras cosas. Y los antiguos denostaban también en esos términos a los pobladores de la gran metrópoli, capital por antonomasia de la cultura, Alejandría. La verdad es que daban pie a ello, pues del rifirrafe pasaban a la revuelta ciudadana en un instante; no en vano se acuñó una expresión que definía bien el carácter de aquellas gentes: furor alexandrinus. Y quizás por eso anidó allí, de forma incomparable, la sabiduría, la cual, apasionada como es, había de encontrar una digna morada en sus escuelas, no por estar atenidas a un eclecticismo inopinado, sino precisamente por ser ardorosas.
Las recreaciones artísticas de lo que aconteció en aquella sociedad, a lo largo de su ajetreada historia, suelen dejar insatisfecho a quien las contempla, pues hacen gala innecesariamente de tópicos infundados.
Un ejemplo. El año pasado, en Madrid, se exhibieron piezas helenísticas y romanas, que, provenientes del delta del Nilo, habían sido rescatadas del fondo del mar. Los textos de los paneles explicativos eran de este estilo: «El cristianismo acabó con las delicias de Canopo», «bajo la presión de los cristianos», «responsables de la destrucción del Serapeo», «estos fanáticos atacan los lugares de culto», «aldea aletargada alrededor de un convento de monjas».
Ante esas aseveraciones, que se van haciendo cada vez más frecuentes, la Iglesia copta no deja de repetir que ella ha devenido la legítima heredera de la espléndida cultura que floreció tanto en el Egipto faraónico como en el helenístico; es más, que pervive aún gracias a ella; que su lengua es el egipcio antiguo, combinado, en la escritura, con el alfabeto griego; que los términos «copto» y «egipcio» significan lo mismo, pues ambos derivan del griego aigypt(i)os, que es, a su vez, una corrupción fonética del egipcio Hak-ka-Ptah, que es como se denominaba a Menfis: casa o templo del espíritu de Ptah.
Todo ello hace que lectores, espectadores y consumidores de arte vayan adquiriendo mayor destreza en situarse ante lo que ven u oyen, y mantenerse impermeables frente a lo que per viam pulchritudinis intentan transfundirles escritores, cineastas y gestores culturales.
Incluida la dramatización actual de la muerte de Hypatía, que, en la historia de la literatura, tiene ya un largo recorrido, siempre problemático por supuestamente provocador. Es de esperar que la actual eclosión del argumento responda al deseo vehemente de hacerle justicia a ella -y, de paso, a Catalina de Alejandría-, y no al de meter el dedo en el ojo de quien no tiene la culpa de lo que sucedió en Alejandría hace casi mil seiscientos años.
3. ÁGORA, LA NUEVA PELÍCULA DE AMENÁBAR
Juan Orellana, Director del Departamento de Cine
de la Conferencia Episcopal Española.
Imagínense que hay que explicar en cine la realidad de Norteamérica a alguien que no sabe nada de historia, de culturas, nada de nada. Y para explicarle cómo es América le enseñamos unos planos de unas familias japonesas, entrañables y de pocos recursos económicos. Luego aparece un avión donde sale un piloto con cara de bruto mascando chicle, y con fotos de playmates pegadas en el salpicadero. Por último vemos cómo ese avión lanza la bomba atómica sobre la ciudad de esas amables familias japonesas.
Una vez terminado el cortometraje, se le dice al ignorante espectador:
“Ya ves, esto es América”. Hiroshima existió. Nadie lo duda.
Nadie se alegra. Pero el juicio sobre los americanos que se deduce de ese pequeño film, ¿es verdadero?, ¿es justo?, ¿es aceptable? En absoluto, bajo ningún punto de vista. Es una mentira. Aunque Hiroshima sea una verdad.
Esto mismo es lo que sucede con la última película de Amenábar,
Ágora: unas bases históricas reales, muchísimo maquillaje y caricatura históricas, para llegar a unas conclusiones completamente equivocadas.
1) Ángeles paganos y demonios cristianos
Ágora es presentada por Amenábar como un film contra la intolerancia.
“Ningún católico de hoy debería sentirse ofendido; sólo deberían sentirse apelados los fundamentalistas que han estado poniendo bombas este verano”, ha declarado el director a Cinemanía. “Sirve para un terrorista islámico, para un terrorista de ETA, para cualquiera que lo practique”, insiste en Fotogramas. Sin embargo, esa impecable declaración de intenciones no parece sincera a la vista de los resultados ni explica suficiente ni correctamente la película. Es necesario analizar el marco elegido por el cineasta para su alegato contra la intolerancia.
El contexto histórico son unos hechos luctuosos perpetrados por cristianos y paganos desmadrados entre los siglos IV y V en Alejandría. Según el historiador de la Iglesia Hubert Jedin, “el suceso más deplorable en el enfrentamiento entre el paganismo y el cristianismo en Egipto fue la muerte de la filósofa pagana Hipatia, que en 415 fue atrozmente asesinada, tras haber sufrido graves injurias, por una chusma fanatizada”(1). Amenábar carga las tintas, descontextualiza y simplifica al máximo ciertos personajes como San Cirilo o Amonio. Aquellos hechos reprobables se sitúan, por tanto, en el contexto de la confrontación de dos cosmovisiones, de dos culturas, la pagana y la cristiana, y es ahí precisamente donde Amenábar quiere aprovechar para proponer su propia filosofía de la historia: si el paganismo fue luz, el cristianismo es oscuridad; si el paganismo fue progreso, el cristianismo fue retroceso. No es una metáfora caprichosa: en Ágora, los paganos visten de blanco (Orestes, Hipatia), y los cristianos de gris o de negro (Amonio, Cirilo). A este esquema bipolar, Amenábar añade a lo largo del film una vuelta de tuerca: lo malo no es en realidad el cristianismo, sino cualquier concepción teológica. Ya sean los dioses paganos o el Dios cristiano y judío: la religión oscurece la razón, desprecia a la filosofía y frena la ciencia y el progreso. Frente al escepticismo que genera ver tanta guerra de religión en un kilómetro cuadrado, Hipatia declara: “Yo creo en la Filosofía”.
Amenábar viene a decir que la difusión de la fe cristiana supuso una marcha atrás en la cultura, en la civilización, en la filosofía y en la ciencia. De dar eso como cierto se desprende necesariamente un juicio sobre la Iglesia presente y actual, la del siglo XXI. Y ahí reside la relevancia de Ágora, que bajo el envoltorio de una película histórica, propone un juicio sobre el valor actual de las religiones en general y del cristianismo en particular. Desmentir esa afirmación precisaría de una biblioteca como la de Alejandría, para documentar someramente lo que el cristianismo ha aportado al progreso de la cultura, del arte, de la ciencia, del derecho, de la filosofía, de la política, de las relaciones internacionales,...Pero dicha Biblioteca sería insuficiente para ilustrar lo que el cristianismo ha supuesto para el “progreso” personal de millones y millones de hombres y mujeres concretos a lo largo del mundo y de la historia: el “progreso” que viene de encontrarse con Jesús, que promete sin rubor satisfacer los deseos del corazón del hombre. Esto en Ágora no se intuye ni de lejos. Los cristianos que aparecen son bárbaros, fanáticos, misóginos, violentos y muy visionarios. Y los dos “buenos” cristianos que vemos, Sinesio y Davo, se van contaminando a lo largo del film del oscurantismo circundante.
Quien encarna las características de una antropología cristiana: caridad, benevolencia, serenidad, tolerancia, insobornabilidad, castidad, fraternidad universal, igualdad ... es la pagana Hipatia, un personaje que Amanábar vuelve fascinante, ideal de virtud, y dechado de inteligencia y humanidad. Hipatia se propone como una santa laica de las que tanto están de moda.
2) El corto alcance del reproche moral
Un primer argumento a favor del “retroceso” cristiano que se puede desprender de Agora es el de la inmoralidad de aquel grupo de cristianos pendencieros, que aparecen capitaneados por un San Cirilo cruel y maquiválico. Ciertamente hay muchos episodios en la historia de la Iglesia por los que un cristiano no se siente orgulloso. Así ha sido siempre y así será, porque la Iglesia la forman pecadores.
Incluso los Papas han pedido a veces perdón por errores del pasado. La conciencia del mal y del pecado es tan clara en el seno de la Iglesia que esta instituyó en sus mismos orígenes el sacramento de la penitencia y del perdón. Que se sepa ninguna organización, asociación o partido cuenta con una institución como la confesión, con lo que quizá habría que concluir que nadie como los cristianos tiene tanta conciencia del propio pecado.
Querer deducir un juicio negativo sobre el hecho cristiano a partir de los sucesos de Alejandría, supone concebir el cristianismo como un angelismo que nada tiene que ver con la teología de la encarnación.
La coherencia moral es un maravilloso don que Dios concede a quien quiere, pero no es una característica esencial del cristianismo; la característica principal es el encuentro con Jesús, experimentado como satisfacción de los anhelos de felicidad del ser humano. Y si algo es verdad, lo es aunque el mensajero de dicha verdad, sea imperfecto, incoherente, necesitado de perdón.
Dado que todas las grandes obras y empresas realizadas en nombre de Cristo, como por ejemplo la evangelización de América, se han realizado por cristianos pecadores, encontramos en ellas frutos de santidad junto a rastros de pecado e injusticia. Pero la pregunta es: ¿el pecado de los cristianos anula la realidad histórica de humanización que han supuesto las empresas evangelizadoras? La abolición de la esclavitud, la dignificación de enfermos expulsados de la sociedad, el reconocimiento de la igualdad de derechos, la atención a huérfanos, la defensa de la vida, el cuidado de indigentes, la recuperación de delincuentes, la consagración de la vida familiar, la dignificación monogámica de la pareja, el aprecio por el trabajo,... y por encima de todo ello, la posibilidad tangible y concreta de ofrecer un sentido satisfactorio y pleno a la existencia, ¿no son experiencias y hechos tremendamente valiosos aunque no nos hayan llegado de manos de querubines, sino en vasijas de barro? Es curioso cómo la izquierda justifica las barbaries y genocidios del socialismo real en aras del “ideal”, y al cristianismo no se le permiten ni siquiera los tropiezos del pecado personal.
3) La ideológica oposición entre razón y fe
Más importante en Ágora es el conflicto soterrado - ¿incompatibilidad?- que plantea entre razón y fe, entre ciencia y religión. No este el lugar tampoco para explicar y aclarar de una vez por todas que la fe es la amiga más fiel de la razón, que la fe da cumplimiento a la razón, que la fe es razonable, y digámoslo claramente, que lo que Amenábar y tantos otros llaman fe, no es más que una superstición visionaria y esclerótica que nada tiene que ver con el cristianismo. Bastaría con que leyeran algo, cualquier cosa, por ejemplo la Fides et ratio, para comprender que la fe no es enemiga ni de la ciencia, ni del progreso, ni mucho menos de la razón.
Siempre habrá energúmenos entre las filas de los creyentes, pero que sólo son representativos de su propia equivocación. En este sentido, el magnífico homenaje que Amenábar brinda en este film a la ciencia antigua, y muy en especial a la Astronomía, es un homenaje a la razón que cualquier espectador cristiano disfrutará como propio. Las discusiones entre los seguidores de Ptolomeo y Aristarco de Samos, las reflexiones sobre las trayectorias de los planetas,... son un disfrute para todos, aunque Amenábar parezca querer oponerlos a los intereses “reducidos” de los cristianos. Por todas estas razones es imposible que un cristiano pueda sentirse históricamente reconocido en la propuesta cinematográfica de Amenábar, muy lastrada por tópicos, prejuicios, esquemas ideológicos y leyendas negras favorables a la interpretación oficial de la historia. Una película que para el Poder es el no va más de “la corrección política”, la cultura dominante vestida de gala.
4) La maestría del cineasta
Amenábar vuelve a demostrar que es un grande en el oficio de dirigir películas. Otra cosa es que él decida someter su genio a los imperativos del pensamiento único. Lo más interesante es que Ágora no aparenta ser una película hecha en la era digital, sino que parece que todo decorado es real. La dirección artística es soberbia, y Rachel Weisz hace de Hipatia un personaje memorable. La película es solemne, minuciosa, con un trabajo del sonido espectacular y con unos guiños cosmológicos muy brillantes.
Hay mucho cine dentro de Ágora, y por ello es muy fastidioso ver cómo el guión va estropeando la película a medida que avanza. Un excelente envoltorio para un producto que salió de fábrica caducado.
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