TEMPLOS: HISTORIAS DE VIDA
A escasos metros del lugar donde se hallaba la noticia en Málaga, esa mañana soleada de marzo, un grupo de feligreses nos hallábamos en una conocida, recoleta y bellísima capilla del casco histórico malacitano. El contraste con el bullicio del personal –apresurado en averiguar el lugar en el que se desplegaban las cámaras de televisión del país para retransmitir uno de los eventos más significativos de los últimos meses– y el silencio que reinaba en el templo era palpable, aunque seguramente, esta disparidad se hallaba también en la intención.
Arracimados en torno a la Eucaristía, expuesta en el Sagrario, las vidas de los presentes giraban en torno a ella. Cada uno era el eslabón de otras vidas, tal vez lejanas, incluso incrédulas, dolientes y distantes, aunque la memoria del corazón atraería a los pies de Cristo otras muchas agradecidas y abocadas al compromiso. Porque cuando uno ora no lo hace en soledad. En sus anhelos van hilvanadas incontables personas. Es el portavoz de otras historias pujantes de vida, estén o no entrelazadas por el dolor, por la incertidumbre o por la esperanza. Petición de bendiciones para conocidos y desconocidos, y la espera de la gracia del perdón, que todo lo restaura; es avituallamiento para un apóstol viajero que nunca se detiene. Y algo esencial: dar gracias por todo lo que se recibe, comenzando por la propia vida. Lo que acontece en un templo son secuencias de instantes que se dilatan en la eternidad de lo celeste. Ráfagas de una existencia que experimenta el gozo de hallarse en familia, percibiendo el pálpito del amor en ese privilegiado y sacro entorno. Justo es dar testimonio de fe en un ambiente enrarecido frecuentemente por la cristofobia y el ataque a lo eclesial, así como por la mofa de los símbolos del credo, que también alientan de forma conveniente ciertas series y programas de la televisión.
Por supuesto nada hay de censurable en la búsqueda de la noticia. Además, como es sabido, la cultura que estaba detrás del acontecimiento estrella del día al que aludo, es símbolo del progreso del pueblo. Dicho esto, el contrapunto a la curiosidad de un evento fugaz –como el que se organizaba fuera del templo, suceso que, como tantos otros se reemplazan con implacable rapidez por el último que disputa la palestra– es la fe. Ésta no se alimenta simplemente de curiosidades, por muy legítimas que sean. Si aventura es conseguir un lugar privilegiado para contemplar el desfile de famosos, infinitamente mayor es la que nos conduce hacia lo desconocido-conocido. Éste nos sale al encuentro en cada lugar, pero tiene un carácter singular en el templo donde se custodia el Cuerpo de Cristo.
El evangelio del día recordaba dos prototipos antagónicos presentes siempre en la realidad: el rico y el pobre. Riqueza y pobreza que son también metáfora de lo que poseemos y no damos, y de lo que nos falta y otros nos procuran. De la belleza del texto podía rescatarse entre otras sublimes lecciones para la vida, la del perro que tan “caritativamente” lame las llagas del pobre Lázaro, recordándonos la fidelidad y ternura del animalito. Un contrapunto que pone al descubierto la actitud mísera del rico Epulón, imagen de tantas calamidades que nos infligimos mutuamente cuando la generosidad no existe. El toque de atención que proporciona este perro compasivo no es baladí. No ha mucho tiempo, una mujer que estaba a punto de impedir el nacimiento del hijo que venía en camino, cambió de parecer tras el episodio que le sucedió con su perro al que había llevado a pasear y que por un descuido se introdujo en un templo. Le aseguraron que el hijo que gestaba en su vientre llegaría con el sello indeleble de una lesión, hecho que después no aconteció. Pero en ese momento, lo que cambió su vida y la de su hijo, fue ver que en la Iglesia un niño con el síndrome de Down, que de eso se trataba, ayudaba al sacerdote con toda naturalidad. El escenario, conviene recalcarlo, fue un templo. Los que estábamos esa mañana en la Iglesia del Santo Cristo de la Salud de Málaga, volvimos a recordar la grandeza del amor de Dios, del cual es imagen toda criatura, como lo fue el can privilegiado del evangelio.
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